PRIMERAS JORNADAS:

CIUDADANÍA · MULTICULTURALIDAD · INMIGRACIÓN

Emile Shoufani, F. Javier Blázquez Ruiz,
Héctor C. Silveira Gorski, Demetrio Velasco Criado

(Resumen de Ramón Gil)

 

Los días 18 y 19 de enero de 2002 se celebraron en Murcia, organizadas por el Foro I. Ellacuría, la primeras Jornadas sobre Ciudadanía, Multiculturalidad e Inmigración. Junto a las conferencias de los ponentes invitados se desarrollaron diferentes grupos de trabajo (I. Ciudadanía, derechos humanos e inmigración; II. Diferenciación, inferiorización y discriminación; III. Ciudadanía y multiculturalidad). Ofrecemos aquí un resumen de las ponencias.

EMILE SHOUFANI:
JUDÍOS, MUSULMANES Y CRISTIANOS EN ISRAEL.

Emile Shoufani, sacerdote melquita de Nazaret, árabe cristiano y ciudadano del Estado de Israel, en una vibrante conferencia expuso magistralmente su testimonio y compromiso en favor del diálogo y de una convivencia pacífica entre judíos y árabes, cristianos y musulmanes.

Shoufani rechaza las identidades cerradas y opta por hablar de situaciones en las que participa. Participar en el sentido de formar parte de algo humanamente, emocionalmente, religiosamente, espiritualmente. Al analizar su situación se descubre participando en varias realidades culturales y religiosas, habiendo decidido no privilegiar una sola pertenencia o identidad. No ha querido decir "soy solamente cristiano, o católico, o soy árabe, o soy israelí"; sino que ha descubierto que había una gran riqueza en todo ello, de la que podía participar. Afirma ser todo esto, toda esta realidad; y que toda su vida ha sido un serio intento por encontrar la armonía entre todas estas pertenencias, procurando no empujar una identidad concreta hacia el fanatismo. La mayor dificultad se le presenta en la vivencia de su fidelidad a su Estado, Israel, que permanece en una guerra desproporcionada e injusta contra su pueblo palestino.

Como cristiano y como sacerdote manifiesta estar interesado por el hombre y por todo lo humano, no sólo por lo que de él aparece, sino también por todo su potencial. Para poder vivir juntos o crear una vida conjunta es preciso acercarse al otro, conocerlo, participar en su vida y hacerle participar en la nuestra, conocer las fiestas de las otras comunidades y participar en ellas, e invitarles a las nuestras. El método por el que ha optado es el de participar y entender el sufrimiento, y estar siempre del lado de la víctima. Por propia experiencia ha descubierto que lo que puede despertar y unir a la humanidad es el sufrimiento. De su abuela aprendió, en medio de una realidad en la que la atrocidad, el sufrimiento y la muerte estaban presentes a diario, que vale la pena escapar del odio y de la venganza para no ser prisionero del pasado e ir al encuentro del hombre. Cuando se comparte el sufrimiento de las víctimas inocentes, muchas cosas del armazón del hombre caen, para descubrir la realidad de la cara humana.

Shoufani cree profundamente en las virtudes de la democracia y de la no violencia, de ahí su compromiso activo en los programas de educación para la paz en el colegio San José de Nazaret donde trabaja de forma decidida por una verdadera convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. No se niegan ni se ocultan los problemas, pero se parte del convencimiento de que cualquier problema, por complejo que sea, se puede resolver sin violencia, reconociendo al otro, respetándolo y escuchándolo. El principio que alienta la pedagogía de la escuela es la creencia de que el otro, sea cual sea su procedencia, tiene un valor absoluto.

Respecto al conflicto existente entre el Estado de Israel y los Palestinos, E. Shoufani considera que los acontecimientos actuales demuestran que se está dando una vuelta a la ideología de la derecha israelí que intenta imponer la visión de un gran Israel, quedándose con todos los territorios y echando a los palestinos de sus casas. Pero obligar a la gente a irse no es solucionar sino agravar el problema. La solución a dicho conflicto es la de hacer justicia, o por lo menos una cierta justicia, es dar un Estado a los palestinos. Es cierto que será preciso garantizar la seguridad a Israel, pero no a costa de los palestinos.

