Ciclo de Conferencias

RADICALIZAR LA DEMOCRACIA

Ciudadanía, participación y transformación social

  

Éste fue el título genérico del ciclo de conferencias celebrado en la primavera de 1999. F. Javier Vitoria (La presencia pública de los cristianos), Adela Cortina (Sociedad civil y transformación de la política) y Tomás R. Villasante (Participación ciudadana y alternativas de sociedad), abordaron desde diferentes perspectivas la significación, la problemática y las posibilidades de transformación de las relaciones políticas y económicas a partir de lo que se ha venido denominando "sociedad civil". De este modo, se elimina la aparente paradoja que encierra el título del ciclo de conferencias: "radicalizar la democracia" ha de entenderse como un intento de ir a la raíz misma de la democracia, más allá de su implantación meramente formal, convirtiéndola en un elemento dinamizador e innovador de las relaciones humanas en todos los ámbitos de la vida social. 

Dos modelos de democracia

A grandes rasgos, se pueden distinguir dos formas generales de entender la democracia que se han dado recurrentemente a lo largo de la historia, con diferente intensidad en cada época.

La primera, suele entenderse como "gobierno ejercido por el pueblo". Se trata de la democracia participativa, procedente de la concepción del ser humano como animal político, defendida por Aristóteles en el siglo IV a. d. JC. Que los seres humanos son seres políticos significa que se realizan plenamente cuando participan en los asuntos públicos. Esta es la forma propia y auténtica de ser libre (autónomo), siendo además una forma de vida felicitante. En este contexto, conviene diferenciar adecuadamente entre "público" y "político". La participación en los asuntos públicos no se agota en el aspecto político. La participación en la política tiene que ver con las estructuras de poder que conforman el gobierno de un Estado. La participación en los asuntos públicos implica pensar en el interés general, intervenir en el descubrimiento y logro del bien común.

El segundo modelo de democracia responde al lema de "gobierno querido por el pueblo", aunque cabría diferenciar entre "querido" y "votado". Se trata de la concepción representativa de la democracia, surgida en los siglos XVII y XVIII que también puede llamarse elitista y oligárquica, ya que parte de una dicotomía básica entre las personas expertas y la masa incompetente. Aquellas son las que deben gobernar según la elección (votación) del pueblo inexperto. Este modelo se fundamenta en la diferencia entre vida pública y vida privada, entendiendo que ésta es la que nos puede proporcionar la felicidad. Por eso se elige y se paga a los expertos, para que lleven adelante los asuntos públicos y nos liberen de esa carga. Desde esta perspectiva el ser humano es un animal calculador de las gratificaciones que puede obtener en la vida pública y en la privada, quedando aquélla convertida en un mero instrumento para la obtención de fines privados. La democracia entendida en este sentido se convierte fácilmente en un mero sistema de control: es posible sustituir al gobernante (experto) que lo hace mal o, incluso, en provecho propio. Siendo útil como sistema de control, realiza sin embargo, una drástica reducción de la complejidad, diversidad y creatividad presentes en la ciudadanía, de forma que tiende a incrementar la distancia entre gobernantes y sociedad civil.

Partiendo de estos dos modelos, radicalizar la democracia significa atender y participar en los asuntos públicos de las distintas esferas de la sociedad civil: opinión pública, mercado, comunidades adscriptivas, asociaciones libres, etc. Esto implica la realización de una revolución de la vida cotidiana que es equivalente a la búsqueda de la excelencia en todos los niveles de la sociedad civil: familias, profesiones, organizaciones, etc. El fin perseguido por dicha revolución no es otro que la universalización de la aristocracia: que cada ser humano desarrolle al máximo sus capacidades y las ponga al servicio de todos. Algunos de los ámbitos en los que resulta urgente la revolución de la vida cotidiana serían los siguientes: la transformación interna de la economía (de cara a la consecución de un comercio y un consumo justo y universalizable y, en general la búsqueda de la excelencia en la profesión); la transformación de la sociedad en una escuela de civilidad (pues sólo desde los grupos primarios se puede educar para la democracia); la potenciación de los nuevos movimientos sociales (que, sin ánimo de lucro, pretendan elevar la calidad de vida de las personas y se constituyan en nuevos yacimientos de empleo); la constitución de una "opinión pública" fuerte (que desenmascare las necesidades de justicia y que descubra otra serie de necesidades que, aun no siendo derechos, son fundamentales para la vida humana). 

¿Cómo se radicaliza la democracia? 

