Juan León Herrero Pérez

Kosovo: el conflicto y los refugiados

  

El previsible final de los bombardeos de Yugoslavia por la OTAN y el regreso de los prófugos albanokosovares a su castigada región no nos exime, ni mucho menos, de la responsabilidad de analizar la realidad de lo sucedido, huyendo del vergonzoso triunfalismo exhibido de forma engañosa y astuta por todos los interesados en el conflicto desde su origen; más bien, al contrario, la ocultación de la verdad y el desprecio por un auténtico debate, que sacara al dominio público intereses ocultos y mostrara la posibilidad de otras soluciones, en lugar de la hábil y despreciable demonización operada en torno al problema serbio, presentándolo como el falso dilema "o estás con Milosevic y su campaña de limpieza étnica, o estás con la OTAN y sus bombardeos", exigen un análisis serio y una crítica implacable (pues el precio son vidas humanas inocentes), no sólo del comportamiento serbio en Kosovo (bien conocido, documentado y publicado, injustificable y necesariamente combatible), sino también de la cobardía y el cinismo de Occidente, y en particular de su brazo armado, la OTAN (comportamiento no tan conocido, documentable pero silenciado, justificado y bendecido unánimemente por los señores del mundo e igualmente necesitado de ser combatido). La falsa alternativa presentada, con la connivencia de todos, ha logrado plenamente su objetivo: confundir a la ciudadanía logrando la casi unánime aprobación de la opinión pública occidental; más aún, ha logrado manipular la conciencia ciudadana, ofreciéndole la falsa imagen de una guerra no querida pero inevitable, llevada a cabo por una OTAN humanitaria y justiciera, de la cual hemos de sentirnos solidarios y orgullosos, ya que su única pretensión era defender la causa del débil y oponerse al imperio de la tiranía. Sin embargo, tal discurso hace aguas ya desde el principio: ¿acaso no ha sido la actuación de la OTAN un modelo de comportamiento tiránico y despiadado? ¿por qué nunca ha defendido ni se plantea siquiera defender a otros "débiles" y víctimas más numerosos y más necesitados (kurdos, tibetanos, camboyanos, palestinos, hutus inocentes,...)? ¿cómo no reflexionó para comprender lo evidente, anunciado por los mismos observadores de la OSCE previamente: que sus ataques empeorarían las represalias y las potenciarían? Incluso desde el punto de vista militar las dudas (que se acallaron rápidamente) eran claras: si la situación era de tal urgencia y el riesgo de aniquilación de centenares de miles de personas tan extremo, ¿cómo se consintió en tomarse los bombardeos con tanta calma, en lugar de haber comenzado la invasión terrestre a los pocos días? ¿el riesgo de los miles de inocentes cuenta menos que el de un solo soldado occidental? ¿dónde quedan, en ese caso, los tan cacareados motivos éticos?

No. La OTAN en su conjunto y Estados Unidos en particular, solamente buscaba una guerra victoriosa para así justificar su existencia. Y una victoria en una guerra "no invasiva", una guerra que no hubiera surgido como un afán imperialista de ocupación y dominio, sino, al contrario, desencadenada en defensa de la dignidad humana y contra el imperialismo y la tiranía del poder (del poder ajeno, se entiende). De este modo, la OTAN no sólo lograba justificar su existencia en entredicho, sino, además, prestigiarse como la única posibilidad actual de defensa de la dignidad humana y la justicia, ambas comprendidas en los términos en que lo hace Occidente y su mercantilismo. 

El trasfondo 

En el trasfondo del ataque de la OTAN a Yugoslavia, con cuyas razones públicas nos han bombardeado insistentemente (era una ofensiva paralela: la de la información, aparentemente tan aséptica), había muchas cosas a dilucidar. Brevemente, algunas:

a) El afán hegemónico del pueblo serbio tras la desmembración de la República Yugoslava hay que considerarlo, sin ninguna duda, como el más importante (pero no el único) de los factores determinantes de los problemas en la ex-Yugoslavia desde la década de los 80, acentuados tras la independencia de Eslovenia, Croacia y Macedonia (1991), y que condujeron a la guerra de Bosnia. Como afirma Carlos Taibo, es público y notorio desde 1986 un discurso nacionalista agresivo por parte de los dirigentes serbios, capitaneados por Milosevic, cuyo objetivo principal era preservar los privilegios adquiridos. A ello se añade una concepción victimista de la historia, con particular referencia a la invasión nazi. Tal victimismo les llevaba a postular que Yugoslavia se había construido en detrimento de Serbia y, con ello, el sueño de la "Gran Serbia" se introducía demagógicamente.

