EL IMPERIO Y DIOS
A propósito de Irak


JON SOBRINO, 12/05/04
EL SALVADOR
ECLESALIA, 17 y 18 de mayo de 2004

Después de los terremotos de enero y febrero del 2001 en El Salvador escribí el texto de un pequeño libro [1] sobre su significado para la praxis y la fe de los creyentes, pero, cuando ya estaba listo para la publicación, tuvo lugar el atentado del 11 de septiembre en Nueva York, y, poco después, los bombardeos contra Afganistán el 7 de octubre. Por ello añadí un capítulo y cambié la introducción. Ahora me encuentro en una situación parecida. La Editorial Orbis Books, Nueva York, lo va a publicar en inglés, pero me pide que aunque sea brevemente añada un breve prólogo con una palabra sobre Irak. He escrito el prólogo y lo he titulado «El imperio y Dios».

Así ha salido el libro. Su finalidad es cooperar -en lo poco que uno pueda- a frenar la deshumanización por la que se desliza nuestro mundo, y alentar la esperanza y praxis de  humanización. En esto queremos insistir, pues nos parece lo mas necesario. Y lo hacemos con las solemnes palabras que pronunció Ignacio Ellacuría en Barcelona, el 6 de noviembre de 1989, diez días antes de ser asesinado: «Sólo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección» [2].

El lector ha leído bien. Ante Irak, Afganistán, Africa, Haití, que mueren lenta o violentamente por una parte, y ante el mundo de abundancia, que conduce lenta o violentamente a la muerte de los pobres por otra, no basta con cambiar políticas y coaliciones, sino que hay que hacer el intento de «revertir» la historia, ponerla en una dirección contraria a la actual. No basta con ciencia y tecnología, sino que hay que «creer y tener ánimo». No basta con proceder calculadamente, sino que hay que proceder «utópica y esperanzadamente». Y por encima de todo, hay que revertir la historia «con la esperanza de todos los pobres y oprimidos del mundo».  No basta, pues, aunque es muy necesario, con que  se operen algunos cambios en la dirección que ha tomado  Occidente, sino que son necesarios cambios radicales, al menos cambios importantes y significativos.

En estos tiempos postmodernos ya no se escuchan palabras como éstas, aunque sean de un intelectual  brillante y de un mártir, pero siguen teniendo vigencia en «estos días de Irak». Son palabras de exigencia y de invitación. En este prólogo nos vamos a concentrar en dos cosas fundamentales que expresan ambas cosas. Con cierta audacia las llamamos el imperio y Dios. El imperio conduce a la deshumanización y Dios conduce a la humanización.

EL IMPERIO

Ante todo, una nota previa. En este prólogo no voy a analizar el integrismo religioso de algunos grupos islámicos, ni sus aciones terroristas, ni su fanatismo hasta la autoinmolación que da muerte a otros. Sobre ello hablamos en el capítulo VII del libro y no lo vamos a repetir. Ahora nos concentramos en lo que hace y ocurre en Occidente. Y lo más grave es el imperio. En él aparece una maldad especifica que va mas allá de la maldad humana, en Oriente o en Occidente, o en cualquier religión, judía, cristiana, musulmana.

Pues bien, la palabra imperio parecía muerta, pero la realidad la ha resucitado. Hoy no basta con hablar de injusticia y de capitalismo para describir la postración en que se encuentra el planeta visto en su totalidad. Existe el imperio y el imperio actual es Estados Unidos, Irak lo ha hecho inocultable. Impone su voluntad sobre todo el planeta con un poder inmenso. Su mística es el triunfo sobre los demás, con egoísmo cruel y a través de todos los ámbitos de realidad: economía que no piensa en el oikos; industria armamentista que no piensa en la vida; comercio con reglas inicuas que no buscan la equidad; destrucción de la naturaleza que no piensa en la madre tierra; información manipulada y mentirosa, que no piensa en la verdad; guerra cruel que no piensa ni en vivos ni en muertos; irrespeto al derecho internacional y a los derechos humanos, en Guantánamo, y sin un ápice de pudor en Abu Ghraib, como lo muestran las fotografías, conocidas cada vez en mayor número y en mayor iniquidad y obscenidad - pudor, por cierto, que parece que está camino de desaparecer en Occidente.

El escándalo de Abu Ghraib ha sido monumental, sin precedentes y sigue en aumento al escribir estas líneas. El domingo, 9 mayo del 2004 dos palabras ocupaban todas las columnas de la primera página del L'Osservatore Romano: «Horror y vergüenza». El texto decía lo siguiente:

El conflicto iraquí, ya marcado por el luto y la destrucción, asume ahora connotaciones todavía más trágicas con el descubrimiento de torturas inhumanas infligidas a los detenidos iraquíes... En los abusos y en los malos tratos a prisioneros se consuma la radical negación de la dignidad del hombre y de sus valores fundamentales... La ofensa brutal contra el semejante es la trágica antítesis de los principios básicos de la civilización y de la democracia... En este inquietante escenario, el mundo se interroga estupefacto, lleno de horror y de vergüenza... En particular, el pueblo estadounidense se siente profundamente traicionado en su humanidad y en su historia al saber que la tortura -afrenta contra la persona humana- ha sido perpetrada bajo su bandera, deshonrándola.

