Vivir de utopías

Maria Lluïsa Oliveras
(esposa de Alfonso Comín - 1933-1980)



1. La injusticia social

Cuando nos casamos, decidimos irnos a vivir a Málaga. Fue una opción marcada por toda una historia anterior, historia de cada uno y de los dos. Compartíamos, al conocernos Alfonso y yo, una clara preocupación por la injusticia social, por la situación en la que vivían, y todavía viven, la mayoría de los seres humanos.

Cada uno, a su manera, trataba de dar una respuesta. Alfonso participaba en el SUT (Servicio Universitario del Trabajo), con el padre Llanos al frente. Fue precisamente allí donde se conocieron y de allí salió la amistad que los uniría hasta la muerte. Yo colaboraba en un centro social en el Paralelo, un barrio obrero de Barcelona.

Queríamos que el mundo fuera diferente, justo y solidario. Aunque entonces la palabra solidaridad apenas se usaba, esto no impedía que se practicara. Casi todo nuestro tiempo estaba cogido por trabajos o reuniones que tenían que ver con esta preocupación y con este intento de transformación del mundo. Por un lado, el trabajo concreto en la base y, por otro, los trabajos de reflexión o acción, como la participación en las Rutas de Pax Christi (rutas internacionales por la paz). Tuvimos también la suerte de pasar un mes con el Abbé Pierre en la "banlieu" de París, en "Los traperos de Emaús". Todo ello iba conformando una manera de entender el compromiso, la solidaridad.

A través del libro de René Voillaume "En el corazón de las masas", entramos en contacto con la espiritualidad de Charles de Foucauld. Este encuentro marcó definitivamente nuestras vidas. No se trataba de "hacer" sino de "compartir" sin esperar resultados aparentes. Al cabo de un tiempo, yo ingresé en la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús en el barrio de la Bomba en Madrid, un barrio de chabolas habitado mayoritariamente por emigrantes andaluces. La separación fue dura pero lo había reflexionado mucho, y Alfonso supo ayudarme, a pesar del dolor por la separación, a emprender este nuevo camino.

Compartí durante ocho meses la vida con las Hermanitas y con los vecinos del barrio. Fue una etapa de mi vida con la que todavía ahora me siento vinculada. Al cabo de ocho meses, por razones de salud, dejé la Fraternidad de las Hermanitas en Madrid, pero de esta etapa quedaría para siempre la opción por los pobres marcada por el testimonio de las Hermanas y Hermanos de la Fraternidad de Charles de Foucauld.

2. Aprender a vivir

Y vuelvo al principio. Pasado un tiempo, ya casi recuperada del todo, Alfonso y yo decidimos casarnos e irnos a vivir al sur. ¿Por qué Málaga? Habíamos hablado algunas veces de irnos al Tercer Mundo. Después de la experiencia de Madrid, el Tercer Mundo estaba muy cerca. En Málaga había una Fraternidad de Hermanitas y de Hermanitos. Este fue el motivo principal de la elección.

Intentábamos vivir de forma coherente con lo que pensábamos, sin estridencias ni heroísmo. En esto el testimonio de la Fraternidad fue fundamental. Aprendimos a vivir con los demás, abiertos y compartiendo, sabiendo que recibíamos más que dábamos.

Eran los años sesenta, en plena represión franquista. Escuchamos, contado por los propios protagonistas, cómo habían vivido la Guerra Civil. Era otro mundo. "La roja Málaga", se decía en nuestros ambientes anteriores. Al llegar allí, oímos lo que quizás ya sabíamos: pero qué distinto es cuando una madre te cuenta cómo hicieron subir a su hijo de 17 años en un camión repleto de jóvenes como él, para fusilarlos en plena calle por el único delito de ser sindicalistas. Nada volvió a ser como antes. Había una exigencia urgente de luchar junto con los que estaban comprometidos para conseguir justicia y libertad. La vida en Málaga no fue fácil. La casa estaba vigilada por la policía. Ser ingeniero y no ejercer, ser amigo de los pobres, vivir en un barrio obrero, era sospechoso.

3. Una familia marcada por la solidaridad

Tuvimos que regresar a Barcelona. La situación en Málaga llegó a un callejón sin salida, hasta el extremo de que algunos de los amigos que frecuentaban nuestra casa tuvieron problemas laborales y con la policía. Pero lo decisivo fue la salud de mi madre. Estaba muy enferma y queríamos estar cerca de ella.

Regresamos con un modo distinto de vivir la vida. Volvíamos con dos hijos. María de tres años y medio, y Pedro de dos. Al cabo de seis meses nacía Elisabet. Pensamos que educar y cuidar de los hijos pasaba por proporcionarles un entorno donde de forma natural entendieran que tener lo esencial y necesario no tiene nada que ver con tener "de todo".

Nuestros hijos estaban habituados a una casa abierta. En Málaga era sencillo: el barrio y la manera de ser de la gente del Sur lo facilitaban. En Barcelona era más difícil, ni el barrio ni la manera de ser ayudaban. Volvimos otra vez al "hacer". La opción era la misma, pero según la situación y las circunstancias, la respuesta puede tener formas diversas. Era el momento del compromiso político concreto como una exigencia de la propia fe, como una manera de vivir la solidaridad. Los dos entramos a militar en Bandera Roja de Catalunya, una organización de estilo extraparlamentario a la izquierda de PSUC. Los hijos crecían. Creo que tuvieron una infancia feliz, a pesar de situaciones difíciles, como la cárcel de su padre. Después de la cárcel, año 71, nació nuestro cuarto hijo, Toni.

4. Cristianos por el socialismo

Eran los años en que reclamábamos a la Iglesia libertad de conciencia para la opción política de los cristianos. CPS, Cristianos por el Socialismo junto con otros militantes de Bandera Roja entramos en el PSUC. Alfonso ocupó cargos tanto en la dirección del PSUC como en el PCE. El solía decir que a veces hay que bajar a la arena aunque tengas una escasa vocación de "hacer política". En el Partido pedía libertad de conciencia para los militantes que eran cristianos, para que no fueran discriminados por razón de su fe. Desde siempre, su maestro e inspirador fue el filósofo francés Emmanuel Mounier.

Pensábamos desde el principio, que las opciones que vas tomando a partir del acercamiento a la realidad, de cómo viven y sufren la mayoría de los seres humanos, deben ir conformando de tal modo tu vida que no sea posible la vuelta atrás, que no puedas vivirla como si no pasara nada. Que el conocimiento compromete, que la palabra que pronuncias obliga.

Los hijos han crecido en este ambiente. Cada uno ha hecho su propia evolución y van dando respuesta según la opción concreta de cada uno. Pero ciertamente todos comparten los valores de la solidaridad.

Maria Lluïsa Oliveras
publicado en Cristianisme i Justícia
Cuadernos 98 (2000) 11-13.