EXCLUSIÓN SOCIAL: PERSONAS SIN HOGAR E INFRAVIVIENDA

Manuel Castro

Plataforma contra la exclusión social - Murcia

 

Los días 14 y 15 del pasado mes de enero tuvieron lugar las "Primeras jornadas de exclusión social" dedicadas a los problemas de las personas sin hogar y la infravivienda. Las jornadas contaron con la presencia de dos ponentes que trabajan en torno al mundo de la exclusión desde perspectivas muy diferentes aunque coincidentes en el diagnóstico y las maneras en las que deberíamos actuar frente al drama de la exclusión. Pedro Meca, trabajador social, animador del centro "La Moquette" en París, autor de "Contrabandistas de la esperanza" y "La vida de la noche", nos habló desde el contacto directo con las gentes y realidades cotidianas de la calle, no tan diferentes como nos muestra la imagen falseada que nos llega de ellas.

Pedro José Cabrera, sociólogo, investigador del mundo de la exclusión, corresponsal para España de la FEANTSA, observatorio europeo para las personas sin hogar, y buen conocedor del campo del trabajo social, pues fue director de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Pontificia de Comillas, nos situó en el problema de la exclusión desde una perspectiva global, histórica y actual desvelándonos las tendencias y procesos que están haciendo de la exclusión una realidad cada vez mas extendida e inhumana.

Las jornadas se completaron con una mesa redonda en la que intervinieron representantes de los distintos partidos políticos junto con representantes de la sociedad civil y con la presentación, a cargo de la Plataforma contra la exclusión social, de las conclusiones del seminario "Exclusión social en Murcia" realizado en los meses de noviembre y diciembre y que se recoge en este mismo Informe. A continuación ofrecemos de modo resumido y conservando el tono oral de las ponencias el contenido de las mismas.

EXCLUIDOS DEL HOGAR: ROMPER GUETOS: Pedro Meca.

No me gusta el término exclusión. Yo creo que no existe. Existen exclusiones: de piso, de trabajo, de lugares donde curarse,… No existe la exclusión, nadie es excluido o todos somos excluidos.

Frecuentemente la expresión "sin techo" se asocia a sin casa, sin cama, sin aseo, sin dinero, sin compañía, sin protección, la suma… es decir definimos en función de las carencias. Por el contrario a las personas que tenemos techo, con hogar, con familia, se nos atribuye… cosas positivas. Pensamos en cosas positivas por el hecho de tener casa. Esa es nuestra mirada.

¿Y que cabe que hacer con los que no tiene techo?… buscarle alojamiento, comida, vestido… Pero esto no es siempre así. Muchos tienen trabajo. En París casi el 35 por ciento de la gente que está en la calle trabaja, aunque no tenga suficiente para poder alquilar. Tienen familia, a veces varias, algo de dinero, son consumidores como nosotros aunque no les toleramos algunos consumos a los que nosotros sí tenemos derecho (que coman sí, pero sin vino)

La sociedad está dividida entre los que dan y los que lo que reciben. Si los que reciben son los excluidos, los que dan ¿no serán los excluyentes? Mientras mantengamos esta relación estamos haciendo una sociedad dual. Los pobres pueden aportar mucho a nuestra sociedad. Las personas que trabajan con ellos dicen que reciben mucho de su parte, aunque a veces no sepan concretar el qué.

Pero ¿qué nos pueden dar si no tienen nada? Casi siempre desconocemos o minusvaloramos lo que son capaces de dar ¿Quién no necesita algo? Cariño, amistad, amor,… La gente en las grandes ciudades cada vez se habla menos. Estamos en una dinámica donde el ideal es la independencia. Esto es monstruoso, todos dependemos de alguien. Es importante ver que todos necesitamos de todos. En eso está todo, en encontrar un tipo de relación que se establezca en términos de igualdad. Si no entendemos esto nunca entenderemos el mundo de la exclusión.

Creo que hay que pensar sobre lo que recibimos de ellos y agradecérselo. Es una forma de reconocer lo que aportan ya que la mejor forma de reinsertar es decir a alguien que existe y que cuenta. Esto rompe con la dinámica del poder, donde la mano que da está siempre por encima de la que recibe.

