Seminario

BIBLIA Y CRÍTICA SOCIAL II

José Cervantes Gabarrón

 

 

En continuidad con el que se realizó durante el año anterior sobre el mismo tema, este curso dedicamos nuestro análisis al estudio de los principales textos bíblicos del profeta Amós y del Evangelio de Lucas. El acercamiento a dichos textos se hizo teniendo en cuenta la pluralidad de lenguajes y de géneros literarios presentes en la Biblia. Los profetas y evangelistas se manifestaron abiertamente contra la injusticia social y la desigualdad económica.

En el curso participaron veintisiete personas. Su contenido fue el siguiente:

1. Los pobres son evangelizados: Lc 4,16-30; Lc 7,22; Mt 11,5.

2. Crítica lucana de la riqueza y del ídolo Mamon: Lc 6,20-26 ; Lc 16,1-15.

3. Crítica profética de la acumulación y de la opresión económica: Am 3,9-11; 4,1-5; 8,4-7

4. Crítica profética de la injusticia y del culto: Am 5,4-12; 5,18-24; 6,1-14;

5. Juicio bíblico sobre los enriquecidos: Lc 16,19-31; St 5,1-6

Partimos del discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret según el evangelio de Lucas (Lc 4,16-30) para poner de relieve la prioridad de los pobres en el discurso de Jesús. Profundizamos en la gran contraposición de las bienaventuranzas y malaventuranzas lucanas (Lc 6,20-26) como expresión de la crítica durísima del tercer evangelio contra la riqueza. Y desde estas dos claves estudiamos las parábolas económicas del capitulo 16 de Lucas.

En la primera de éstas, la parábola del administrador (Lc, 16-1-15) revelaba la injusticia de un sistema económico que utiliza el préstamo de dinero con interés para agrandar el abismo existente entre pobres y ricos. El administrador sagaz de la parábola es elogiado porque utiliza su poder para cumplir la ley del AT y corregir el sistema económico vigente. Aunque en principio fuera por interés personal, la conducta del administrador responde finalmente a los intereses y planteamientos de una moral económica de los oprimidos, para la cual no los ricos sino los pobres son importantes. Según la parábola, quien tiene dinero y bienes es en realidad sólo administrador de los mismos, no un propietario. La correcta administración de los bienes tiene que responder a las necesidades de los pobres. El dinero (y el sistema económico) no es un fin en sí mismo sólo ha de servir para hacer el bien. Hacerse amigos apartándose del injusto dinero implica todo lo contrario al dinamismo de la esclavización, de la usura, del interés económico y del empobrecimiento de los desheredados. En Lucas 16 se diseña un proyecto de economía alternativa orientado a las necesidades de los pobres, orientado a compartir y dar sin esperar nada a cambio. La alternativa entre Dios y el dinero-Mamon se convierte en un absoluto. No se puede servir a Dios y al Dinero-Mamon.

En la segunda parábola, la del pobre Lázaro (Lc 16,19-31) se revela el juicio bíblico contra los enriquecidos. Más inmenso que el abismo creciente que existe entre las gentes del capitalismo ultrarrico y las gentes del mundo empobrecido en nuestro planeta, será el abismo que separará a los ricos de los pobres en el definitivo Reino de Dios. Pero con una pequeña diferencia, a saber, que para entonces, según la perspectiva divina, cambiarán radicalmente las tornas y mientras que los últimos serán los primeros, los primeros serán los últimos, mientras que los marginados serán consolados, los ricachones sufrirán tormento y, dicho con palabras lucanas de la Virgen María, a los hambrientos se les colmará de bienes y a los opulentos se les despedirá vacíos.

Éste es el mensaje esencial de la tan conocida como desatendida parábola evangélica del pobre Lázaro, harapiento y llagado, y del rico que vestía de púrpura y de lino —con ropa de marca, diríamos hoy— y sus respectivos destinos (Lc 16,19-31). La interpretación falsa e hipócrita de esta parábola, sumamente elocuente para describir la situación de la mesa global, ha legitimado, no pocas veces, el ordenamiento social del mundo, ha contribuido sobremanera a sostener las diferentes clases sociales determinadas por la posesión de los bienes de la tierra y de los medios de producción con promesas celestiales para los que sufren las consecuencias humanas de una economía explotadora y excluyente, y ha justificado de manera conformista el sufrimiento de los empobrecidos en el aquí y ahora de la historia con el sueño de un más allá feliz.