Y el arzobispo Giovanni Lajolo, secretario vaticano para las relaciones con los Estados, afirmó que «el escándalo es aún más grave si se tiene en cuenta que esas acciones fueron cometidas por cristianos».

A esto hay que añadir la desfachatez de negar o simular desconocimiento de lo ocurrido en las torres de Nueva York, en Afganistán y en Irak, antes y durante la guerra. Hace ya meses Cruz Roja Internacional había informado de los abusos en las cárceles de Irak a varios funcionarios del gobierno de Estados Unidos, y de otros países de la coalición. Y lo mismo habían hecho Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Human Rights First. Sin embargo, el presidente Bush, cuando en sus discursos ya no podía aducir pruebas de que Irak tenía armas de destrucción masiva, todavía afirmaba triunfalmente que, al menos, después de la invasión en las cárceles de Irak, ya habían terminado los horrores del tiempo de Saddam Hussein.

El imperio, pues, impone su voluntad directamente a pueblos a los que hace la guerra e indirectamente a sus aliados de coalición. A la larga, sin embargo, lo más grave -pues va más allá de Irak y de guerras- puede ser que impone al ser humano cuál es su verdadera realidad, su dignidad, su felicidad. Contamina, así, el aire que respira nuestro espíritu y lo condena a la muerte. En lo fundamental impone la exaltación del individuo y del éxito, como formas superiores de ser humano, y el egoísta e irresponsable disfrute de la vida como lo que no admite discusión. Y todo ello sin reparar en recursos, de modo que un deportista, cantante o actor de cine, en Estados Unidos o en Europa, puede ganar lo equivalente a un alto porcentaje del presupuesto nacional de un país subsahariano. Lo mencionamos, porque este tipo de despropósitos -nadie sabe por qué- no se suelen tener en cuenta.

La conclusión es que el imperio introyecta la «cultura de epulón y Lázaro» como cosa normal. Fraternidad, compasión y servicio al débil -aunque no se vilipendien con el vigor de un Nieztsche- serían en la práctica productos culturales secundarios, tolerados, pero no promovidos. Insistir en ellos no es «políticamente correcto». La igualdad de la revolución francesa, y nada digamos de la fraternidad del evangelio, se han quedado obsoletas. De Afganistán e Irak no cuentan los afganos y los iraquíes, y de Africa no cuenta nada. El imperio genera polución del ambiente. Ese ambiente, en suma, sofoca, asfixia, envenena al espíritu.

Todo esto asusta, y sin embargo, usando conceptos bíblicos, el imperio anuncia que el mundo que él gestiona ha llegado a ser buena noticia, eu-aggelion. Proclama el advenimiento del fin de la historia, el eschaton, y de la aldea globalizada, el reino de Dios, la basileia tou Theou. El ser humano de hoy debe considerarse afortunado de vivir en este mundo, que el imperio tiene la misión divina de defender y extender.

Quizás todo esto parezca exagerado, pero en mi opinión éste es el mensaje que comunica Estados Unidos desde hace años, y con mayor contundencia -y también con mayor desfachatez-, en estos años de Afganistán, de Irak, de la ignorada y silenciada Africa... Veamos ahora algunas concreciones de cómo el imperio somete a los humanos más allá de lo que acabamos de analizar.

El imperio se considera dueño y señor del tiempo, de su densidad y calidad. El calendario no es lo que es dado a todos por igual para que cada quien deje constancia de su propia historia. El 11-S es un hito en la historia, pero no lo es el 7-O (7 de octubre de 2001) y el 30-M (30 de marzo de 2003), días en que comenzaron los bombardeos contra Afganistán e Irak. Ni siquiera existen. Sí existe el 11-M, los atentados en Madrid, pues, dicho sin ninguna ironía y con inmensa compasión hacia las víctimas, ocurrió en la órbita imperial.

El comentario es obvio: ha habido muchos otros 11- , pero no existen porque no han sido registrados en el calendario imperial, como otro 11-S, el 11 de septiembre de 1973, día en que ocurrió el asesinato de Allende y la masacre en el palacio de la Moneda, tras todo lo cual estaba Estados Unidos.

Y permítaseme detenerme en otro ejemplo por ser muy cercano a El Salvador y también a Estados Unidos. Un 11-D, 11 de diciembre de 1981, alrededor de mil personas fueron asesinadas en El Mozote, El Salvador, divididas en tres grupos: los hombres encerrados en la Iglesia, las mujeres en una casa, y los niños, unos 170, con una edad media de seis años, en otra casa cercana a la de las mujeres, de modo que éstas podían «escuchar» -Rufina, la única superviviente, dice «reconocer»- el llanto de sus hijos cuando eran asesinados. Todas y todos fueron asesinados. Los asesinos eran miembros del batallón Atlacatl, entrenado por los norteamericanos, el mismo batallón que asesinó a los jesuitas, a Julia Elba y Celina, el 16 de noviembre de 1989. Pues bien, el mundo, tampoco el mundo occidental democrático, reaccionó. La embajada de Estados Unidos dijo no tener noticia de muertos en El Mozote, y cuando los muertos se hicieron inocultables, dijo que se debió tratar de algún enfrentamiento con la guerrilla. No hubo reconocimiento de las víctimas ni entierro digno, y por supuesto no hubo manifestaciones en contra del terrorismo del batallón Atlacatl, que era estricto terrorismo de estado. Ni pudo haberlo. La televisión salvadoreña e internacional -perdónesenos la simpleza-, siendo lo suyo «mostrar», no mostró nada. Salir a la calle a protestar -a diferencia de lo que pudieron hacer neoyorquinos y madrileños- hubiese significado poner en juego la propia vida[2].