Nos cuesta entender la realidad de la gente de la calle ya que su perspectiva es diferente de la nuestra, sus reacciones también. Hay gente que cuando ve a un mendigo pidiendo en la puerta de una iglesia dice: ¡son unos vagos! ¿Por qué no trabajan? Una vez propuse a alguien que estuviera de pié, pidiendo en la puerta de una iglesia. Aguantó 3 horas. Es muy duro. Lo que para nosotros son molestias puntuales para ellos es lo cotidiano. A veces todo esto provoca reacciones que nos cuesta comprender, pero lo que sí es difícil de entender es la paciencia del mundo de la calle

La actitud de exclusión es patrimonio de todas las personas. No hay que luchar contra la exclusión, sino contra los excluyentes.

La noche

La noche es una ruptura con lo cotidiano. El mundo de la noche es un mundo más plural, tiene sus normas pero son otras normas. La noche es muy importante. La gente piensa en noche cuando ha terminado sus obligaciones, sus tareas... no pensamos que empieza la noche cuando nos vamos a dormir. Necesitamos un tiempo para no dormir, para comunicarnos, para relacionarnos, también para desarrollar nuestra afectividad y nuestra sexualidad. Construimos nuestra personalidad de noche, de día cumplimos una función social: de padre, trabajador, estudiante... de noche tenemos el espacio para realizar las cosas que más nos satisfacen y nos desarrollan, para soñar despiertos.

A la gente de la calle la metemos en albergues a dormir. Se separa a las parejas, se les niega la sexualidad, se les niega la afectividad, se les niega el espacio a la intimidad con otros y consigo mismas. Tampoco tienen un espacio propio: su casa es su bolso. Una mujer que conozco quiso regalar un cuadro a una persona sin hogar. Estuvo charlando con él el día anterior sobre pintura hasta el punto olvidar que era un "sin techo". No se les puede hacer un regalo. No tienen un espacio donde recibir, donde acoger. Estando condenado a vivir en la calle se pierde el sentido de acogida.

No nos damos cuenta de lo que significa vivir en la calle: Si queréis saber lo que supone vivir en la calle no os quitéis los zapatos en varios días: veréis como se os queda la cabeza. No hay zapatos para ellos, porque los pies se hinchan, se deshinchan,... ni ropa... La dentadura, muy deteriorada, les impide comer muchos alimentos… Estas son las condiciones en las que viven. Cuando no dispones de las cosas más elementales todo se pone cuesta arriba.

Las soluciones

¿Qué podemos hacer para solucionar estas situaciones? Lo primero es conocer. Aquí no se conoce porque no se quiere conocer. Se habla mucho de los sin techo pero no se cuenta como viven.

Lo único que nuestra sociedad propone como solución es el trabajo. Esto no es siempre posible, ni tampoco necesario. No somos conscientes de que muchos de ellos no van a poder. A menudo no reúnen ya las condiciones físicas, además la mayoría tiene una escasa cualificación, es gente sin cultura, con poca capacidad de integración en el mundo laboral.

Por otro lado, la tendencia de la historia es que cada vez se trabaje menos, porque no es necesario. Aquí subyace una ideología religiosa que bendice el trabajo y el sufrimiento. Hoy la verdadera carta de identidad la da la nómina. Eres lo que ganas. Cuando no tienes nómina no puedes hacer nada: el que pierde el trabajo deja de existir. Esto es lo que pasa a la gente de la calle. Sin embargo son muy capaces de aportar cosas. Hay sitios donde dicen que hay que servirles,... pero ¿por qué no pueden hacerlo ellos? ¿Qué haríamos entonces los voluntarios? ... pues sentarnos y que nos sirvan.

Un ejemplo de esto. Se nos ocurrió hacer que fueran padrinos de niños de la calle en otras partes. Hemos organizado que sean padrinos de niños de Kabul. Una vez al mes tenemos una reunión de solidaridad para ver qué hacemos, recogemos dinero en común, les mandamos cartas y los niños se sorprenden de que en Europa haya gente en la calle. En las reuniones que tenemos descubrimos que esto les recupera la autoestima porque no han podido ocuparse de su familia.

