José Luis Sánchez Noriega

Medios de Comunicación y Tercer Mundo

 

Todas las organizaciones sociales que tienen un compromiso con el Tercer Mundo han podido constatar que gran parte de la efectividad de las campañas que ponen en marcha y de la respuesta de la población a las acciones emprendidas, depende de los medios de comunicación. Parece que basta un reportaje televisivo o una página en un diario de gran tirada para que realidades hasta entonces ignoradas cobren actualidad y las gentes se movilicen. Y, por el contrario, las mayores protestas y reivindicaciones de los militantes de esas organizaciones pasan desapercibidas si no encuentran eco en el sistema mediático. 

Cuestiones previas a modo de tesis 

A poco que nos sentemos a pensar el estado de la cuestión en torno a la relación entre los medios de comunicación y el Tercer Mundo cabría enunciar los siguientes principios que pueden, en buena medida, considerarse también resultados de nuestras indagaciones:

• Los medios de comunicación son el instrumento insustituible para el conocimiento de las realidades lejanas y, por tanto, son determinantes en la imagen del Tercer Mundo que los norte-occidentales tenemos del mismo. Sin ese conocimiento no es posible que las ONGs sensibilicen a la población, ni un juicio critico que permita estrategias de colaboración y ayuda eficaces.

• Los medios de comunicación de masas constituyen una institución del sistema democrático y, por tanto, determinan las políticas de cooperación internacional y de ayuda humanitaria al Tercer Mundo. Es decir, los gobiernos arbitrarán políticas más solidarias y progresistas con los países pobres en la medida en que reciban presiones de los medios de masas y vean en los mensajes masivos el resultado de demandas del electorado. Pero, por otra parte, la presión popular depende cada vez más de mecanismos hasta ahora ajenos al debate político: «El papel antes ejercido por los partidos es así transferido a otras instituciones y la movilización popular pasa a ser una dependencia del monopolio de la comunicación de masas, al que corresponde establecer, de forma autónoma, es decir, a partir de sus intereses la pauta de la sociedad. La comunicación de masas, como la política, es, por tanto, un bien de consumo, matizado por el neoliberalismo, es decir, por la apropiación desigual de bienes de consumo, de bienes simbólicos y de ciudadanía» (Amaral/Rondelli, 1996)

• En las sociedades industriales los medios han sustituido, en buena medida, a los socializadores tradicionales (familia, barrio, escuela, Iglesia) y establecen opiniones, valores, imágenes del mundo... que acaban siendo dominantes. Los valores centrales vehiculados por el sistema mediático actual en esas sociedades (espectáculo, distracción, hedonismo, pasividad, superficialidad, consumismo, idolatrización, etc.) se oponen frontalmente al conocimiento, sensibilidad y acción inteligente necesarios para la adquisición de compromisos personales y comunitarios con el Tercer Mundo. 

Desigualdad comunicativa Norte-Sur y

dominación mediática del Tercer Mundo

 La dominación comunicativa (cultural-ideológica) del Tercer Mundo es una parte de la dominación económica y un requisito para la misma. Es una parte en la medida en que las multinacionales de la electrónica y el audiovisual buscan mercados adicionales y encuentran en los países pobres, con industrias de comunicación deficientes o carentes de ellas un espacio para el desarrollo de su negocio. Particularmente en el terreno de la televisión y el cine, las grandes productoras norteamericanas dominan mercados como América Latina y buena parte de África, además del europeo. Pero esa dominación mediática es un requisito para la dominación económica en cuanto, con los telefilmes, las películas y el resto de los mensajes masivos en su globalidad, se vende un modo de vida capitalista, una mentalidad de la abundancia, la individualidad, el progreso concebido según el Norte... que resulta necesario para la colonización económica en el resto de los ámbitos. El nuevo colonialismo ya no busca la conquista del territorio, sino de los mercados, de las bolsas, para lo cual necesita dominar el espacio simbólico de los medios de comunicación y de las conciencias.