b) El equilibrio en los Balcanes ha sido y es complejísimo, dado el cruce de etnias, culturas, religiones, nacionalismos y pactos militares y políticos a lo largo de la historia. Tal y como se ha afirmado, en los complejísimos Balcanes no puede actuarse con ideas simples y tal ha sido el modo de actuación de la OTAN, despreciando el papel de la ONU (atenta desde hacía tiempo al problema de Kosovo, sobre el que ya emitió resoluciones durante el 98), sustituyendo a los observadores de la OSCE (cuya presencia, aunque obstaculizada y arriesgada, impedía la impunidad y actuaba de freno) por los bombardeos sistemáticos e ignorando la importancia de Rusia en las gestiones diplomáticas (importancia que, tras los bombardeos ha tenido que aceptar, ¿por qué no antes?), con lo que el fracaso de Rambouillet estaba cantado, pues se presentó como un ultimátum en términos inaceptables para Yugoslavia.

c) Consecuentemente, el ataque de la OTAN (me resisto a llamarle guerra) no era inevitable y solamente muestra la incomprensible ceguera del consorcio económico-militarista occidental o, según los más mal pensados, la maquiavélica política de la OTAN, comandada por EEUU, con respecto a Yugoslavia y a Milosevic, tal como lo fue en otro tiempo respecto a Iran e Irak o a Uganda y al ex-Zaire, por poner algún ejemplo. Lo que sí era previsible es que el inicio de una campaña militar desencadenaría una represión mucho mayor e iba a empeorar la situación de los albanokosovares, sobre todo cuando se actuaba coqueteando con los guerrilleros de la UÇK, y naturalmente que las matanzas se multiplicarían en los dos meses de conflicto. Se habló también de un imperativo ético insoslayable, ¿pero qué imperativo ético puede justificar la destrucción y la muerte de otros inocentes calificándola, cínicamente, de efectos colaterales? No nos engañemos, USA y la OTAN querían someter a Milosevic a un castigo ejemplar no por su activismo genocida, conocido y consentido desde hace muchos años (Tribunal de La Haya), sino por su carácter altivo al no aceptar su supremacía y sus imposiciones. No ha sido una Cruzada por la Justicia y la Dignidad Humana, sino una operación de castigo. ¿Qué justicia se defiende y a qué etica se apela cuando esos mismos dirigentes ignoran al resto de pueblos masacrados en otros lugares, cuando cierran sus fronteras a inmigrantes o los expulsan violentamente, cuando explotan sistemáticamente las riquezas de los países pobres y los machacan económicamente dejándolos en la bancarrota, cuando hacen embargos tan efectivos en ciertos lugares que los niños mueren a millares y nunca llegan a realizarlos en otros? En cuanto consigue uno alejarse del discurso oficial y ampliar la atosigante perspectiva impuesta, la lógica y la ética occidentales (OTAN, FMI, ...) empiezan a llenarse de contradicciones. 

Balance y reservas 

El inventario publicado de dos meses de campaña aérea contra Yugoslavia es bien conocido: destrucción de un país, al que se ha hecho retroceder decenios, muerte de inocentes ("errores") en número no determinado, aumento de la violencia serbia en Kosovo y del número de refugiados albanokosovares, que colapsó los países vecinos, y la eficacia y hegemonía de la tecnología militar americana. Habría que inventariar también lo no publicado: la imposición de la fuerza (y no el pretendido liderazgo moral), la manipulación o relegación del resto de instituciones internacionales (manda la OTAN con su jefe –EEUU – a la cabeza) y el servilismo europeo, el hermanamiento poder-capital, economía-guerra, el campo de pruebas que ha supuesto y la salida de stocks bélicos que ha permitido y el pretexto para asestar un golpe durísimo a cualquier pretensión de propuesta pacifista.