En medio de una situación que genera tantas víctimas inocentes que pagan con su vida, es preciso reafirmar el compromiso de convivencia y de respeto en la diferencia, de vivir con la gente en diálogo, de conocerla, de respetar toda religión, de vivir con los musulmanes, no con el Islam, de vivir con los judíos, no con el judaísmo, de vivir con la gente la vida cotidiana que puede estar al alcance de todos. Esto es lo que, en su opinión, puede transformar, poco a poco, el encuentro entre las culturas para el enriquecimiento de la humanidad.

FRANCISCO JAVIER BLÁZQUEZ RUIZ:
INFERIORIZACIÓN ÉTNICA, EXCLUSIÓN SOCIAL Y CIUDADANÍA.

La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa manifestaba, ya en 1995, estar profundamente alarmada por el auge del racismo, la xenofobia y la intolerancia. En el año 2002 el reto del fenómeno de la inmigración, el reto de la integración, sigue vivo, pues la experiencia nos muestra realidades de exclusión social ante las cuales el principio de tolerancia y el principio de igualdad se erigen como ejes, como claves, para hacerles frente y para desarrollar unas sociedades realmente democráticas.

Las identidades nacionalistas, a veces excluyentes, establecen la dialéctica del nosotros-ellos, y consideran que ellos pueden agredir y alterar nuestra identidad, ese proyecto político que no se corresponde con una lectura seria y crítica de la historia real, sino sublimada y en gran parte inventada interesadamente.

El cultivo de la tolerancia, a juicio de F.J. Blázquez, nos aleja de la tentación y proximidad de la irracionalidad, así como de la discriminación y de la barbarie. Tolerancia significa apertura, flexibilidad y, por consiguiente, libertad y universalidad. Ceder un solo palmo a la intolerancia es convertirse en cómplice de los enemigos más siniestros de la dignidad humana. La intolerancia encubre actitudes inflexibles, rígidas y cerradas al diálogo, huyendo del análisis y de la reflexión.

Por otra parte es preciso advertir que la igualdad es el valor supremo de una convivencia armónica y ordenada. En última instancia, la igualdad reivindica inequívocamente la dignidad radical e indivisible de la persona. La dignidad se inscribe y hunde sus raíces en un horizonte moral abierto sin limitación alguna a la universalidad.

El sueño de quienes no practican los principios mencionados sería concebir, diseñar y construir una Europa cerrada, como si se tratase de una ciudad amurallada y hostil para los extranjeros, olvidando que la historia de la humanidad no es otra cosa, precisamente, que la historia de movimientos y migraciones permanentes tanto en nuestro país como en el resto de Europa. En la actualidad el Sur está devolviendo la visita al Norte. Las barreras contra la emigración no son únicamente de carácter físico. Hay otras fronteras que son promovidas y establecidas por quienes desde el ámbito político, social y económico disponen de medios y poder suficientes para ejercerlos en su propio beneficio.

En el ámbito de la convivencia la lógica de la diferenciación es realmente peligrosa pues genera y alimenta dinámicas y estrategias que favorecen el racismo, la xenofobia y el abuso reiterado de los efectos perversos de la manipulación e instrumentalización del lenguaje. En nuestras sociedades existen mecanismos estructurales de carácter jurídico, social, económico, político, de género, etc. y formas culturales arraigadas que impiden a sectores de la población el disfrute real de la condición de ciudadanía plena. Esto se muestra de modo especialmente dramático para los inmigrantes y para las minorías étnicas como los gitanos. Tengan o no papeles, se ven reducidos a no personas, siendo percibidos como amenaza cultural o como mercancía supeditada a intereses nacionales y no como personas sujetos de derechos.

