Ciclo de Conferencias

RADICALIZAR LA DEMOCRACIA

Ciudadanía y Nuevos Movimientos Sociales

 

Con el objetivo de continuar explorando distintas posibilidades de reflexión sobre el sistema democrático, el Foro Ignacio Ellacuría volvió a centrar el ciclo de conferencias celebrado entre el 5 y el 26 de mayo pasados, en la problemática de la radicalización de la democracia. En esta ocasión se ofreció una vertiente diferente del problema: la que aportan los diferentes movimientos sociales que desde hace unos años han puesto de relieve algunas contradicciones de la sociedad en la que vivimos, denunciado situaciones y procedimientos de explotación de personas por otras personas y proponiendo alternativas para la transformación radical y necesaria de la sociedad en su conjunto. El ciclo de conferencias pretendió presentar un panorama representativo de la pluralidad de iniciativas y movimientos sociales que existen en la actualidad.

ROSA COBO BEDIA
Género, ciudadanía y democracia

Considerado en su conjunto, el movimiento feminista es uno de los más importantes tanto por el núcleo de reivindicaciones que plantea, como por la cantidad de personas a las que implica: algo más de la mitad de la población mundial son mujeres. Además, el género es un vínculo muy fuerte, capaz de constituir grupos sociales más allá de todas las diferencias posibles: clase social, capacidad económica, cultura, idioma, religión, etc. El feminismo se presenta, pues, con una doble vertiente: por una parte es un movimiento social e intelectual, pero por otra tiene que realizar una aportación insustituible a la democratización. De hecho se puede entender que se trata del efecto reflexivo de la modernidad que más ha contribuido a la democratización, por cuanto ha propiciado el ensanchamiento de la democracia a la vez que ha suministrado temas de reflexión y debate públicos.

Aún a riesgo de simplificar, se puede hablar de dos orientaciones básicas que abarcan a todo el movimiento feminista. En primer lugar existe un feminismo ligado al paradigma de la igualdad. Desde esta posición se trata de alcanzar la igualdad efectiva con el varón en todos los ámbitos de la vida. Pero, en segundo lugar, existe también un feminismo ligado al paradigma de la diferencia sexual, categoría introducida por la postmodernidad, en especial a partir de los años 70 en Francia. Cabe la discusión acerca de cuál de esos dos paradigmas puede ofrecer más y mejores resultados a los movimientos feministas. La categoría de la igualdad hace de aglutinadora, de referente normativo o de esquema conceptual con capacidad suficiente para articular la diversidad de posiciones feministas. La exaltación de la diferencia podría impedir la creación del marco normativo necesario para que surja y sobreviva un movimiento social. Sin embargo no podemos olvidar que en su origen la categoría de la diferencia implica el respeto a lo otro, a lo distinto.

Dos conceptos claves del feminismo son "género" y "patriarcado". El concepto de género implica que la idea de mujer es una construcción social y cultural, es decir, que no existe algo así como un "ser femenino" distinto del masculino, no hay una esencia femenina o una ontología de la mujer. Con el concepto de patriarcado, los movimientos feministas denuncian que existe un sistema de dominación que explica la subordinación y la exclusión de las mujeres de los núcleos de poder, alejándola de la "primera línea" social, política, económica, etc. El patriarcado como mecanismo exclusivo es muy sutil, pues presenta la subordinación de las mujeres como perteneciente a la "naturaleza femenina", haciendo "invisible", inanalizable, la discriminación de la mujer.

El reto del feminismo estriba en crear un marco normativo fuertemente inclusivo capaz de crear vínculos que superen las diferencias, incluso entre mujeres que no se autocomprenden como "feministas". Para ello tiene que articular políticas de pacto y colaboración con otros movimientos, para responder a la pluralidad de situaciones en que se encuentran las mujeres. También es preciso introducirse en todos los espacios de poder, institucionales y fácticos, rompiendo los "techos de cristal". En definitiva, el feminismo se encuentra con la necesidad de ofrecer un proyecto de emancipación para las mujeres, con el objetivo último de construir una sociedad de mujeres-sujeto en todos los sentidos.