Y un último ejemplo de estos días. En Falluyah ha habido un 11-A, 11 de abril de 2004. «Francotiradores del ejército de Estados Unidos están disparando contra todo lo que se mueve», dijeron miembros de Cristianos por la Paz, al regresar de Falluyah el domingo 11 de abril. Ese día habían muerto bajo fuego estadounidense 518 iraquíes, entre ellos por lo menos 157 mujeres y 146 niños; de éstos, un centenar tenían menos de 12 años, y 46 menos de 5 años.

Conclusión. El imperio decide dónde y cuándo el tiempo es cosa real, qué fechas se deben convertir en referentes temporales para los humanos. Dice: «el tiempo es real cuando lo decidimos nosotros». Y la razón última es metafísica: «lo real somos nosotros».

Y ese apoderarse de la esencia del tiempo ocurre también, de alguna forma, con el espacio. El imperio ha decidido que vivimos ahora en un espacio bueno, al menos mejor que el de hace unas décadas. El entusiasmo que se produjo tras la caída del muro de Berlín facilitó esa visión imperial del espacio del planeta. Llegó la pax americana, heredera de la pax romana, no del shalom bíblico, y Estados Unidos se convirtió en su gestor en todo el mundo. También gestiona y controla, con toda naturalidad, la globalización, y propala la falacia de que el mundo se ha convertido en un espacio bendecido por la perfección de la redondez, sin mencionar los agujeros, los abismos, las esquinas y estridencias. En él caben todos, aunque el imperio se cuida muy mucho de explicar cuán diferentemente se ubican en ese espacio global los ciudadanos de Boston o París y los de Kigali o Calcuta.

Por último, el imperio impone la definición de lo que es la felicidad: «el buen vivir». Es un absoluto indiscutible, aunque con ocasión de Irak, algo se está tambaleando esa visión del buen vivir. Y es que en el imperio está creciendo el miedo, y eso es lo que queremos analizar para terminar esta primera parte de la introducción.

En enero de 1989, hablando del quinto centenario, Ignacio Ellacuría dijo que «en América Latina somos un continente de esperanza frente a otros continentes que no tienen esperanza y que lo único que realmente tienen es miedo» [3]. ¿Será verdad que Estados Unidos y Europa tienen miedo? ¿A qué?

Desde hace años en Estados Unidos y en Europa se cuelan ilegalmente muchos inmigrantes. Bueno es que lleguen los necesarios, pero que lleguen más produce miedo. Molestan, van minando el monopolio de la lengua, costumbres, religión... Al sueño americano y europeo se le añaden, pues, pesadillas. Con el 11 de septiembre comenzó otro capítulo del miedo en el mundo de abundancia. Y los más perspicaces ven que el llamado «progreso», «prosperidad», «civilización de la riqueza», que decía Ellacuría, no está llevando a la humanidad a buen puerto sino al precipicio, que dice J. Moltmann. Eso es bien conocido y no me voy a detener en ello, sino en lo que me parece ser el miedo mayor y más fundamental, y que no es coyuntural -miedo a inmigrantes o a terroristas-, sino estructural.

En efecto, los países del Norte han conseguido un alto grado de «buen vivir», aunque existan en ellos bolsas de «mal vivir». Y eso no quieren perderlo ni rebajarlo por nada de este mundo. Como en el caso de la divinidad, es algo intocable. A sus ciudadanos les parece «lo normal», de modo que en el mundo de abundancia vuelve a aparecer como elemento esencial de su autocomprensión el «destino manifiesto» -al que invocaba Estados Unidos en el s. XIX para anexionarse la mitad de México. Pues bien, en la metrópolis y en sus más allegados, ese destino manifiesto del imperio es el «buen vivir». No tienen que preguntarse por el precio que para ello han pagado y tienen que pagar los pobres de este mundo, pues el destino es inevitable. Ahora, sin embargo, surge el miedo a perder ese «buen vivir». He aquí algunas expresiones.

Los grandes del G-8, representan el 12 % de la población mundial, y poseen el 60% de la riqueza. Controlan todo, pero cuando se reunieron del 1 al 3 de junio del 2003 en Evian, buscaron protección contra los manifestantes. En total hubo 30.000 efectivos para protegerlos, casi uno por cada tres manifestantes. El miedo fundamental no es a que haya acciones violentas que puedan ocasionar daños, sino a que se configure un orden mundial realmente distinto al actual, el miedo al «otro mundo es posible», en el que puedan comer todos, aunque para ello los países de abundancia tengan que comer menos. Arriesgar el buen vivir actual, rebajarlo sustancialmente, es pedir demasiado. Y hay miedo a que algo de eso pueda ocurrir.