Colonización de las conciencias y de la industria de la comunicación van cada vez más unidas, dado que la información, la comunicación y el ocio aparecen juntos en las multinacionales del entretenimiento y la electrónica. Los periódicos independientes y los órganos informativos en sentido estricto están relegados en los grandes grupos multimedios que albergan en su seno canales de televisión, revistas de ocio, productoras de cine, emisoras de radio, editoras de productos multimedia y toda forma de comunicación donde cada vez resulta más difícil separar la cultura, el entretenimiento y la información.

Ya expusimos en nuestro trabajo Industrias de la conciencia y cultura de la satisfacción (Ediciones HOAC 1995) los datos básicos sobre la colonización mediática del Sur. Hay que recordar que las agencias de prensa de los países ricos manejan 37.5 millones de palabras diarias frente a 0.3 millones de las agencias del Sur; que el noventa por ciento de los satélites de comunicación pertenecen a los países industrializados; que el 90% del mercado audiovisual mundial procede de Estados Unidos, la Unión Europea o Japón de donde son exportados telefilmes y culebrones a Asia, América Latina y África. Como muy bien resume Ignacio Ramonet datos procedentes de la Unesco:

«S De las 300 primeras firmas de información y comunicación, 144

S son norteamericanas, 80 de la Unión Europea, 49 japonesas. Es decir, la inmensa mayoría.

S De las 75 primeras empresas de prensa, 39 son americanas, 25 son europeas, 8 son japonesas.

S De las 88 primeras firmas de informática y telecomunicaciones, 39 son americanas, 19 son europeas, 7 son japonesas.

S De las 158 primeras empresas fabricantes de material de comunicación, 75 son americanas, 36 son europeas y 33 son japonesas.

Y el resto —cuando hay restos— tampoco es el Sur. El resto es de Canadá, Australia, Suiza, Austria, Taiwan, Singapur, es decir, también del Norte; es otro Norte, pero es Norte, al fin y al cabo. Obviamente, la comunicación y la información siguen hoy, más aún que en los años setenta dominadas por el Norte.» (Pérez-Babot, 1994, 131).

La colonización es, también, una consecuencia de la concentración empresarial y la creación de grandes grupos multimedios que buscan nuevos mercados. A lo largo de las dos últimas décadas hemos asistido a un proceso de concentración y expansión que viene potenciado con la inversión en sectores de las Nuevas Tecnologías de la Información (NTI) como la telefonía móvil, las plataformas digitales o los multiservicios de cable. Es evidente que el pluralismo informativo está en regresión a medida que avanzan esos procesos de concentración multinacional, lo que, paradójicamente, pone en cuestión el axioma neoliberal de la libertad de elección de los ciudadanos.

Por otra parte, hay que subrayar que los medios propios de los países pobres reproducen —con todos los defectos y escasas virtudes— el esquema jerárquico de comunicación autoritaria propio de las empresas multinacionales. Las oligarquías locales, dueñas de los medios de masas de los países del Tercer Mundo y aliadas del establishment económico y político, no son más «sureñas» que las multinacionales. El caso de Televisa -y su alianza secular con el PRI- en México o el caso de la red O Globo en Brasil muestran que una industria autóctona no garantiza en sí misma una mayor democratización de la comunicación masiva. Por el contrario, hay empresas multinacionales —como la agencia EFE en Latinoamérica— que pueden ofrecer una información de más calidad. En el caso de Brasil hay que hablar de la macrocefalia del modelo comunicacional: 300 canales abiertos están integrados en tres redes, dos de las cuales (Globo y SBT) controlan el 90 por ciento de la audiencia; a nivel local/regional suele haber un canal de televisión de Globo que posee uno de los dos periódicos y una radio que da noticias de la Agencia Globo. En América Latina, la mundialización ha tenido como consecuencia, según un diagnóstico que juzgamos acertado, «la profundización del monopolio de la información, de la producción y circulación de bienes simbólicos y, por consiguiente, del ejercicio del poder político» (Amaral/Rondelli, 1996).