Lo que ocurre es que no toleramos que nos den y depender de ellos. Una de las personas "con techo" que viene a "La Moquette" me contó un día que se había encontrado con un conocido que terminaba de "trabajar" pidiendo en la puerta de una iglesia. Como el día le había ido muy bien le propuso invitarle a cenar, oferta que la primera rechazó pues pensó que éste necesitaría el dinero para otras cosas. Aceptar que te inviten es admitir una igualdad. Les servimos pero no sabemos ponernos a su altura porque los vemos sólo como "sin" y no como otra persona igual que nosotros mismos. Me parece fundamental que hagamos un esfuerzo para ver en el otro a otro como yo, o incluso mejor.

"La Moquette"

Todos necesitamos un sitio donde poder dormir pero sobre todo necesitamos un sitio donde podamos despertar. Antes cerrábamos a las 5, la gente no dormía y entonces dormía de día. Ahora cerramos "La Moquette" a las 12, porque la tenemos abierta para que la gente, con y sin techo se mezcle, para establecer relaciones, no para dormir... Hay que romper guetos, no mejorarlos. Lo importante es crear espacios donde la gente se encuentre y punto, porque todos somos ciudadanos.

La gente que acude a "La moquette" al principio viene a contar sus miserias. Su tarjeta de presentación son sus miserias, porque el trabajador social esta para escuchar miserias. Si un día llegara alguien diciendo que está muy bien no se le prestaría atención. Somos incapaces de escuchar la felicidad de alguien. Lo que nos interesa es su sufrimiento, los identificamos en función de su sufrimiento.

Nuestra actividad es de tipo cultural. Por ejemplo, tenemos un taller para aprender a ver la televisión, talleres de escritura. La puerta está abierta para todo el mundo. Aunque no tenemos demasiado espacio se realizan actividades y conferencias, nos visitan personas célebres: un boxeador famoso, el seleccionador de fútbol… Tenemos sesiones de cine previas a estreno, donde vienen realizadores a comentarlas. También una vez al mes viene un periodista a comentar las noticias más importantes y también acontecimientos importantes que han sucedido y que si embargo no han sido noticia. Hacemos celebraciones de cumpleaños, la gente se apunta y les preguntamos qué pastel y qué música quiere que le pongamos. Esto es importante porque el pastel siempre habla de la infancia.

Hemos creado un colectivo que se llama "Los muertos en la calle" porque había gente que moría en la calle y nadie las reclamaba. Hemos llegado a un acuerdo con el Ayuntamiento: nos pasan la lista de la gente que ha muerto en la calle (y también en casas u hospitales) y que nadie reclama (este año unos 60 en París). La gente de la calle acompaña también a la gente que no ha muerto en la calle y por las que nadie se interesa. Aquí se ve como la gente de la calle aporta a la sociedad cosas que no aporta nadie. Nos damos cuenta que las actitudes excluyentes son patrimonio de toda la sociedad. Así conocemos cuanta gente muere. Así vemos a través de su muerte como era su vida. Muchos mueren solos. Le encendemos una vela, hacemos un taller de escritura y los textos se leen en la celebración ya sea civil o religiosa. A veces no sabemos si vamos a terminar la celebración porque se habla y hay mucha tensión.

ARROJADOS A LA CALLE. Pedro Cabrera.

Arrojados a la calle en un mundo desigual.

La gente no está en la calle porque quiere sino porque ha visto su vida sometida a fuerzas que la han llevado a donde no querían estar. La calle es mala, entre otras cosas, porque la calle mata. En la calle no se puede vivir una vida que se pueda calificar de humana. Nadie elige vivir en la calle: esto rompe con la fantasía que nos hacemos muchas veces de que la gente vive en la calle porque quiere.

Lo primero que nos encontramos cuando nos disponemos a estudiar el fenómeno del "sinhogarismo" en España es que no tenemos datos. Contamos apenas con indicios, a veces burdos, de puntos dispersos de nuestra geografía. No existe por tanto ninguna investigación oficial sobre las personas sin hogar. Hace un año el INE hizo un rastreo de la red de centros de atención social a las personas sin hogar, apoyándose en una primera investigación realizada para Cáritas en el año 2000. En el mes de febrero empieza por fin el primer trabajo de campo dirigido a conocer la realidad de las personas sin hogar. Hemos tenido que llegar al siglo XXI para gastar dinero público en visibilizar la situación de los más excluidos en este país.