Sin embargo, la actuación de la OTAN no ha resuelto los problemas, sino que más bien ha conseguido enquistarlos, y todo ello al precio de no haber eliminado tampoco el sufrimiento de un colectivo humano que se había comprometido en 1991 a primar la vía de la paz y la resistencia activa no violenta. Para iniciar los ataques se alegó la triste experiencia de Bosnia y, sin embargo el resultado final está siendo el mismo: una partición, de hecho, del territorio en función de la población que lo ocupa. El fracaso global, por mucho que se pretenda ocultar y eludir la cuestión, es notorio y el precio pagado todavía lo hace más inaceptable. 

En resumen 

En Kosovo, y por extensión en Yugoslavia, ni ha habido guerra antes (del 23 de marzo a principios de junio), ni hay paz ahora. Ni el cobarde ataque de la OTAN ha sido una guerra, ni la forzosa capitulación de un tirano puede denominarse paz. Los dos meses de bombardeos han significado el triunfo de la fuerza bruta y, por muchos argumentos humanitarios que se pretendan, la consagración de la barbarie y la imposición de la ley del más fuerte como único árbitro reconocido por nuestro civilizado mundo occidental. Como corolario de ello, ha pretendido dejar patente con la fuerza de las armas los siguientes mensajes: la prepotencia estadounidense, la connivencia de todo Occidente y su servilismo respecto al ídolo americano, la irrelevancia de la ONU cuando no se somete a los intereses occidentales (es decir, su certificado de defunción como ONU) y, por encima de todo, el desprecio al débil (las únicas víctimas) y la derrota del pacifismo. El 23 de marzo de 1999 marca, tristemente, el orden mundial que Occidente ha decidido para entrar en el nuevo milenio: el de la solidaridad... para la guerra (la mayor virtud, pregonan, ha sido la invencible cohesión de todos los países contra Milosevic), el de la globalización del mercado... de las armas (los stocks se han podido vaciar al fin, la industria armamentística ha dispuesto de un ensayo con fuego real y, de Clinton a Solana, todos insisten ahora en la necesidad de elevar los presupuestos de Defensa) y, en definitiva, el del desprecio de todo lo humano, eso sí, disfrazándolo hábil, demagógica y arrogantemente con la hipocresía de falsos dilemas y sofismas, a cuya lógica parecía difícil sustraerse, presentando la opción violenta de la OTAN como el único auténtico, real y sincero pacifismo. La contradicción salta a la vista, pues el precio pagado por la capitulación del tirano no puede silenciarse: muerte, destrucción, efectos colaterales (¡qué cinismo!), exacerbación del odio, etc. y las consecuencias de lo que se presenta como la gran victoria de la solidaridad aliada ya las estamos viendo.

Desde la perspectiva de los refugiados albanokosovares es muy discutible pensar que dos meses de bombardeos han conseguido más que dos meses de negociaciones sinceras, si se hubiese aceptado el protagonismo de la ONU, el papel de Rusia y la resistencia pacífica del pueblo kosovar desde el año 91, en lugar de limitarse a presentar un ultimátum, que se sabía inaceptable, conculcar el derecho internacional, comprar la voluntad rusa con concesiones económicas y alentar antes a la guerrilla violenta que al movimiento ciudadano no violento. Milosevic ha jugado a la perfección el papel de "enemigo útil", el que necesitaba Occidente para canalizar militarmente su agresividad política y económica, maquillando así su máquina destructiva con los calificativos de humanitaria, solidaria, filantrópica y ejemplar, es decir, todo un modelo de bondad. Como en tantas otras guerras, previamente se ha alimentado al monstruo y se le ha ayudado a crecer (¿nadie se acordaba de la connivencia con Karazic, de la represión en Kosovo desde hace un decenio, del embargo en los años de Bosnia, cuando se le aceptó como garante de los acuerdos de Dayton?) y luego se le ha pretendido aniquilar, porque ya se nos escapaba de las manos.

En definitiva, ni por el precio pagado ni por los logros conseguidos, la comunidad occidental puede sentirse orgullosa y sastisfecha del fatídico 23 de marzo último, porque lo único cierto es que, una vez más, ha triunfado la fuerza bruta y el dinero, el imperialismo y la apisonadora del poder. Y, por encima de todo, con la deliberada voluntad de confundir a los ciudadanos e ignorar toda alternativa, se ha silenciado, acallado y ridiculizado a los movimientos pacifistas. Esa ha sido la auténtica guerra, pues la de Yugoslavia sólo ha consistido en un ataque despiadado (limpio), y en esa guerra la OTAN ha vencido no a Milosevic, sino a la humanidad.