Ya en 1980 el Informe McBride de la Unesco Un solo mundo, voces múltiples llamaba la atención sobre esta situación de dominación y colonización a que está sometido el Tercer Mundo en el terreno de la comunicación. Ese informe —boicoteado por los Estados Unidos de Reagan y el Reino Unido de Tatcher, que llegaron a retirarse de la Unesco— hacía un diagnóstico sobre el desequilibrio informativo y proponía unas pistas en orden a promover formas no comerciales de comunicación, financiación alternativa a las leyes del mercado, creación de redes no verticales, el derecho de acceso ciudadano a los medios, la participación de profanos en la comunicación, las comunicaciones alternativas a los medios burocratizados, participación de colectivos en la gestión de los medios, etc. Carlos A. Valle (Pérez-Babot, 1994, 72-76) resume que ese Informe trataba de responder a: a) la dependencia tecnológica de los países pobres respecto a los industrializados; b) la consideración de la información como mercancía y no como bien social; c) el desequilibrio en el flujo de la información; y d) la concentración de poder derivada del potencial tecnológico. Como podrá comprobar el lector son ideales que, a pesar de los casi cuatro lustros transcurridos desde el informe, siguen vigentes.

Es más, la Unesco advertía sobre los riesgos de la abundancia comunicacional (el informacionismo) que opera selectivamente —supone que un número de personas menor puede acceder a ella— y que constituye un simulacro de comunicación. Si pensamos en tecnologías recientes como las plataformas digitales o Internet habrá que estar de acuerdo en que están vedadas a los países pobres, tanto por los costos de inversión como por la base cultural y educativa necesaria para su utilización. Otros fenómenos surgidos en estos años tampoco ofrecen muchas esperanzas: la CNN de Atlanta se ha presentado como modelo de comunicación global con su capacidad para emitir noticias a todo el mundo desde cualquier punto del planeta. Pero lo «global» responde a una ideología mercantil y occidental.

Ante esta situación, ¿es posible una legislación antimonopolista a nivel mundial?, ¿cómo se puede aplicar la «excepción cultural» (GATT-Uruguay) al libre flujo de comunicaciones vía satélite? Como se sabe, la firme postura francesa para evitar que el audiovisual (cine y televisión) norteamericano sigan colonizando la vieja Europa no ha tenido demasiados apoyos en el propio continente... y la amenaza continúa. Pero esa muy legitima defensa de la identidad cultural no la aplica ningún país del Norte —ni siquiera Francia— cuando se trata de los países pobres, cuyo peso político en los foros internacionales es escaso. Parece que aspirar a algún tipo de legislación anticolonialista como la actualmente vigente para el audiovisual —a pesar de su timidez— resulta poco menos que una utopía. Furio Colombo (1997), en su sugestivo ensayo habla del «sendero lingüístico» del inglés como factor de universalización de las noticias. Es el idioma el mismo argumento que emplean las legislaciones europeas, por la vía de la licencia de doblaje, para impedir la asfixia de los cines nacionales. Paralelamente, hay que hablar de la agenda informativa norte-occidental que se impone a los países pobres: qué es noticia viene determinado por los usos, los intereses y las rutinas profesionales de los periodistas de los países ricos y no por las necesidades o la cultura del Tercer Mundo.

Por otra parte, pudiera parecer que nuevas tecnologías como Internet resultan más democratizadoras al crear redes horizontales de comunicación. Y así es para algunos movimientos de cooperación y organizaciones alternativas (Amnistía Internacional, Médicos sin fronteras, Greenpeace etc. con redes propias globales no masivas). Pero aún resultan inaccesibles a las masas y hay quien defiende que las nuevas tecnologías consolidan la estratificación cultural y económica: de 5.600 millones de habitantes sólo 150 poseen ordenadores personales, un 10% tienen correo electrónico e Internet, menos del 7% tienen acceso a Internet, menos del 5% de los hogares tiene ordenador y menos del 1% está conectado a Internet. Sin políticas de equipamiento tecnológico y de educación multimedia resulta difícil vencer el analfabetismo tecnológico: las nuevas tecnologías, a pesar del potencial democratizador, están supeditadas a las reglas del mercado, a las políticas neoliberales que obran en favor de la concentración y a las políticas educativas que generan exclusión social: «el pobre estará cada vez menos informado y, al estar desinformado, será excluido de las nuevas relaciones de producción y trabajo y de consumo de bienes materiales, culturales y políticos.» (Amaral/Rondelli, 1996).