Desde cualquier lugar donde contemplemos la realidad social podemos comprobar la existencia de unas tendencias globales básicas que nos afectan a todos.

Estamos en un mundo globalizado, violento y desigual. Este mundo queda reflejado también en el lugar que ocupan los últimos. No es preciso rebuscar mucho para encontrar datos que corroboran esta afirmación. La pobreza, la precariedad y el desempleo no es un dato secundario, no son situaciones que se vayan solucionando. Al principio de los 70 se llegó a pensar que la pobreza era un fenómeno en permanente retroceso en los países desarrollados, sin embargo la pobreza no está aquí para desaparecer, es un dato de estructura. Somos en cuanto somos capaces de producir pobreza.

Existe una desproporción extrema entre los porcentajes de población y los recursos destinados al consumo en distintas áreas geográficas de nuestro planeta. El aumento de la distancia entre los países más pobres y más ricos sigue una línea de crecimiento exponencial. También existe pobreza y desigualdad dentro de los países desarrollados. Por poner un ejemplo en algunas zonas de EEUU la esperanza de vida es inferior a la de muchos países africanos. La capacidad de consumo, de ser socialmente alguien significativo, de contar en una sociedad, de una persona en la calle es similar a un nigeriano de clase media. La irrelevancia social por tanto es la misma.

Si se es mujer, de color, analfabeta, pobre, asalariada, anciana, que no habla inglés y habitante del medio rural se está fuera de la corriente de la riqueza y el progreso. En una encuesta realizada en Estados Unidos a finales de los 90 sobre lo que la gente considera necesario o imprescindible nos encontramos con que para muchos de los encuestados resultan imprescindibles cosas como una segunda televisión o una casa con aire acondicionado. Nos movemos en un modelo de sociedad que considera estas cosas importantes y que nos lleva por tanto a un modelo de distribución totalmente desigual.

Cifras de lo que gastamos todos en artículos de lujo: gastamos más en maquillaje que lo que se necesitaría para garantizar la salud reproductiva de todas las mujeres a escala planetaria, más en comida para animales que lo necesario para eliminar el hambre y la desnutrición, más en perfumes que lo que costaría enseñar a leer y escribir a todas las personas del planeta, más en cruceros que en dar agua limpia y potable a toda la gente,… Esa es la realidad en el mundo en que vivimos.

Otra tendencia a tener en cuenta es que el Estado, el papel de lo público, lleva un camino tendente a hacerse más pequeño y desaparecer. Este tipo de discursos se acompaña con la loa de la importancia de la sociedad civil, que debe sustituir al estado, el voluntariado…

Por otra parte estamos inmersos en lo que se ha venido a llamar la "cibersociedad" todo eso nos constituye a todos hoy día hasta el punto de que, por ejemplo, el estar sin domicilio no significa estar sin teléfono. Esto da una serie de posibilidades enormes. Siendo esto así, conviene recordar que antes se creía que una sociedad de este tipo conllevaría la desaparición de la exclusión. Podemos comprobar por el contrario que esta realidad lleva aparejada un aumento de la exclusión y la desigualdad en el mundo.

Cómo situar la exclusión local en medio de este cuadro tan global es un reto para cada uno de nosotros.

Las soluciones que estamos dando

¿Hacia dónde debemos avanzar? ¿Cómo romper la barrera de la insensibilidad? La historia de la asistencia a los más pobres es algo que llevamos en nuestra mirada.

Tradicionalmente ante el pobre más excluido la sociedad ha oscilado entre dos tipos de actuación: la de acogida e inserción y la de reclusión y represión, de "piedad o de horca". Eso no es algo que ocurría en tiempo de Richelieu, sino que continúa ocurriendo ahora. Por poner un ejemplo, existen fotos de principios de siglo pasado donde podemos observar al personal de la beneficencia municipal acompañados por la guardia civil mientras que atienden a una persona sin hogar. En la actualidad la gente pobre viene de muy lejos, del África subsahariana. Si rememoramos la última foto de la última patera que haya llegado a las costas españolas, las instituciones que se encuentran presentes atendiendo a estas personas son la cruz roja y la guardia civil. Entre las dos imágenes han cambiado mucho las cosas, pero esto sigue igual.