CARMELO GARCÍA
Solidaridad internacional y radicalización de la democracia

El término "solidaridad" se usa en la actualidad con una gran variedad de significados y desde intereses y motivaciones muy diferentes. Apareció como alternativa civil y laica, racional y política (surgida en el contexto de los socialismos: utópico, romántico, científico), a la degradación del concepto de "caridad", entendida como una especie de "asistencialismo paternalista" ("limosna"). La solidaridad tiene en la actualidad una dimensión jurídica (existen "contratos de solidaridad"); pero también posee una dimensión estrictamente política: se trata de una "actitud sólida" contra la injusticia generada y derivada del poder; en tercer lugar, hoy la solidaridad se ha despolitizado, reduciéndose a cierto humanitarismo, abaratamiento de las razones o "solidaridad blanda". El propio poder (político y económico) ha promovido este vaciamiento de contenido significativo de la palabra.

Casi siempre que se habla de solidaridad se apunta también una referencia al concepto de "sociedad civil", entendiendo que es a ella a quien le compete la tarea de la solidaridad, al menos en grado preferente. "Sociedad civil" no es una expresión totalmente nueva: Hegel, Marx, Engels y Gramsci ya lo usaron con sentidos no siempre idénticos. Lo cierto es que la sociedad civil es reconocida como el "tercer sector", junto con el poder político (representado por el Estado) y el poder económico (que en la actualidad reside en el mercado, especialmente en el mercado financiero globalizado). Pero el problema surge al caer en la cuenta de que estos dos últimos sectores están bastante bien definidos, mientras respecto a la sociedad civil aún hemos de preguntar qué tipo de poder es y cuáles deberían ser sus relaciones con los otros sectores. Porque parece necesario que la sociedad civil no sea sólo la base (según indica la teoría de la democracia) sino que sea capaz de controlar y poner a su servicio a los otros dos poderes.

Desde las referencias de los conceptos de "sociedad civil" y "solidaridad", podemos reflexionar acerca del significado de la expresión "radicalizar la democracia": volver a las raíces, al fondo último, para desde ahí volver a plantear en qué ha de consistir una auténtica democracia. Pero ¿qué significa "ser radical" o "radicalizar"? porque muy diversos grupos afirman de sí mismos que son "radicales", adquiriendo la expresión significados muy diferentes. Lo importante es no radicalizar sólo ni preferentemente los medios, sino tener en cuenta el fin y la raíz de procedencia. Es verdad que la democracia es también un medio, un procedimiento, pero de la radicalización exclusiva de los medios han surgido históricamente los fascismos, nazismos, racismos, etc. Se puede decir que, al igual que se ha vaciado de significado el concepto de solidaridad, también se ha desfinalizado el concepto de democracia de tal modo que no remite a un universo de sentido, a un sistema de valores compartido, sino que ha quedado reducida a un mero procedimiento, a un medio, a su aspecto meramente formal. La contribución del sistema económico capitalista a esta desfinalización ha sido fundamental: pensemos, por ejemplo, en la absolutización del dinero, que no es más que un medio ("fetiche del fetiche", en la expresión de Marx).

Volver a la raíz en el caso de la democracia implica redescubrir un concepto básico de la Revolución Francesa: recuperar el concepto de "ciudadanía". La sociedad civil está formada por ciudadanos, es decir, sujetos de derechos y deberes, y también sujetos de poder; no meramente contribuyentes o electores. La radicalización de la democracia ha de venir por una recuperación del concepto de ciudadanía que implica la soberanía. Haciendo una separación meramente analítica y no real entre ética y política, la recuperación del concepto de ciudadanía no puede venir por el lado de lo político, sino que el reto se plantea desde la necesidad de inventar un mundo de sentido predominantemente ético que se convierta en cultura normal en la que a todos les sea posible vivir. El fundamento de esta ética ha de estar en los Derechos Humanos con su pretensión universalista. Radicalizar la democracia no puede consistir sólo en cambiar estructuras, menos en cambiar personas; más bien se trata de reconstruirla desde sus fundamentos, es decir, efectuar una profundización ética y cultural de los Derechos Humanos que tiene como arma de crecimiento y difusión la educación, actualmente degradada por las injerencias del poder.