El Norte —su riqueza, su desarrollo económico y su abundancia en todos los órde nes, pero también sus estilos de vida, su cultura, sus patrones de belleza, de moda y de empleo del ocio; es decir, su individualismo, su competitividad inhumanizante, su mercantilización de toda realidad y actividad— aparece como el horizonte deseable para los ciudadanos del Tercer Mundo que están siendo constantemente bombardeados con mensajes masivos pensados desde y para los norte-occidentales.

Así, no es de extrañar que las modelos publicitarias japonesas se operen de los ojos para parecer más occidentales, o que jóvenes negras demanden productos blanqueantes para la piel o vistan como las actrices afroamericanas o que madres africanas, presionadas por la publicidad, críen a sus retoños con leche maternizada (con la consecuencia funesta de que aumente la tasa de mortandad, y la OMS llegue a prohibir a Nestlé esa propaganda, en uno de los episodios más tristes de colonialismo cultural), etc. Estos y otros casos de imposición del imaginario norte-occidental muestran una culpabilización de las diferencias que está a la base del racismo.

¿Cómo explicar los riesgos mortales de los marroquíes o centroafricanos que intentan cruzar el Estrecho?, ¿en sus países no se informa de los ahogados de las pateras?, ¿valoran el riesgo de perder la vida cuando no huyen del hambre letal o de la persecución política? Las sucesivas y repetidas muertes de jóvenes marroquíes en el Estrecho no pueden explicarse sin esta dominación mediática. Por una parte, muy probablemente el Norte da abundancia informativa oculta o relega los naufragios letales —mientras exporta otras noticias al Magreb—, por otra, hay que tener presente que, en el caso de Marruecos no se trata de una huida del hambre, de un caso de necesidad extrema. Más bien hay que pensar en los paraísos de bienestar, en los modelos de vida confortable y de abundancia, difundidos en todo el Magreb desde el Sur europeo y en el deseo irreprimible de participar que tienen esos habitantes, desconocedores de los riesgos que corren al intentar la inmigración ilegal y de la realidad de marginación y exclusión que sufren sus compatriotas en Europa. El libre flujo de las comunicaciones no puede aducirse como argumento y escudarse en él para ocultar la irresponsabilidad en que incurre el Norte cuando alienta mediáticamente una inmigración que legalmente prohíbe o limita.

La imagen del Tercer Mundo en los países industrializados

La imagen que tenemos de los países pobres en Occidente se caracteriza por la excepcionalidad: en el Tercer Mundo no existe la cotidianeidad la vida habitual sin sobresaltos, sino que todos los mensajes masivos vienen marcados por el conflicto («El Sur es un infierno», Ramonet) o, en el caso de la publicidad y de algunos documentales, por situaciones paradisíacas.

Los estereotipos y etiquetas que circulan en nuestro sistema mediático (el negro pordiosero, el sudaca vago, el oriental mafioso, el hindú fatalista...; la tribalización, canibalismo, primitivismo, etc. de los países africanos, la guerrilla secular, el golpismo y el caudilliso latinoamericanos, etc.) refuerzan una imagen del Tercer Mundo como espacio de conflicto, de compendio de desgracias y todo tipo de males. Pilar Tello (1996) recoge cómo los ciudadanos de países árabes aparecen ante los occidentales bajo las etiquetas de «rico Emir del Golfo», «terrorista», «trabajador inmigrante poco cualificado» e «integrista fanático». No hay lugar intermedio ni matices que den cuenta de la siempre compleja realidad.

En ocasiones, la visión occidental del Tercer Mundo viene dada por catástrofes naturales (sequías, hambrunas, terremotos, inundaciones, epidemias) mientras en otras se trata de matanzas y todo tipo de violencia que parece consustancial a la vida de los países pobres. En ambos casos, hay una naturalización del mal, una especie de maldición divina o de destino fatal que acabamos por asumir como inexorable. Ni que decir tiene que esa visión no sólo falsea la realidad sino que, lo que es peor, consolida cierto darwinismo e impide adentrarse en las causas del mal y en apuestas superadoras de los conflictos.