No es bueno esquematizar diciendo que la labor de acogida la llevan los trabajadores sociales y la represiva la guardia civil. No siempre es así. A veces se "encarcela" a personas en etiquetas que se adjudican con el marchamo del técnico, de las cuales resulta muy complicado salir.

La guerra contra la exclusión no es la guerra contra los excluidos. Tradicionalmente han existido y existen partidarios y detractores de la ayuda a la inserción. Este debate que viene de lejos llega hasta nosotros transformado. Hoy en día existen nombres como Rudolph Giuliani, el alcalde en Nueva York durante el 11-S, o Sarkozy en Francia, impulsores de políticas de tolerancia cero en lo social y ordenanzas contra la mendicidad.

La guerra contra la pobreza necesita su tiempo, requiere muchos medios, de una política estructural que modifique la situación de la vivienda, del trabajo… Esta política va contra intereses como los de las inmobiliarias y obtiene resultados a medio y largo plazo. En cambio la guerra contra los excluidos es rápida, barata, eficaz aparentemente y además consigue beneficios electorales. El ejemplo más burdo es la política llevada a cabo por Gil en Marbella. Ciudades turísticas como Praga se limpian de mendigos para que resulten más estéticas. En las personas sin hogar no vemos personas con dificultades sino delincuentes.

Se dice que cualquiera puede caer en la calle. Esto no es exactamente así. Si miramos entre las personas que están en la cárcel vemos que existe una gran desproporción en la procedencia de clase social: Personas procedentes de un estrato social desfavorecido, que en el conjunto de la población española representa un tercio de la misma, constituye el 82% de la población reclusa. Un trabajo de Cesar Manzano, revela que frente a un 31% de hogares por debajo del umbral de pobreza en la población total del País vasco, la relación de hogares pobres la población reclusa es de un 99%. A la cárcel van mayoritariamente los excluidos. Encerremos pues, recluyámoslos por su propio bien.

La atención a personas sin hogar se ha realizado tradicionalmente en instituciones de reclusión. Es curioso constatar que las raíces de los albergues y los centros de acogida para personas sin hogar, son las mismas que las de las cárceles actuales. Se trata de las "casas de trabajo" que surgieron en Inglaterra por la necesidad de disciplinar mano de obra durante la revolución industrial y en la que se recluía a la gente que no tenía "hogar ni lugar". No es casual que las raíces sean las mismas. A partir de la necesidad de disciplinar la pobreza, de ordenarla, de clasificarla.... surge la estadística de la pobreza, heredera de la antiguo oficio de "contar pobres" (contar ricos es más complicado). Haciendo todo esto, no acabamos con la pobreza. Esto demuestra que saber mucho no asegura el conseguir una sociedad buena para todos.

El espacio físico que les asignamos a los excluidos dice mucho. No los queremos cerca sino en el patio trasero, alejados del centro urbano. Todo esto va en la línea de invisibilizar la pobreza. Puesto que no podemos acabar con la mendicidad, o no nos interesa, porque eso supondría hacer sociedades incluyentes, hagamos que desaparezcan. Para invisibilizar existen muchos mecanismos: vacío estadístico, no investigar, trasladar los centros lejos del centro de las ciudades, instalar mobiliario urbano antimendigos, etc.

España es el país que más encierra en Europa. El aumento de la población encarcelada sigue una línea de crecimiento exponencial. En general pensamos que la gente que está en prisión es la que ha hecho algo malo, los delincuentes, o que el incremento de la población reclusa tiene que ver con el aumento de delitos. Esto no es así. Poco tiene que ver una cosa con la otra. Depende más de la forma en que se aplican las leyes, de lo que considera como delito, del tipo de sentencias que se realizan, de la incapacidad de dar medidas alternativas a la prisión, etc.… Si ponemos en relación el número de delitos que se conocen, que no son todos los que se comenten (los delitos de "guante blanco" no se suelen denunciar), tenemos que en los países nórdicos, donde el estado del bienestar está mucho más desarrollado, hay una persona en prisión por cada 200 delitos. Aquí el número sería de una persona en la cárcel por cada veinticinco delitos cometidos. Aquí encarcelamos mucho más fácilmente Tradicionalmente la mayor parte de la población encarcelada eran los gitanos. Ahora son los emigrantes. Tenemos que abrir paso a una sociedad que reclame políticas de solidaridad y no políticas de represión.