¿Qué cabe hacer? ¿Cómo podemos afrontar, interpelar e intentar desactivar estos complejos mecanismos? Será preciso, en primer lugar, ser conscientes de la realidad actual de las migraciones, de su etiología, motivación y entorno. Además se hace del todo necesario promover objetivos y programas orientados a la integración e inserción en el terreno laboral y social de los afectados, fomentando, al mismo tiempo, programas de educación, sensibilización y concienciación en torno a una convivencia apoyada en valores tales como igualdad, pluralidad, tolerancia, solidaridad y compromiso. Se trata, por consiguiente, de invertir en una cultura y educación que fomente el principio de la solidaridad como ejercicio de responsabilidad moral, abierta, comprometida, no restringida al ámbito individual o intereses de grupo, sino proyectada a una dimensión inequívocamente universal.

No conviene olvidar que ser solidario es sencillamente una determinada manera de ser, de entender la humanidad así como las relaciones de igualdad y justicia entre los hombres. Es también un modo de sentir y reconocer la dignidad humana como valor universal. Pero además, ser solidario es igualmente una forma de estar, es decir de actuar, de comportarse, compartiendo con quienes más lo necesitan. Sería preciso, finalmente, recuperar una mínima sensibilidad que nos haga ser conscientes de nuestro grado de responsabilidad, ya sea por acción o por omisión, y que nos libere, al mismo tiempo, de nuestra apatía y pasividad, que nos hace sentirnos indiferentes ante las desgracias y sufrimientos ajenos.

En este contexto, las migraciones no hemos de verlas como un problema, sino como un reto y una oportunidad. No podemos ignorar que debido al envejecimiento y al escaso crecimiento demográfico, Europa precisa no sólo planes y proyectos de convergencia política, así como de adecuación económica y legal-administrativa. Necesita también proveerse y disponer de energía y sangre nueva para impulsar los procesos de crecimiento y desarrollo, al tiempo que asegura su propia continuidad y supervivencia. Las respuestas a este reto deberán venir no desde nuestra inhibición, sino desde nuestra solidaridad y compromiso, desde nuestra responsabilidad ciudadana.

HÉCTOR C. SILVEIRA GORSKI:
DEMOCRACIA, MULTICULTURALIDAD Y EXTRANJERÍA.

El profesor Silveira establece dos partes en su conferencia. En la primera expone los principales obstáculos que tienen que superar los inmigrantes que quieren acceder a nuestra comunidad. En la segunda plantea el tema de la convivencia en común. La tesis de fondo que defiende es la de que en un mundo en el que las migraciones se han hecho estructurales, un fenómeno permanente, las ciudades o comunidades políticas no tienen más remedio que permanecer abiertas, para incluir a esas personas en su interior. Si estas ciudades quieren alcanzar una vida en común, una convivencia democrática, tienen que establecer mecanismos sociales y políticos para integrar a esos miembros en el seno de la comunidad.

El conferenciante se pregunta si existe un derecho fundamental de la persona a la inmigración. A su juicio, tanto en la Declaración de los Derechos Humanos como en la Constitución está reconocido el derecho a emigrar, pero la interpretación que se suele hacer es la del derecho a salir de un determinado territorio. El derecho a inmigrar no está suficientemente garantizado. Pero si se reconoce el derecho a emigrar, se debe reconocer también el derecho a inmigrar, pues a algún sitio tendrá que ir la persona. Para que exista ese derecho fundamental de la inmigración como un derecho de la persona y no de los ciudadanos, los Estados deberían reconocer el derecho de libre circulación y de residencia como derechos universales de la persona.