Por otra parte, junto a esa visión del Tercer Mundo coexisten reportajes y mensajes publicitarios con imágenes fuertemente falseadas que abundan en el exotismo y el paraíso: los safaris y lugares de estancias turísticas, documentales de animales o espacios naturales sin referencias al contexto humano, los ritos «ancestrales» exhibidos sin voluntad de comprensión o bajo la etiqueta de cultura exótica y poco humana, etc. Dris Bouissef se hace eco de la ausencia de normalidad y se interroga: «¿Qué sabe, qué conoce el público español de las universidades del Magreb? ¿Existen, al menos? ¿Qué sabe el público español de la edición, el teatro, el cine, la pintura, la novela en los países del Magreb? Es más, ¿sabe el público español dónde están situados cada uno de los países del Magreb? ¿Qué sabe el público español de los esfuerzos de centenares de intelectuales magrebíes por comprender a su propia sociedad y hacerla avanzar por derroteros que no sean exclusivamente políticos y económicos?» (Pérez-Babot, 1994, 94).

La consecuencia inmediata de esta apreciación del Tercer Mundo como espacio de la excepcionalidad es el olvido de la causalidad: las catástrofes, las hambrunas, los conflictos armados... parecen fruto de la irracionalidad de la Naturaleza, sin que existan dependencias de estructuras sociales, culturales, políticas y económicas. No se abunda en las causas ni en esas estructuras porque el vértigo informativo cambia con rapidez los focos de atención que se desplazan hacia nuevos espacios de un interés informativo que acaba por ser pura distracción. ¿Qué sabemos hoy de la sociedad y la vida cotidiana de Vietnam y el sudeste asiático que estuvo de moda en los sesenta/setenta con la intervención norteamericana? Tan pronto como cesó esa intervención se eclipsó la realidad de ese territorio o ¿qué sabemos de Irán y la revolución jomeinista tan bien vista por Occidente en los primeros momentos cuando fue derrocado el Sha? Bien es verdad que en otros casos —Chile de Pinochet y de la restauración democrática, Nicaragua de la revolución sandinista y del postsandinismo— ha habido mayor suerte informativa, pero lo habitual es que, tras la publicitación mediática de sucesos devenidos en Grandes Acontecimientos sólo queden silencios e ignorancias.

Las dificultades para la verdad del Tercer Mundo no son pocas: censuras, informaciones mediatizadas por intereses, subordinación política, comercialidad de las noticias, etc. Mientras los grandes medios de comunicación tienen redes de corresponsales fijos en los países ricos (Bruselas, Paris, Londres, Roma, Nueva York, Berlín, Moscú como lugares de interés informativo permanente), corresponsales que han de justificar su sueldo enviando crónicas periódicamente, en el Tercer Mundo sólo existen colaboradores esporádicos o permanentes que han de cubrir varios países simultáneamente. Así las cosas, no es de extrañar que el Sur no genere noticias cotidianas y que los corresponsales en varios países pobres desconozcan la realidad y se hayan de fiar de datos oficiales. Como indica Ana Cama cho «el periodista se convierte en una presa fácil de las fuentes bien informadas procedentes de su embajada, que es el primer lugar al que suele acudir en busca de ayuda, o de las organizaciones humanitarias. De esta forma, su labor se convierte en reflejo de las batallas políticas de las que, ni siquiera las operaciones humanitarias, se libran» (Pérez-Babot, 1994). El corresponsal también ha de medir sus informaciones y tener en cuenta las presiones políticas que reciba su empresa para que las crónicas no dificulten las buenas relaciones diplomáticas o comerciales. Se ha dicho que las violaciones de derechos humanos en Marruecos son mal vistas en las redacciones y en la administración española, con muchos intereses económicos (pesca, gas, etc.) como para crear malestar en el gobierno marroquí. Asimismo hay que hacer ver la inseguridad en el ejercicio de la libertad de prensa que existe para los periodistas en muchos países pobres con regímenes autoritarios o con patrones no-occidentales de esa libertad.