Esto es tanto como preguntar dónde está la alternativa a la sociedad actual, teniendo muy en cuenta que la construcción de los valores de la sociedad civil ha de hacerse a contracorriente. Pues ni los Estados (que se rigen por la burocracia) ni el sistema económico (que obedece a las leyes del capital) permiten establecer consensos. Pero los valores dominantes en la actualidad no pertenecen ni a uno ni al otro: más bien predomina una suerte de "modelo amarillo", originario de China, Japón y el sudeste asiático, consistente en incrementar la presencia del Estado y del mercado simultáneamente. Esto es, el modelo cultural en el que vivimos es impotente para resolver los conflictos que nos acucian (hambre, pobreza, paro estructural, ecología, guerra, etc.). Aún así, cabe la posibilidad de "jugar en campo propio", es decir, en el campo de las redes de ciudadanos, que no es el del Estado ni el del mercado, porque toman como punto de partida las dos premisas siguientes: no queremos gobernar; no queremos lucrarnos. Desde ellas es posible una nueva toma de conciencia colectiva, un nuevo talante moral, que haga posible conducir democráticamente a la sociedad hacia una nueva forma de vida.

Desde esos dos presupuestos sí es posible la construcción de un tercer sistema de valores, alternativo tanto respecto al del Estado como respecto al del mercado. Se trata, por tanto, de la constitución de foros alternativos, pequeños grupos con capacidad de innovación y no sólo de control. La capacidad de innovación de las redes sociales pasa, pues, por la asociación y la participación, para proporcionar a la sociedad los servicios necesarios y adecuados a las diferentes situaciones que se presentan. De esta forma se pretende rescatar la voz de la calle, impedir o al menos paliar, la reducción que operan los sistemas democráticos elitistas, oligárquicos, representativos. (Experiencias de este tipo se vienen realizando —en algunos casos desde los años setenta— en ciudades tan diferentes como Villa El Salvador, Porto Alegre o Seattle).

Es conveniente tener en cuenta que no existe un solo método para la consecución de estos fines. Lo fundamental es que se consiga poner de relieve que ante el poder (tanto del Estado como del mercado), es posible una tercera vía, distinta de la continuista (conducta conversa) y de la revolucionaria (externa al poder). Se trata de lo que se ha llamado "desborde popular" o también "conducta reversiva": mostrar las contradicciones del sistema en la práctica. Esto es, sacar a la luz que, a partir de algo que el sistema afirma pero que no cumple, se puede llegar a desbordar ese sistema. Más que la metodología, lo fundamental es que los movimientos sociales deben plantearse de entrada posturas práxicas y no meramente ideológicas, a la hora de construir sus legitimidades. Esto es lo propio de lo reversivo o de lo desbordante a que nos referíamos antes. Se trata de una forma de construir valores alternativos a partir de conductas personales y grupales, en la que la reflexión no debe paralizar a la acción (lógica del tercer sistema). En todo caso, es bueno tener presente que son las personas los sujetos impulsores de las transformaciones sociales y que por ello, los foros alternativos y las redes ciudadanas son, en el fondo, redes personales que tienen diversos niveles de acción (local, regional, mundial). 

Democracia y cristianismo 

¿Hay alguna aportación específica que puedan realizar los cristianos a la radicalización de la democracia? La respuesta a esta cuestión la proporciona el componente mesiánico del cristianismo. Pues, en primer lugar, el cristianismo es una religión portadora de esperanza para los pobres y para las víctimas de la historia. Esperanza en que las cosas pueden ser de otra manera, es decir, en que la historia contiene aún posibilidades inéditas. Sin embargo, tras la implantación de un régimen democrático en España, se advierte cierto desencanto, cuando no cierta "alergia" del cristianismo ante la democracia, probablemente acentuada por la falta de impulso de la institución eclesial para configurarse como religión mesiánica.

Las raíces de esta situación podemos encontrarlas en la identificación entre la esperanza y el optimismo histórico característico de la modernidad. Sin caer en la cuenta, además, de que la tradición occidental moderna no hizo sino secularizar en gran medida algunos elementos básicos del cristianismo. La crítica al optimismo histórico, su corrección y reorientación nos puede permitir descubrir cuál es la aportación propia del cristianismo y recobrar la esperanza como mística histórica, esto es, la capacidad de anticipar el futuro prometido en el presente histórico. En cualquier caso, tener esperanza no es garantía de éxito histórico: nada ni nadie puede garantizar el progreso ascendente de la historia. Pero no es menos cierto que la esperanza impide que el fracaso de las utopías surgidas en la modernidad, se pueda considerar como algo inevitable histórica o metafísicamente. Dicho brevemente: aunque carecemos de garantías de éxito, no estamos por ello abocados al fracaso histórico.

Desde este esquema básico, la aportación del cristianismo a la radicalización de la democracia tendría que caracterizarse por la promoción de la fraternidad en el mundo (el Reino de Dios), fomentada por todos los creyentes desde sus itinerarios vitales concretos, de forma que generen esperanza en el interior mismo de la crisis histórica que nos ha tocado vivir, frente a las experiencias del absurdo o del mero devenir de la historia. Así la aportación del cristianismo ha de inspirar una crítica contra la desesperación o la resignación, alentando una práctica transformadora de la realidad que vaya realizando paulatinamente la promesa en la temporalidad de la historia.

Resumen realizado por: Norberto Smilg Vidal