Ciclo de Conferencias

La globalización y sus excluidos

 

Bajo el título "La globalización y sus excluidos" se desarrolló, entre el 23 de abril y el 14 de mayo, un ciclo de conferencias abierto a todas las personas interesadas en la problemática y con la significación de concluir —siempre de forma provisional y sujeta a revisión— las actividades internas de debate y reflexión que nos ocuparon durante el curso 1997-98. A continuación se señalarán las principales líneas de pensamiento que se trataron conjuntamente en las cuatro conferencias que integraron el ciclo.

El propio título del ciclo nos indica ya la perspectiva desde la que se pretendió abordar el fenómeno de la globalización: desde el punto de vista de las personas y los pueblos que se ven imposibilitados para sumarse al proceso, es decir, desde la óptica de los excluidos. Este fue uno de los objetivos principales del ciclo de conferencias: valorar el discurso sobre la globalización, diferenciando lo más netamente posible entre lo que hay en él de realidad y lo que hay de enmascaramiento. Para acometer esta tarea será bueno que nos equipemos convenientemente. Habremos de ir bien provistos de memoria, para desvelar los trucos que hacen más denso el sufrimiento de los débiles; de solidaridad, para vincularnos a los reversos de la historia; y de profecía, para ser capaces de imaginar un mundo desde otras posibilidades. 

Una aproximación al fenómeno 

Suele denominarse "globalización" a aquel proceso que estamos experimentando en la actualidad en virtud del cual todas las personas y pueblos del planeta estamos interconectados por las estructuras, interrelaciones e interdependencias que ha creado la economía capitalista de mercado. Es cierto que esta "estructura global" no sería posible si no contáramos con el soporte material que nos brindan la ciencia y la tecnología en la actualidad: las redes de información y comunicación, diseminadas por todo el planeta, son el soporte material imprescindible para la globalización. Así, compartimos la preocupación por los problemas medioambientales a escala planetaria y poseemos información puntual de sucesos naturales, políticos, sociales, de moda, turísticos, económicos, etc. que, aunque pueden ocurrir muy lejos en el espacio, se nos presentan y ofrecen casi de forma inmediata en el tiempo. Por otra parte, la globalización suele presentarse como un proceso inevitable, producto de la lógica necesaria de la economía, de la historia o de la evolución de la humanidad. De este modo se nos muestra como algo ajeno a cualquier tipo de consideración ética: "las cosas son así", nos dicen, "este es el mundo que nos ha tocado vivir". Pero además la globalización trae consigo una serie de promesas para un futuro mejor; básicamente se trata de una promesa económica: las desigualdades del mundo actual se verán compensadas en un futuro más o menos próximo, de manera que uno de los efectos de la globalización del sistema económico será que las diferencias actuales entre los países ricos y los países pobres —entre el Norte y el Sur— disminuirán progresivamente, caminando hacia una situación de igualdad planetaria. Finalmente, otro de los resultados del proceso de globalización, así entendido, es la formación de una cultura global de masas, una especie de generalización de los comportamientos, gustos, aficiones y modos de vida que se van haciendo uniformes en toda la humanidad. 

La otra perspectiva 

Es posible que en la teoría —ya sea económica o política— se puedan encontrar justificaciones suficientes que fundamenten las características del proceso globalizador que se han mencionado. Lo que sí es cierto, es que adoptando el punto de vista de los excluidos del proceso, se obtiene una perspectiva totalmente diferente, se descubre el "reverso de la globalización", su carácter ambivalente e incluso paradójico: estando aún en sus inicios, este proceso que pretende englobarlo todo y a todos, ha excluido casi de forma definitiva a la mayor parte de la humanidad. ¿Cómo puede, entonces, seguir denominándose "globalización"? Es decir, la globalización tiene límites, algunos de los cuales vamos a reseñar brevemente a continuación.

Desde el punto de vista de la política económica, la globalización significa liberalización, integración de las economías nacionales en un sistema de mercado mundial, en definitiva, una economía sin fronteras. Sin embargo esto no ha ocurrido, ni parece que vaya a ocurrir en un futuro, en todos los aspectos de la economía. Se ha producido globalización en los mercados financieros, que funcionan continuamente y se encuentran interconectados, siendo interdependientes —como lo demuestran los acontecimientos más recientes. En cambio, no se puede decir lo mismo del mercado de trabajo; los países poderosos ejercen un fuerte control sobre las migraciones y los movimientos de mano de obra potencial, siguiendo en este caso el dictado de sus intereses nacionales y perdiendo claramente la perspectiva global. Otro tanto ocurre con respecto al comercio; se liberalizan determinados productos, pero se ejerce una política fuertemente proteccionista con aquellas mercancías cuya libre circulación podría representar un peligro para las economía de los países poderosos. La vigilancia es tanto mayor respecto a las materias primas, consideradas en este caso patrimonio de la humanidad y necesarias para el funcionamiento de la economía global. En resumen, mientras que "en teoría" se defiende el libre mercado como la "receta" que va a solucionar los problemas económicos de la humanidad, "en la práctica" se funciona de otra manera. El resultado está siendo ya desastroso para los países más pobres: inflación, endeudamiento externo, devaluación de sus monedas, disminución de salarios, colonización de capital financiero extranjero, etc. Así, el lenguaje de la globalización encubre, en muchas ocasiones, los intereses de control y dominio de los países ricos.