A veces también se da el espécimen del periodista cazador de premios del deseoso de alcanzar notoriedad con la crónica del más difícil todavía del hambre y la miseria, como el fotógrafo japonés que estuvo siete horas al lado de una anciana que moría de hambre para captar el momento mismo de la muerte o el reportero gráfico que captó niños comidos por los buitres, etc. En el fondo mas que en cualquier otro ámbito, los mensajes masivos sobre el Tercer Mundo parten de la falacia televisiva de que ver es igual a saber o a comprender. Con las nuevas tecnologías de cámaras ligeras y de satélites y parabólicas la capacidad de emitir en directo desde cualquier punto del mundo a todo el planeta se ha convertido en simulacro de comunicación global, es decir, la visualización de los hechos ha sustituido a la comunicación en sentido estricto, que es información de los datos y comprensión de los fenómenos. Este primado de la visión explica el desarrollo del morbo en los consumidores de comunicación de los países ricos, que se alimenta frecuentemente con noticias del Tercer Mundo. Pero ese morbo no queda superado por voluntad de información y esfuerzo por parte de los medios y de los ciudadanos, sino que se agota en el asombro y la incomprensión.

Ante las realidades sangrantes de la injusticia, la violencia, el hambre, las epidemias, etc. de los países pobres no hay ni puede haber descompromiso ni información aséptica disfrazada de profesionalidad. Como queda indicado al comienzo de estas páginas los medios de comunicación son un factor nada desdeñable en la comprensión, sensibilización y acciones de cooperación internacional. Hay casos tristes en los que las denuncias de corrupción de organizaciones humanitarias —presentadas por los periódicos o las revistas como un ejercicio modélico de independencia y de agresividad periodísticas— han supuesto el fracaso de operaciones que supondrían salvar vidas humanas. En realidad se trata de una concepción del periodismo —én el fondo teñida de amarillismo y de comercialidad— que hace dejación de cualquier responsabilidad medianamente seria y, desde luego, de todo compromiso. Por el contrario, hay que destacar como muy positivos los programas educativos que desde diversas instancias se están llevando a cabo en favor de la multiculturalidad, la integración de los inmigrantes de otras razas y/o culturas, la tolerancia y contra el racismo.

 ONGs y estrategias comunicativas

El gran logro de una organización como Greenpeace ha sido cambiar la imagen de sus apariciones públicas en los últimos quince o veinte años y pasar de un grupo de «radicales», «iluminados», etc. a convertirse en la vanguardia de una sensibilidad ecologista que hoy nadie puede negar sensatamente en nuestra sociedad. Ello significa que, a largo plazo, el éxito de esta organización ha sido —más allá del triunfo en batallas concretas como la moratoria de la caza de ballenas, el apagón nuclear o la reducción de CFCs— instaurar en nuestra sociedad la variable «impacto medioambiental» en múltiples procesos de actuación, desde los diseños de las autovías hasta los hábitos de consumo. Esto lo ha conseguido una minoría exigua logrando con protestas originales o llamativas una atención ciertamente desproporcionada en los medios; ahí está la foto de la lancha neumática luchando contra los grandes buques como reedición del mito de David y Goliat que ha quedado grabada en nuestro imaginario colectivo...

El éxito mediático de Greenpeace se debe a varios factores y resulta difícil ponderar el peso de cada uno en el conjunto. Pero no parece arriesgado afirmar que las acciones públicas destinadas a los medios de comunicación han tenido en cuenta —y con éxito— las dinámicas espectaculares del propio sistema mediático. La observación más distraída del trabajo de esa organización nos lleva a los siguientes datos: frente a las manifestaciones masivas en los centros urbanos, Greenpeace ha propiciado acciones de poca gente en lugares arriesgados; frente a reivindicaciones genéricas en clave política o legal, los ecologistas han hecho protestas concretas señalando culpables y responsables; frente a las apelaciones dirigidas exclusivamente a las autoridades políticas, Greenpeace ha implicado a empresas y a toda la sociedad; frente a los argumentos racionales enunciados en frases, ha empleado razones pasionales, escenificaciones y narraciones que apelaban a las emociones. En definitiva, la imaginación ha servido para suplir la falta de implantación social, la carencia de recursos o para vencer el rechazo a los valores emergentes propuestos.