El miedo se expresa de otras formas en coyunturas en que aparecen grietas en el Norte. En la guerra de Iraq, por ejemplo, Estados Unidos ha ido, hasta cierto punto, por un lado y Francia y Alemania por otro, y las desavenencias prosiguen. Las grietas, sin embargo, no llegan a la ruptura ni al enfrentamiento. Y si nos preguntamos por qué lo que hace superar las diferencias no son ideales ni ideologías, sino el miedo. La Europa «rebelde» tiene miedo a que sus empresas no se repartan el botín de la reconstrucción de Iraq, a que su desunión interna le dificulte llegar a ser potencia económica de primer orden.

Y es importante añadir que este miedo no sólo cunde entre los líderes, gobernantes y políticos, sino también entre los ciudadanos, aunque siempre hay excepciones. Un ejemplo. Contra la guerra de Irak ha habido infinidad de protestas porque indigna su crueldad e irritan las mentiras de Bush, Blair y Aznar. El ciudadano normal se siente provocado y convocado. En esas manifestaciones se han hecho presentes muchas cosas positivas: el instinto de justicia, un buen grado de compasión y algo de la estética de la protesta, y todo ello es bueno y esperanzador. Pero un amigo comentaba desde España que los resultados de las elecciones del 25 de mayo del 2003 no reflejaron ni de lejos la magnitud de las protestas ni los resultados de las encuestas. Según éstas el 90% de los españoles estaban en contra de la guerra de Iraq, pero en las elecciones no apareció un rechazo de tal magnitud al gobierno del Partido Popular[4]. Algo parecido nos decían unos amigos de Estados Unidos para que no nos entusiasmásemos ingenuamente con la lucha de los grupos opositores a la guerra.

La conclusión es que el Norte, en su generalidad, no quiere correr riesgos para cambiar la actual situación económica. Cuánto está dispuesto a arriesgar su buen vivir el ciudadano medio de los países de abundancia para que puedan sobrevivir las mayorías pobres, no se sabe. Pero todo da a entender que tiene miedo a perder ese buen vivir.

¿Y qué hay de malo en querer «vivir bien»?, se preguntarán los que lo dan como su destino manifiesto. Ya hemos aludido a ello: el precipicio de la deshumanización. En nuestro mundo «el buen vivir» sólo es posible -estructuralmente hablando-, a expensas del malvivir y de la muerte de los pobres. Por mucho que se dulcifique el lenguaje y el concepto, por mucho que haya que apoyar la cultura de la paz, del diálogo y la cooperación, por mucho que se entronice la retórica de la solidaridad entre todos los pueblos -en foros mundiales de la cultura, en olimpíadas...-, en la realidad objetiva el mundo sigue siendo fundamentalmente antagónico. José Comblin, a sus ochenta años bien cumplidos, dice con su sabiduría habitual: «en realidad la humanidad está dividida entre opresores y oprimidos». Y esto seguirá así mientras el buen vivir de los países de abundancia no deje de ser intocable.

Muchas de las cosas que acabamos de decir no se deben sólo a Irak ni se reflejan sólo en Irak. Estaban presentes en la inveterada injusticia del capitalismo y del socialismo soviético real. Pero todo ello se ha exacerbado, y por ello hablamos ahora de imperio. E Irak lo ha hecho inocultable. Y muestra con paladina claridad que el imperio nos lleva por el camino de la deshumanización.

DIOS

En el último capítulo de este libro el lector podrá  leer algunas reflexiones sobre el tema de Dios y sobre la pregunta de la teodicea, pregunta obvia en estos casos: dónde está Dios en las catástrofes naturales e históricas. Ahora, sólo quiero añadir otras reflexiones sobre Dios que me han venido a la mente a propósito de la guerra de Irak.

a) En el Norte ya no hay teocracias, pero el imperio está introduciendo algo análogo. En Estados Unidos el imperio es concebido desde categorías religiosas. Como la divinidad, goza de ultimidad y exclusividad. La acumulación de poder es expresión de la bendición divina e instrumento que garantiza su presencia en el mundo. También, como la divinidad, el imperio ofrece salvación. No admite discusión, y nadie puede impedir su triunfo. Exige una ortodoxia y un culto, y, sobre todo, como Moloch, exige víctimas para subsistir. ¿Y qué dice este imperio sobre los pobres de este mundo? Ya les llegará su turno, y les llegarán las migajas que reparte el imperio, si le son sumisos.

Esto puede ocurrir en todo tipo de imperios, en sociedades religiosas o seculares, pero George Bush ha introducido matices específicos a la dimensión teocrática. Su conversión personal ha marcado una huella religiosa en el imperio, que, por cierto, reproduce antiguas herejías. Veamos brevemente cómo lo analiza el teólogo y biblista norteamericano Juan B. Stam, que reside en Costa Rica.