Lejos de esa interpretación parcial y tergiversadora, esta parábola revela la inversión futura de las situaciones para los pobres y para los ricos como resultado irreversible de la justicia de Dios, que no puede dejar impunes a quienes generan, promueven, sostienen y disfrutan la clamorosa injusticia y la creciente desigualdad social y económica de este mundo. Esta revelación de la justicia de Dios pretende interpelar a los enriquecidos, a los que viven cómodamente, aprovechándose de los beneficios de este sistema injusto aun a costa de otros, y suscitar la conversión y el cambio de mentalidad y de conducta.

Para provocar este cambio el texto lucano remite a un elemento indiscutible de la tradición bíblica: El mensaje de Moisés y de los profetas. Entre éstos destaca Amós, cuya denuncia es radical. Ya en el siglo VIII a. C. Amós reprueba la explotación del pobre, el cual es tratado como mercancía negociable y degradado a objeto de compraventa. Condena abiertamente la injusticia social, la depravación moral y religiosa, la violencia del lujo y el formalismo del culto (Am 6,1-7).

Amós es el primer profeta bíblico que nos transmitió su mensaje por escrito. Era pastor y agricultor de profesión. Pero Dios lo llamó a desempeñar su misión profética en el Reino del Norte de Israel. Allí reinaba Jeroboam II (782-753) que fue un gran militar, que ensanchó la frontera norte de Israel, derrotó a Damasco y se anexionó territorios en Transjordania. La economía progresó mucho durante su reinado gracias al comercio de las caravanas, al desarrollo de la industria textil y a la explotación de minas de cobre. Fue una época de esplendor macroeconómico desconocida desde los tiempos de Salomón. Al mismo tiempo existían grandes problemas sociales, sobre todo, la terrible opresión de los pobres, víctimas de los terratenientes, de los potentados y de la corrupción en los tribunales de justicia. Era un tiempo de grandes injusticias y de un contraste brutal entre ricos y pobres. Un pequeño agricultor estaba a merced de los prestamistas que los exponían a la hipoteca, al embargo y a la esclavitud. Este sistema empeoraba por la ambición de los ricos y comerciantes, que aprovechaban las fianzas dadas por los pobres para aumentar sus riquezas. Se falsificaban los pesos y medidas, se recurría a trampas legales y se sobornaba a los jueces. Mientras tanto la situación de los empobrecidos era cada vez más dura.

En el ámbito religioso la corrupción religiosa era la nota dominante. Los santuarios estaban en plena actividad, repletos de adoradores y magníficamente provistos, pero la religión había perdido toda su credibilidad. Muchos santuarios eran abiertamente paganos, fomentando los cultos de fertilidad y la prostitución sagrada. Otros, los santuarios yahvistas, cumplían una función negativa: apaciguar a la divinidad con ritos y sacrificios que garantizaban la tranquilidad de conciencia y el bienestar del país.

El profeta Amós denunció esta trágica situación. La novedad de su mensaje consistió en el rechazo del reformismo para dar paso a la ruptura total con las estructuras vigentes: Todo el sistema está podrido, el muro de Israel está abombado y no puede mantenerse en pie; "es un cesto de higos maduros, maduros para el fin" (Am 8,1-3). La denuncia de los pecados concretos del lujo, la injusticia, el culto, y la falsa seguridad religiosa constituye el centro de su intervención profética. Pero fue su crítica mordaz a las instituciones la que le valió la oposición del sacerdote Amasías y del rey (Am 7,10-17). Amós, con la libertad radical de los profetas, ponía el dedo en la llaga al desvelar que la raíz del mal social estaba sobre todo en las instituciones: El culto religioso y el poder político y judicial eran los responsables principales de la injusticia por fomentar una idea de Dios errónea y tranquilizar la conciencia de los opresores. La firmeza de Amós frente a las instituciones políticas y religiosas es un ejemplo de actuación profética en nuestros días.

Si no se escucha el mensaje de los profetas, si no se hace caso al Evangelio en su predilección por los pobres, si no se produce un cambio de mentalidad y de perspectiva cultural en esta dirección, serán inútiles otros signos religiosos. Nos preguntamos qué caso se hace a este evangelio en la "tradicionalmente" cristiana cultura de Occidente, cuna del capitalismo opulento y prepotente, causante del desastre y de la miseria de Lázaro.