Por otra parte, estrategias como los maratones televisivos nos instalan en la médula de una paradoja irresoluble: ¿es legítimo para una ONG recaudar fondos a través de un espectáculo montado por una emisora cuyo único interés está en los resultados comerciales y en ofrecer una (falsa) imagen de altruismo o solidaridad? ¿no resulta incoherente valerse de un medio como el televisual que, al mismo tiempo que dice tratar de sensibilizar está promoviendo, a través de la publicidad, un sistema económico que es la causa del atraso del Tercer Mundo? ¿No repugna participar en operaciones de imagen de las emisoras de televisión, que buscan rentabilidad en el altruismo descomprometido, esporádico y espectacularizado? Pero, a poco que profundicemos, esta paradoja se encuentra en los sistemas de difusión de cualquier ONG que por ejemplo, valora favorablemente un reportaje en un medio que, en general, promueve valores contrarios a todo lo que representa la lucha por el desarrollo del Tercer Mundo. No podemos siquiera entrar a resolver esta paradoja: habrá que plantear situaciones concretas y negociar medios y fines sin que, en cualquier caso, la incoherencia de las estrategias llegue a desnaturalizar los objetivos.

Por otra parte, hay que preguntarse por la legitimidad de las apelaciones sentimentales. En esos maratones y en otras prácticas de sensibilización se apela a sentimientos como la piedad, la lástima, la ternura... que suscitan en las gentes la descripción dramática de situaciones muy llamativas. Si no queremos caer en el paternalismo y en una concepción tradicional de la «caridad» incompatible con la justicia, habrá que combinar mensajes con esas apelaciones con otros que muestren las situaciones de injusticia estructural. Es decir, habrá que combinar esos sentimientos con el conocimiento del Tercer Mundo, el saber solidario y las razones profundas de su realidad; o, dicho de otro modo, trascender la sentimentalidad en orden a una reflexión y un análisis de la realidad que lleve a compromisos estables. Por supuesto, hay que tener el cuidado de no convertir en espectáculo morboso, en show de los sentimientos, los casos concretos...

Llegados a este punto, parece procedente poner por escrito unas breves sugerencias o pistas para la acción que han de ser pensadas, debatidas y aplicadas a cada caso concreto:

• Fomentar la información crítica y contrastada sobre la realidad del Tercer Mundo a través de medios alternativos cuando los masivos o los oficiales no ofrecen garantía o se dejan llevar por la parcialidad, la manipulación o el desenfoque.

• Superar las informaciones sobre hechos extraordinarios y estados de emergencia humanitaria (provocadoras de emociones) para abundar en el conocimiento riguroso (provocador de reflexiones).

• Establecer nexos entre la crítica de la verdad mediática y compromiso personal, de forma que la información y el conocimiento no se agoten en sí mismos, sino que sean motores para la acción concreta y para las bases de compromisos estables.

• Buscar modos espectaculares en las campanas de solidaridad que sean compatibles con los principios y objetivos que animan a las ONGs.

• Proponer a los medios de comunicación reportajes, entrevistas o crónicas de realidades del Tercer Mundo y de los proyectos concretos de las ONGs.

Cotidianizar la multiculturalidad en los medios de comunicación; es decir, que aparezcan las minorías raciales en noticias o reportajes que no traten problemáticas específicas del sector, sino genéricas de todo ciudadano.

• Profundizar hasta establecer nexos causales entre los conflictos del Tercer Mundo y la emigración Sur-Norte, de forma que las dramáticas noticias de los países pobres se aprecien como causa de esa emigración y, al revés, que la situación de los inmigrantes se descriminalice o, mejor aún, se considere no producto de un capricho, sino la búsqueda de unas condiciones de vida dignas.

• Demandar a los medios informaciones y reportajes en orden a una cotidianización de la realidad del Tercer Mundo que supere el catastrofismo y el exotismo.

 

Referencias: 

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