La primera «herejía» es el maniqueísmo que divide toda la realidad en dos: el Bien Absoluto y el Mal Absoluto. Los Estados Unidos es una nación engendrada por concepción inmaculada, que ha alcanzado la santidad total de la teología wesleyana. Los enemigos del país, por el contrario, caen en la depravación total del ser humano según la doctrina calvinista: no hay nada que pueda explicar la conducta malévola de esas personas, y mucho menos, que pueda justificarla. En la sociedad estadounidense, parece no haber entrado el pecado original, y por eso en la espiritualidad patriotera de Bush, no hay lugar para el arrepentimiento ni siquiera para el autoexamen crítico, mucho menos para una conversión a Dios.

La segunda «herejía» es el pseudo-mesianismo. Bush dijo estar convencido de la llamada de Dios para postularse a la presidencia y no parece tener reparos en identificar a Dios con su propio proyecto. Su Dios tiene el rostro de un buen norteamericano y republicano, muy patriota y fiel a la política exterior norteamericana. No es un Dios que juzga y cuestiona, sino un Dios que legitima proyectos de guerra y dominación.

Y a esta ideología religiosa, hay que añadir, para sorpresa de los seculares europeos, la oración. Esta ha jugado un papel sin precedentes en la presidencia de Bush y en la propaganda de los evangélicos conservadores que lo apoyan. Son frecuentes las fotos de Bush en oración ante y durante las guerras.

Para un cristiano, este imperialismo con estos matices religiosos es una aberración, por supuesto, pero, además, en la realidad concreta de nuestro mundo, pone en graves dificultades el anuncio del Dios de Jesús, y esto hay que tenerlo muy en cuenta. Como lo ha notado José Comblin el imperialismo actual de Estados Unidos confronta al cristianismo con un problema, que viene de lejos, pero que hoy se ha acentuado. En Asia y África, «cristianismo» ha sido sinónimo de «occidente», con beneméritas excepciones. Pues bien, en el mundo actual, más de mil millones de seres humanos, los pueblos musulmanes, ven en Bush, a la vez, la expresión de occidente y la expresión del cristianismo. Con ello, la misión cristiana, no como proselitismo, sino como diálogo y fraternización, se hace muy difícil, y a esto se debe en parte las protestas del Vaticano. ¿Quién les convence de que no hay que identificar las dos cosas, si el imperio, Bush y su grupo, aparecen orando al Dios de Jesús y desoyen a los cristianos que se les oponen, incluido Juan Pablo II? Mientras dure este imperio, aun con los beneméritos esfuerzos de diálogo entre musulmanes y cristianos, será difícil anunciar la buena nueva de Jesús entre los musulmanes.

b) La segunda reflexión va en la dirección opuesta. Después del 11 de septiembre proliferaron las reflexiones sobre el papel peligroso o claramente nocivo de las religiones monoteístas: el «dios» de cada una de ellas podía exigir la guerra para defender la propia fe, propiciando para ello entusiasmos suicidas, que llevan a la propia inmolación y a la muerte del otro, del de otra religión. El 11 de septiembre hizo recordar las guerras de religión, las cruzadas, la connivencia entre la espada y la cruz en el descubrimiento-encubrimiento de América... Universalizando el fenómeno, las religiones y su idea de Dios fueron puestos en el banquillo. José Saramago, nobel de literatura, luchador denodado por la justicia y los derechos humanos, lo dijo con toda claridad en un artículo que hizo historia: «El factor Dios». No condena la realidad de Dios -en la que no cree- sino a un «nombre», una «idea», un «factor» de la psicología personal y social que persuade la historia y las religiones. «Por causa de Dios y en nombre de Dios es porque se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel». Sin llegar a esos extremos, no se puede decir que no tenga algo de razón.

Sin embargo, cuando comenzó la guerra de Irak, al menos en América Latina, sucedió un fenómeno distinto. Conocidos pensadores y escritores, conocidos defensores de la justicia, la democracia y los derechos humanos, hablaban de Dios de manera diferente. Bajo ese término parecen comprender ahora algo bueno, sea real o ideal, y en cualquier caso algo que debe ser respetado. Y a ese Dios invocaban también precisamente para tener otro importante argumento para condenar la guerra y a sus propulsores, Bush, Blair y Aznar, y sobre todo para defender a las víctimas de Irak.

«El presidente del planeta anuncia su próximo crimen en nombre de Dios y de la democracia. Así calumnia a Dios. Y calumnia, también a la democracia... 'No en mi nombre', clama Dios», dice Eduardo Galeano. «Dios parece protestar junto con los millones que se movilizan en las calles de todo el mundo para decirlo con toda fuerza: 'no utilicen mi Santo Nombre en vano'», dice Theotonio dos Santos. «En todos los idiomas 'paz' es una palabra suprema y sagrada, expresa el deseo de Dios para los hombres», dice Ernesto Sabato. Y Adolfo Pérez Esquivel recuerda que durante la dictadura argentina un preso escribió en las paredes de su celda: «Dios no mata».

En la realidad, el debate sobre el monoteísmo y sus peligros se desplaza a otro más primigenio: si Dios (y correlativamente el ser humano) es un Dios de las víctimas o no, sea cual sea la fe que exige. Dios, pues, puede ser un «factor», que hacemos a nuestra imagen y semejanza y en favor de nuestros intereses. Puede, por ello, convertirse en un «factor» negativo, que propicia fanatismo, exclusión, violencia, guerra. Pero puede ser también un «factor» positivo, en defensa de las víctimas. Y eso es lo que está mostrando, aunque sea en pequeño, la crisis de Irak.