RAMÓN FERNÁNDEZ DURÁN
Movimientos de resistencia a la globalización

El proyecto democrático es un proyecto amenazado desde sus comienzos. La amenaza proviene, paradójicamente, del sistema económico capitalista que, necesitando la libertad, también la destruye. En los últimos años estamos asistiendo a una expansión exponencial del sistema capitalista en dos direcciones: horizontalmente, porque casi no queda rincón alguno en el mundo al que no haya llegado; y verticalmente, porque ha invadido todas las actividades que desempeñan cotidianamente los seres humanos. Algunas consecuencias de este fenómeno son la hegemonía del capital transnacional y financiero; la emergencia de políticas neoliberales que supeditan todo a la exigencia de competitividad; la asimetría creciente en el reparto de la riqueza según un "mecanismo perverso" que bombea riqueza de abajo hacia arriba, es decir, desde los grupos menos favorecidos hacia los más poderosos, creando élites enriquecidas y cada vez menos numerosas tanto en los países del centro del sistema (países ricos) como también en los de la periferia (países pobres); feminización de la pobreza; desregulación del mercado de trabajo, con el consiguiente desmantelamiento de políticas de protección logradas tras décadas de lucha del movimiento obrero; privatización de servicios públicos (sanidad, educación, etc.) que quedan sometidos así a la lógica del mercado; y finalmente, degradación ecológica, resultado de la sobreexplotación económica de los recursos naturales. Este panorama indica un clima de vulnerabilidad: ¿hay resistencias a este proceso? ¿es posible detenerlo?

Si echamos una mirada a la historia observaremos que resistencias ha habido desde siempre, en la medida en que ha existido la lucha contra la injusticia. Pero sólo a partir de mediados del siglo XIX se cobra conciencia de la importancia de contar con una organización estable para luchar contra la expansión del capital. La Segunda y Tercera Internacional son dos organizaciones de este tipo que plantean formas diferentes de resistencia y de acceso al poder estatal. Tras la Segunda Guerra Mundial ocurren tres fenómenos que merecen nuestra atención: por un lado la aparición de partidos socialdemócratas que se limitan a gestionar el capitalismo postbélico, produciendo algunos avances indiscutibles; por otro lado, la expansión de la influencia del "socialismo real" tanto en Europa como otros países, como China y Cuba; y finalmente el avance en el proceso de creación de estructuras estatales, pasando de 40 a más de 180 Estados (África es el mejor ejemplo de este fenómeno).

En torno a 1968 podemos situar la aparición de muchos movimientos antisistémicos y de rechazo del modelo económico capitalista. Así, además del conocido Mayo del 68 en Francia, ocurrieron movimientos similares en otros países eupopeos (Alemania, Italia) y también en EEUU (junto con el inicio de la protesta contra la guerra de Vietnam). Pero estas fechas son también importantes porque suponen la aparición de muchos movimientos cuya acción llega hasta la actualidad: feministas, ecologistas, pacifistas, defensores de los Derechos Humanos y de los derechos civiles, etc. Igualmente en el Bloque del Este se producen fenómenos paralelos a los occidentales (concentración urbana, industrialismo, desarrollismo, etc.) generando tensiones que se hacen visibles en Hungría (1956), en la primavera de Praga (1968) y posteriormente en el proceso polaco (1980).

Muchos de estos movimientos que se autocomprenden como "de izquierdas" entran en crisis con el derrumbamiento del muro de Berlín, pues los países del Este habían sido un punto de referencia del contenido y de las estructuras organizativas de la izquierda. Esto ocurre especialmente con los sindicatos y los movimientos de liberación nacional. A partir de 1988, con la reunión de Berlín, queda cada vez más claro el papel de defensa de los intereses de las empresas transnacionales y del capital financiero especulativo que desempeñan tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial; paralelamente se percibe también la pérdida de relevancia de los Estados-Naciones (aún cuando existen muchas diferencias). En estas fechas es también cuando se inicia el debate acerca de los límites que la ecología puede plantear al desarrollo ilimitado.