Para Héctor C. Silveira, desde un punto de vista moral, tenemos la obligación de mantener las fronteras abiertas y, a la hora de plantearnos las políticas migratorias, hemos de ser capaces de ponernos en la posición del otro, rechazando aquellos argumentos que dan prioridad a los intereses de la sociedad receptora. El día de mañana nos podemos ver nosotros en esa situación, y por ello nos deberíamos preguntar cómo nos gustaría que se nos tratase en tales circunstancias. Esto no quiere decir que se defienda una política laxista para que pueda entrar todo el mundo. Habrá que tener en cuenta no sólo las necesidades e intereses de la persona que solicita el acceso, sino también las características y rasgos de la sociedad receptora, los límites de recursos económicos y materiales para acoger a las personas en su seno como ciudadanos de pleno derecho. El límite de apertura estaría en que la inmigración no debe poner en cuestión la reproducción del orden social, económica y materialmente, pues ninguna comunidad puede tomar decisiones que le lleven a su propia destrucción.

Las sociedades receptoras tienen que plantearse, además, cómo integrar en su seno con plenitud de derechos a las personas que llevan cierto tiempo viviendo en ellas. La ciudadanía en los países europeos sigue estando determinada por el principio de territorialidad y por el principio de nacionalidad, por lo que, hoy por hoy, es una categoría excluyente. La ciudadanía, a su juicio, debería ser desnacionalizada y desterritorializada. Bastaría con que el extranjero residente llevara dos años residiendo en una comunidad, de forma continuada, y que cumpliera con los deberes básicos de todo ciudadano.

¿Integrar a partir de la identidad o a partir de la participación? En este debate abierto, el profesor Silveira apuesta por la segunda opción. En su opinión, en un estado democrático de derecho deben existir normas jurídicas que impidan que cualquier persona pueda ser discriminada o excluida. Todos los habitantes, sean autóctonos o extranjeros, han de poder encontrar igual protección y respeto en un triple sentido: a) como individuos incanjeables, como personas; b) en cuanto miembros de un determinado grupo étnico o cultural; c) tienen que existir los derechos y las garantías jurídicas que los protejan como para ser ciudadanos, miembros de pleno derecho de la comunidad política.

Pero además de leyes necesitamos, unos y otros, superar las desconfianzas y los prejuicios recíprocos. Si nos seguimos viendo como adversarios, como oponentes, difícilmente podremos llegar a acuerdos comunes. Hemos de poder llegar a acuerdos sobre cuáles van a ser los principios éticos y políticos que van a regir en nuestra comunidad; y si la dialéctica que se establece es la del enfrentamiento va a ser imposible el entendimiento. Porque vivimos en una sociedad de desiguales es preciso llegar a acuerdos de cómo deben redistribuirse los recursos. Las instituciones públicas deben hacer una triple labor: que las personas puedan adquirir una buena educación, que la red sanitaria pública garantice la salud de todos y desarrollar programas que protejan a las personas de las contingencias del mercado. Es importante, sobre todo, que las administraciones locales incentiven el aprendizaje del oficio de ciudadano impulsando procesos de mayor participación e implicación en la resolución y en la toma de decisiones en los asuntos generales y comunes. En definitiva, es necesario un nuevo concepto de ciudadanía para abordar la convivencia en la diversidad, en una sociedad multicultural, de lo contrario seguiremos viviendo en ámbitos en los que falta la comunicación y la interrelación entre los distintos grupos.

DEMETRIO VELASCO CRIADO:
CIUDADANÍA UNIVERSAL Y FRONTERAS ESTATALES.

Las estructuras jurídico-políticas que han servido, hasta finales del siglo XX, para organizar la convivencia humana, como el Estado-nación y la ciudadanía, vinculada a la nacionalidad, a juicio del profesor Velasco, se ven desbordadas por las nuevas dimensiones espacio-temporales del actual proceso de globalización y de los fenómenos de particularismo excluyente a él asociados, como los fundamentalismos o nacionalismos etnoculturales. Esto pone de manifiesto la necesidad de crear nuevas formas de organizar las relaciones entre los seres humanos, tanto individual como colectivamente, en clave más universalista y menos excluyente. Nos encontramos, por tanto, ante una gran oportunidad histórica de poder pensar y configurar nuestro mundo recreando una ciudadanía cosmopolita. Para ello hemos de aprender a entender que la diferencia de una inmensa mayoría de seres humanos se ha gestado en una biografía escrita desde la exclusión y la injusticia. Hay que saber mirar al pasado y ejercitar la memoria passionis que nos hace responsables de una historia de injusticia en la que una minoría hemos sido los beneficiarios netos.