Las grandes mayorías que condenan la guerra -sean creyentes o no creyentes- no responsabilizan de ella al Dios de Jesús, vislumbrado, más bien, como Dios defensor de víctimas y propiciador de solidaridad. Y este cambio en la comprensión del «factor» Dios no ha ocurrido por argumentos conceptuales, ni siquiera por una relectura más balanceada de la historia, sino por el testimonio de quienes invocan a Dios, no sólo como «factor», sino como realidad. Cuando la invocación a un Dios real va acompañada de la verdad y de la compasión, en ese «factor» «debe haber algo bueno», parecen decir. Y si esto se lleva a cabo sin condiciones -a veces hasta la entrega total- entonces bien puede ser que en ese «factor» haya algo de «último». La Escritura avisa repetidamente a los creyentes: «por causa de ustedes se blasfema el nombre de Dios entre las gentes». Ahora no ocurre eso, sino que, al menos, se respeta «el nombre», el «factor» Dios. Desde la fe cristiana esto es fundamental. No desaparecen los problemas sobre Dios, sobre su existencia y sobre su capacidad de evitar el mal. Pero al menos Dios -realidad o factor- es relacionado con «vida», con «buena noticia», no con sometimiento y muerte. El «reino de Dios» no es «imperio».

c) Asusta la maldad imperial y asusta su desvergüenza, agravada por la dimensión teocrática. Hay que combatir, pues, al imperio y desenmascararlo, pero como se presenta religiosamente hay que hacerlo también en nombre de Dios. Y para ello hace falta honradez con lo real. Si se me permite la expresión, honradez teologal, honradez ante lo último.

Esta honradez es todo menos evidente, también para el pensamiento progresista. Se trata de readmitir en nuestro pensar lo que antes se quería decir -a veces de muy malas formas- con la expresión «pecado original»: los seres humanos no superamos nuestras tendencias pecaminosas, aunque ocurran cosas buenas. Esto quiere decir que ni la caída del muro de Berlín, ni los avances de internet o de la biogenética garantizan en modo alguno la supresión del sometimiento y la opresión imperialista. Hay que desenmascarar la inocente ingenuidad de que ahora puede haber imperios buenos.

Pero además como el imperio es un ídolo, y no cualquier otra cosa, al imperio hay que oponer el verdadero Dios. Para el cristiano, el Dios de Jesús. Y a veces hay que explicitarlo. Hoy no se estila mucho, ni siquiera en algunos contextos cristianos. Pero es necesario hacerlo, por ejemplo con estas palabras de Monseñor Romero:

«Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios. Por eso tenemos tantos ególatras, tantos orgullosos, tantos hombres pagados de sí mismos, adoradores de los falsos dioses. No se han encontrado con el verdadero Dios y por eso no han encontrado su verdadera grandeza» (10 de febrero, 1980).

«Sólo Dios es Dios». No lo es ni el césar ni el imperio. Equivocarse en eso, en forma creyente o secularizada, tiene gravísimas consecuencias.

d) En nombre de Dios también hay que combatir la usurpación de realidades fundamentales que lleva a cabo el imperio, como hemos visto. Por lo que toca al espacio, y según el discurso que se repite en Europa, lo fundamental sería hoy abrirse a «más Europa» y trabajar por su seguridad. (Ya se preguntan si la seguridad de los juegos olímpicos de Atenas estará en manos de la OTAN). Pero, visto desde Dios, Europa tiene otra tarea más importante, para ellos y para todos: repensarse no sólo desde su seguridad amenazada, sino desde la inseguridad, por hambre e injusticia, del mundo pobre, y sobre todo repensarse desde la solidaridad con las víctimas de todo el mundo. Más que un Norte y una Europa unida, proclive al eurocentrismo, es decir, al egoísmo, lo que se necesita es una «Europa más abierta, más africana, más asiática, más latinoamericana». En definitiva se necesita una internacional de todas las víctimas, con su dolor, y de todos los solidarios y solidarias, con su entrega.

Por lo que toca al tiempo, hay que devolvérselo a los pueblos, sobre todo a las víctimas de las guerras y de las políticas imperiales. Eso es dar o devolverles existencia. Y hay que mantener viva la memoria de todos los 11- del planeta, sin selectividad imperial. Se ha mantenido vivo a Auschwitz, pero no a Hiroshima, ni siquiera a Goulag. Y el inmenso dolor de Rwanda, diez años después de la barbarie, sigue todavía sin afectar al imperio.