Otro efecto importante es que se ha modificado la distribución geográfica de la riqueza en el mundo. Hasta ahora veníamos asociando "primer mundo" con "norte" y "tercer mundo" con "sur". Hoy es posible detectar un "primer mundo" (norte) en el "tercer mundo" (sur); así como un "tercermundo" (sur) en el "primer mundo" (norte). Probablemente, salvo el caso del continente africano —que aparentemente no tiene atractivos para el proceso globalizador— "sur" y "norte" están entremezclados, fenómeno que es paralelo a la desaparición de lo que se venía llamando "segundo mundo". Dicho brevemente, la globalización se convierte en un medio nuevo que produce un efecto viejo: la creación de desigualdad general paradójicamente ligada a un aumento de la producción y de la riqueza. Aún así, se sigue distinguiendo un núcleo central poderoso y una periferia pobre y dependiente. Estados Unidos, Japón y la Comunidad Europea conforman el núcleo de los poderosos. África, América Latina y buena parte del continente asiático pertenecen a la periferia. Junto a la exclusión de los económicamente débiles, el clasismo, el sexismo, el racismo y el nacionalismo aparecen, en cierto sentido, como "medios asociados de exclusión", cuyo auge podemos detectar hoy sin demasiado esfuerzo.

Desde lo que se ha dicho, se puede advertir que el proceso de globalización no es un proceso neutral, sino que está fuertemente teñido de ideología. ¿De qué ideología se trata? Responderemos a esta cuestión al mismo tiempo que negamos el carácter fatalista con el que se nos suele presentar el proceso. La globalización, lejos de ser la causa de los cambios económicos que nos afectan y nos afectarán en el futuro, es el efecto de las políticas económicas de los Estados más poderosos del mundo. Es decir, los intereses de determinados países y de determinadas empresas multinacionales (transnacionales) son los que han impulsado la globalización. En todo caso, las decisiones en política económica de esos países se han tomado siempre desde lo que podríamos denominar la "lógica del capital", es decir, desde la dinámica interna propia del liberalismo económico. De este modo se nos desvelan dos aspectos ocultos de la globalización: por una parte, esconde una ideología neoliberal; por otra parte, es el resultado de determinadas decisiones en política económica, lo que elimina su carácter inevitable (las cosas ¡podían! haber sido de otra manera).

Desde esta perspectiva, la globalización puede enjuiciarse como una nueva fase de la dinámica del capital que se caracteriza por desbordar las fronteras de los Estados y por instalarse en todos los rincones de la tierra en su afán de crecimiento ilimitado. De aquí que la globalización económica, que en realidad es un medio al servicio del mayor y mejor intercambio de bienes y servicios, se haya convertido en un fin, con lo que la igualdad que prometía se ha convertido, de la misma manera, en un engaño. Porque la propuesta de un crecimiento económico ilimitado además de amenazar seriamente con agotar los recursos naturales y destruir el medio ambiente, representa una auténtica condena de muerte tanto física (individual) como cultural (colectiva) para los perdedores en la competitividad global propugnada por el neoliberalismo económico. Para ellos, ser explotados puede llegar a convertirse en un privilegio.

Construyendo solidaridad 

Hemos puesto sobre el tapete algunos de los reversos que esconde la globalización. Ahora intentaremos descubrir algunas potencialidades que nos conduzcan a un mundo más humano, más justo y más solidario. Pues la globalización económica es sólo el medio que puede conducir hacia la mundialización. Es decir, la globalización económica sólo debería considerarse como el motor que impulsa un proceso de ampliación de la conciencia de pertenencia al mismo mundo, convirtiéndolo verdaderamente en el hogar de una humanidad cooperativa y solidaria.

Frente a la uniformidad cultural de la globalización que impide a las personas la percepción de su propia realidad; frente a la colonización cultural globalizada, que fragmenta la experiencia y fomenta el aislamiento y la especialización monótona; frente a la tendencia compulsiva a la satisfacción instantánea de las necesidades inmediatas, que induce a la pérdida del sentido de la existencia, tanto individual como de la totalidad de la realidad; frente a la privatización de la dimensión social de la fe, que relega a un papel secundario la situación de injusticia social en la que vive la mayor parte de la humanidad; frente a todas estas consecuencias negativas es posible y necesario generar una ética y una cultura que no sigan la lógica individualista y el dogma de la eficacia financiera como criterios de vida para poder construir una sociedad en la que todos quepan.

Si algo positivo podemos aprender del proceso de globalización que experimentamos en la actualidad es que hemos de adoptar una nueva perspectiva de análisis para cualquier problema: la dimensión de la universalidad: todo derecho mío, sólo será derecho logrado si es reconocido para los demás en otras partes del mundo. Sólo así será posible que el crecimiento económico vaya acompañado del desarrollo humano necesario para hacer de este mundo-mercado un auténtico mundo-hogar para toda la humanidad.

Resumen realizado por: Norberto Smilg Vidal