Otros dos momentos importantes de contestación y crítica antisistémica son el nacimiento de la coordinadora mundial "Vía Campesina" en Nicaragua (1991), donde se advierte la aparición del campesinado como nuevo sujeto revolucionario frente al proletariado industrial que había venido desempeñando este papel en exclusiva. En segundo lugar, el surgimiento de la coordinadora Acción Global de los Pueblos (AGP) a partir de una reunión en Ginebra (1998) que acuerda el rechazo de las instituciones globales, la adopción de una actitud de confrontación y no negociación y la estructuración en red con múltiples nodos. Desde esta nueva forma de entender la resistencia a la globalización se pueden entender las acciones que recientemente se han llevado a cabo en Seattle y Washington.

Podemos concluir que las resistencias son más y más diversas de lo que parece, pero que paralelamente se va produciendo un deterioro alarmante de las poblaciones y del planeta en su conjunto.

MARIANO AGUIRRE
Pacifismo y alternativas de sociedad

Entenderemos el término "pacifismo" en un sentido amplio que abarca tanto los movimientos como los grupos o campañas que se realizan a favor de la paz, sin entrar en la distinción entre aquellos pacifistas que condenan el uso de la fuerza en cualquier ocasión y circunstancia (pacifistas extremos) y esos otros que aceptan el uso de la fuerza como mal menor y bajo determinadas condiciones (por ejemplo, cuando se trata de defender a un pueblo que ha sido agredido).

A partir del siglo XIX se produce un salto cualitativo en la eficacia de las armas (especialmente a partir de la invención de la ametralladora). El desarrollo que adquiere la industria bélica convierte la guerra en una situación especialmente brutal por la enormidad de víctimas que se producen, pero también la dota de un componente económico. Junto con él, la guerra (el "negocio de la guerra") ha venido cumpliendo un papel constitutivo para los Estados: se dice que la función "protectora" del Estado respecto a los ciudadanos legitima que sea él quien posea en exclusiva el monopolio de la fuerza. Pues aún cuando el Estado ha perdido algunas atribuciones que tenía hace un siglo, conserva sin embargo la del uso potencial de la fuerza, tanto respecto a los problemas internos como respecto a los posibles conflictos con otros Estados y presumiblemente, no va a perder esta función en un futuro próximo.

La toma de conciencia de la brutalidad de la guerra trajo como consecuencia, por una parte, el desarrollo del Derecho Internacional en sus aspectos humanitarios y por otra la aparición de organizaciones que se proponían socorrer a las víctimas (la primera de ellas fue Cruz Roja). En estos dos hechos encontramos el arranque de la reflexión sobre la paz y un intento de aproximación humanitaria al problema de la guerra.

Tras las dos Guerras Mundiales, con la "guerra fría", se instaura una dinámica conocida con el nombre de "carrera armamentística" que fomenta el desarrollo de armas de destrucción masiva. Tal dinámica se basa en el supuesto de que la paz se consigue advirtiendo a los agresores potenciales de que se posee mayor potencial bélico que ellos, con lo que saldrían perdiendo en caso de iniciar el conflicto. No se trata más que de la aplicación del proverbio "si quieres la paz, prepara la guerra".

Pero también tras la segunda Guerra Mundial nace la investigación para la paz, que intenta abordar las raíces de la violencia directa aplicando métodos interdisciplinares y contemplando la violencia en la diversidad de niveles que posee (individual, grupal, social, estatal, internacional). Se trata de una investigación teórica, pero que también posee una dimensión práctica y que está guiada por un componente normativo-moral: la pregunta ¿cómo queremos que sea la vida?

Los movimientos pacifistas y la investigación para la paz tienen ante sí una tarea ingente. Han de responder o ayudar a responder preguntas tan complejas como ¿qué es la seguridad? ¿cómo la vamos a conseguir? ¿cómo se puede/debe usar la fuerza? En la actualidad asistimos a una ampliación del concepto de seguridad que rebasa la acción meramente militar. Se habla de seguridad laboral, económica, ecológica, seguridad ante desastres naturales, etc. Esto implica una ampliación paralela de lo que se entiende por paz, que no puede reducirse a la simple ausencia de guerra. Otras tareas para el futuro inmediato son la indagación de las causas estructurales de los conflictos, para que sea posible gestionarlos de forma que no desemboquen en guerra o en violencia; y, decididamente, contribuir a la reconstrucción postbélica. 

Resumen realizado por: Norberto Smilg Vidal