Por lo que toca a la globalización triunfalista hay que mantener la memoria histórica de lo que los humanos hemos hecho y hacemos con el progreso. J. Moltmann, repasando -sapiencialmente- siglos del progreso de occidente escribe: «Los campos de cadáveres de la historia, que hemos visto, nos prohíben... toda ideología del progreso y todo gusto por la globalización... Si los logros de la ciencia y de la técnica pueden emplearse para el aniquilamiento de la humanidad (y si pueden, lo serán algún día), resulta difícil entusiasmarse con el internet o la tecnología genética» [9].

e) Finalmente, por lo que toca al aire que respira el espíritu, hay que volver a Jesús de Nazaret y preguntarse qué es lo que hoy sigue humanizando de él en un mundo imperial. En él es fundamental mantener la misericordia y la primariedad que tiene: nada hay más acá ni más allá de ella. Su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz. Su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. Su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. Su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y relativizarlo en favor del ser humano, libertad, en definitiva, para que nada sea obstáculo para hacer el bien. Su ilusión del fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. Su acogida a pecadores y marginados, su sentarse a la mesa y celebrar con ellos, y su alegría de que Dios se revelaba a ellos. Sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable [10].

Estos son rasgos del espíritu anti-imperial. Ponen ante nosotros el ecce homo, «he ahí al ser humano cabal», e invitan a superar la prepotencia imperial del «civis romanus sum», «soy ciudadano del imperio».

LOS PIES DE BARRO DEL IMPERIO Y LA FUERZA DE LA CRUZ

El libro de Daniel cuenta la conocida visión de una estatua de enorme estatura, de extraordinario brillo y de aspecto terrible. La cabeza era de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y sus lomos de bronce, y sus pies parte de hierro y parte de arcilla. La impresión que causaba la estatua era imponente. Pero de pronto, una piedra se desprendió del monte y vino a dar a los pies de la estatua y la pulverizó. Entonces todo quedó pulverizado y el viento se lo llevó sin dejar rastro (cfr. Daniel 2, 31-36).

Contra el imperio hay que luchar de diversas maneras y desde todos los frentes, evidentemente. Pero hay que contar también con pequeñas piedras, aparentemente inoperantes, escandalosas y tenidas por inútiles. Y esa lógica de «las pequeñas piedras» es, según la fe cristiana, esencial en la lucha contra el imperio.

La tesis fundamental antiimperial es que la liberación proviene de las víctimas del imperio. Es evidente que el poder, adecuadamente usado, es necesario para erradicar y socavar al imperio, pero el puro poder no basta para que a la larga la liberación sea humana y humanizante. Por eso, según la tradición bíblico-cristiana, la salvación tiene su origen en lo débil y pequeño, en lo sin-poder: una anciana estéril, un pueblo diminuto, un judío marginal; más aún, un siervo doliente, elegido por Dios para traer salvación. «Sólo en un difícil acto de fe el cantor del siervo es capaz de descubrir lo que aparece como todo lo contrario a lo ojos de la historia»[11], decía Ellacuría.

Cuando hoy pensamos en la liberación del imperio, hay que incorporar también esta poderosa lógica del sin-poder. Y ocurre. Permítaseme citar a tres hermanos jesuitas, del tercer mundo, connotados intelectuales, mártires dos de ellos, que abogan por esa lógica. En Asia, dice A. Pieris, que los pobres, no por santos, sino por ser los sin poder, los rechazados, son elegidos para una misión, «son convocados a ser mediadores de la salvación de los ricos y los débiles son llamados a liberar a los fuertes»[8]. En África, en una situación intraeclesial, pero que expresa con vigor la misma intuición, dice E. Mveng que «La Iglesia de África, en cuanto africana, tiene una misión para la Iglesia universal... A través de su pobreza y su humildad debe recordar a todas sus iglesias hermanas lo esencial de las bienaventuranzas y anunciar la buena nueva de la liberación a las que han sucumbido a la tentación del poder, las riquezas y la dominación»[9]. En El Salvador decía Ellacuría: «Toda esta sangre martirial derramada en El Salvador y en toda América Latina, lejos de mover al desánimo y a la desesperanza, infunde nuevo espíritu de lucha y nueva esperanza en nuestro pueblo»[10].

Este dinamismo específicamente cristiano debe acompañar la lucha contra el imperio y, en definitiva, guiarla. A esa lógica acompañan corolarios importantes: el reino de Dios advendrá como civilización de la pobreza, en contra de la civilización de la riqueza; la máxima autoridad en el planeta es la autoridad de los que sufren, sin que haya ningún tribunal de apelación; la superación del panegirismo acrítico de todo lo que sea diálogo y tolerancia, sin introducir un mínimo de dialéctica y denuncia de la opresión y sometimiento. Y, muy importante, la lucha por la posesión y control del lenguaje y de las definiciones, para que no sea el lenguaje del imperio, es decir, el lenguaje del poder, el triunfo, la superioridad, el desprecio, el que guíe el camino de la familia humana, sino el lenguaje de Dios, de la compasión, de la verdad indefensa, de la fraternidad, de la utopía.

UNA PALABRA FINAL

Muchos en Estados Unidos se sienten muy afectados por lo que está haciendo su gobierno y por las reacciones de buena parte de sus conciudadanos, de sus instituciones, de sus Iglesias también.... Y les afecta no sólo ni principalmente el fracaso o al menos el trastorno político, militar y económico que la guerra de Iraq pueda ocasionarles, sino el fracaso humano que puede ir permeando los diversas estratos de la nación estadounidense, de Occidente y de todo el planeta. Pero también hay signos de esperanza [11]. Muchos han despertado a la verdad y a las víctimas del tercer mundo. Y lo han hecho de diversas formas.