Conviene ser cautelosos, piensa el conferenciante, ante la acusación que se hace al cosmopolitismo, como proyecto democrático universalizador, de desarraigar a los individuos de sus patrias concretas y de transportarlos a un mundo abstracto y monocolor, carente de calor humano. Quienes acusan al cosmopolitismo de carecer de la pasión y de la intensidad del particularismo, de desacralizar la pertenencia al propio país, olvidan que el ideal cosmopolita puede ser una aventura tejida de experiencias de mestizaje, de descubrimiento de lo plural, de relativización del propio color, de la bandera, del credo, y todo ello para encontrar la humanidad de los seres humanos.

Superar hoy los límites del patriotismo liberal pasa por desterrar la lógica del nacionalismo que afirma unos imperativos de pertenencia, para los que la ciudadanía es el perfecto instrumento de cierre y de exclusión social. En este sentido cabe decir que las normativas de carácter reactivo y excluyente de las políticas de inmigración que, como la española, se mueven entre la aplicación de una legalidad restrictiva y de una ilegalidad obligadamente consentida, rezuman un talante racista y excluyente a la vez. Parece que la única forma de contrarrestar los efectos del modelo neoliberal, ahora hegemónico, es el crear una nueva esfera social, jurídica y política, que trascienda, integrándolos, los ámbitos local, nacional, regional e internacional. Hablamos de una sociedad civil transnacional y de un nuevo orden jurídico y político capaz de regular el actual proceso de globalización.

Se trata de posibilitar que todo el mundo participe y tenga algo que decir en lo que atañe a su propia vida, especialmente en lo referido a sus necesidades y derechos básicos, que deberán ser contemplados en todos los contextos, por muy diferentes que estos sean. Para construir una sociedad civil transnacional y un orden jurídico-político capaz de garantizar los objetivos democráticos que ésta debe perseguir es imprescindible que cambiemos de mentalidad y que pongamos un serio esfuerzo en la construcción de un imaginario cosmopolita. Deberemos comenzar por sentirnos solidarios de una historia común, que nos hace cada vez más interdependientes. Solidaridad, que no lo será adecuadamente si no es, a la vez, compasión, reconocimiento y solidaridad con todos y cada uno de los seres humanos concretos, a quienes consideramos nuestros iguales, merecedores de justicia social y sujetos de derechos.

Construir un imaginario integrador pasa por aprender a imaginarnos y a pensar en los otros de otra manera. Aprender a mirar a todos los seres humanos como a nuestros conciudadanos e incluso familiares, para poder hacer que logren vivir como nos gusta que vivan estos últimos, es un laborioso proceso de cambio de mentalidad y de actitudes. Exige, afirma Demetrio Velasco, una verdadera conversión. Hay que aprender a considerar que las fronteras (nacionalidad, etnia, clase) que son políticamente relevantes, son moralmente irrelevantes. En definitiva, tenemos que adquirir progresivamente una cierta capacidad y un alto grado de sensibilidad para reconocer y responder a lo humano, por encima y más allá de los dictados de la nación, de la religión e incluso de la familia. Solidarizarnos con las víctimas del totalitarismo, aquí y ahora, es para cada uno de nosotros un reto inaplazable que pone a prueba nuestra condición moral básica de seres humanos. Solamente persiguiendo este ideal de solidaridad universalista, en un mundo interdependiente, es como podremos ir construyendo una ciudadanía democrática que no se convierta en fórmula de cierre y de exclusión social, una ciudadanía multidimensional que permita ser, a la vez, ciudadano nacional, regional y global en el seno de una sociedad civil participativa y abierta, que sea capaz de controlar tanto la lógica del globalismo como la de los particularismos.