El 4 de mayo, alrededor de 50 ex diplomáticos estadounidenses han criticado la política del presidente Bush en el Medio Oriente, haciéndose eco de la crítica de sus homólogos británicos, entre otros los embajadores de Bagdad y Tel Aviv: hay que influir en la «funesta» política estadounidense en el Medio Oriente o dejar de respaldarla. Los estadounidenses, por su parte, concretan su crítica en el apoyo desvergonzado al primer ministro de Israel, Ariel Sharon, su política de asesinatos extra-judiciales, la barrera erigida en Cisjordania y el respaldo de Bush al plan de Sharon de retirarse unilateralmente de la Franja de Gaza, lo cual significa ignorar los derechos de tres millones de palestinos. Buscan, así, evitar un fiasco político, y ojalá lo logren.

Pero otros -además- quieren evitar el fiasco de la deshumanizción. Algunos ejemplos. Después del atentado de Nueva York, se hicieron famosas las palabras de Phyllis y Orlando Rodriguez, los padres de Greg, joven muerto en las torres: «Nuestro gobierno se está dirigiendo a una venganza violenta... Ese no es el camino. No vengará la muerte de nuestro hijo. No lo hagan en nombre de nuestro hijo». En el mismo espíritu, otros familiares de las victimas del 11 de septiembre se han organizado en «Peaceful Tomorrows».

En estos días, en la base militar de Fort Stewart, Georgia, Camilo Mejía guarda prisión por desobedecer órdenes. Entró al ejército para poder echar raíces sociales en Estados Unidos, cosa difícil para un emigrante nicaragüense. Le ofrecían la oportunidad de enlistarse por tres años y estudiar en la universidad. Fue escogido junto a otras 39 mil personas para formar parte de los grupos invasores que los marines llaman soldados de primera línea en Irak. Su comportamiento en el frente de batalla ha sido ejemplar, por lo que no puede achacársele cobardía. Pero desertó.

Deserté porque está muy claro que esta guerra es motivada por petróleo. Nunca se encontraron armas de destrucción masiva ni conexiones terroristas en Irak. Ahora se inventan otras razones, como luchar por la democracia y la libertad de Irak. Mientras los trabajadores no tienen ninguna garantía social y la pobreza explota en cada rincón iraquí, las compañías transnacionales se apoderan del petróleo. Es una guerra sucia motivada por dinero y pagada con la sangre de soldados como yo, con el sufrimiento de nuestras familias, y con las vidas de miles de iraquíes. Yo no firmé ningún contrato para ser mercenario.

¿Dónde está Dios? Reza el titulo de este libro. Empecemos por dónde no está: en el imperio. ¿Y dónde está? En los padres de Greg, en Peaceful Tomorrows, en Camilo. Misteriosamente también está en todas las víctimas inocentes que produce el imperio, y que producimos todos. Dios no ayuda mucho a entender los horrores de Afganistán, Irak y África. Pero las víctimas de estos pueblos nos ayudan a no confundirnos sobre Dios. No es el del imperio. Y algún creyente quizás tenga el valor de añadir: es el Dios de las víctimas, es el Dios de Jesús, víctima, él también, del imperio.

 


[1] «El desafío de las mayorías populares», ECA 493-494 (1989) 1078.

[2] Es cierto que las cosas cambiaron, y años después, sí se ha reconocido la masacre y se ha enterrado a los muertos. Los familiares los recuerdan -y celebran- todos los años. Y han hecho un sencillo monumento con estas palabras: «Ellos no han muerto. Están con nosotros, con ustedes y con la humanidad entera». Fechado en El Mozote, 11 de diciembre, de 1991. Pero hay que insistir: el cambio no se debe al imperio, sino a la solidaridad de muchos grupos humanos.

[3] «Quinto centenario de América Latina. ¿Descubrimiento o encubrimiento?», RLT 21 (1990) 282.

[4] Cosa distinta fue el rechazo mostrado en las elecciones de marzo de 2004 en las que han entrado otros componentes: las trágicas consecuencias de participar en la guerra, la barbarie del 11 de marzo, el desprecio del gobierno al pueblo al no querer dar cuenta de ello, y la mentira, o manipulación de la verdad, o retraso, sobre la autoría de los atentados de Madrid.

[5] «Progreso y precipicio. Recuerdos del futuro del mundo moderno», RLT 54 (2000) 245.

[6] Cfr. lo que escribimos en La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas, San Salvador, 1999, 395ss.

[7] «El pueblo crucificado», RLT 18 (1989) 326.

[8] A. Pieris, «Cristo más allá del dogma. Hacer cristología en el contexto de las religiones de los pobres» (I), RLT 52 (2001) 16.

[9] Engelbert Mveng, «Iglesia y solidaridad con los pobres de África: empobrecimiento antropológico», en Identidad africana y cristiana (Estella 1999), p. 273s.

[10] I. Ellacuría, «Quinto centenario de América Latina», 281s.

[11] Cfr. Luis de Sebastián, Razones para la esperanza, Barcelona, 2003.