EL SOBERANO DE LAS GUERRAS

Julián Sauquillo
(Universidad Autónoma de Madrid)

 

"(...) la Ciudad de la Paz llaman a Bagdad, tanto por sus bellezas como por la amabilidad, cortesía y hospitalidad de quienes la habitan (...)", "Las aventuras de Hassan Al-Bassri", Las mil y una noches.

El Soberano puede permitir cualquier desviación siempre que no ponga en cuestión la supremacía de su fuerza. El Soberano tolera a sus amigos, hasta que se le agota la paciencia y los repudia. Puede permitir el gaseo de los súbditos más asilvestrados por algún jefe tribal, puede demandar sus esfuerzos militares si le son rentables, permitir que no se atenga a ningún valor de justicia, armarlo, o impedir que se modernice. Lo fundamental es que el jefe tribal no desafíe la fuerza del moderno Soberano. Hasta que llega el momento de la arenga militar contra el jefe levantisco, el Soberano cuenta con todas las amistades de los jefes y chamanes de la Tierra. Son sus amigos. El Soberano sabe que amistad y enemistad son atribuciones valorativas que pueden depender de su capricho, de su contrariedad o de intereses espurios. Decide el Soberano y, por ello, es tal.

Sobre la cartografía de los pueblos más o menos avanzados, desarrollados y atrasados, pende su espada: traza las fronteras, cambia el curso de los ríos, detenta el "derecho de vida y muerte", determina la alimentación de los pájaros de hierro que sobrevuelan sus cielos, elige qué pueblos deben estar comunicados por "caminos de hierro", localiza donde se lanzan los residuos industriales, opta por el nefasto menú de comidas y bebidas que debe circular en todas las esquinas del planeta, cuando comen los más pobres, curiosea qué hace cada día todo "hombre sin pasado", permite quién debe ir armado, declara qué y como se produce, define la corrupción permisible, clasifica los cultivos extraíbles de la tierra, administra la circulación de las personas por las superficies arenosas y los mares, declara en qué moneda se efectúan los cambios,... El Soberano es un niño muy grande mal criado, con todo género de condescendencias. No cabe contrariarle. Lo que más le gusta es dar el toque de zafarrancho de combate con desparpajo y como si iniciara una riña. Hay que advertir, sobre todo, que nadie puede sentirse su amigo definitivamente. La voluntad del Soberano puede cambiar cada día. El Soberano, provisionalmente, puede parecer tranquilo y pacífico. Pero no hay que confiarse a él. Cada día se levanta para declarar quien es su amigo y quienes forman su "pandilla". La guerra late cada mañana en sus entrañas. Pero nos hará creer, jovialmente, que, si se altera y emprende una riña, será "corta". "Riño" por vosotros, soy vuestro amigo y os defiendo de aquel "matón".

Hasta que se enfada, la guerra es virtual. Está y no está presente en manzanas, barrios, pueblos, regiones, comunidades y Estados. El Soberano, este narcisista niño grande, incansable y sin mala conciencia, siempre está en guerra, aunque, por momentos, la lucha sea sólo virtual. ¿Por qué se da tanta importancia, ahora, a que se dé o no la "declaración de guerra"? No lo entiendo. A la lucha se pliega todo: amigos y enemigos, momentos de normalidad y situaciones de excepcionalidad, valoraciones, creencias, opiniones e intercambios más o menos valiosos. El todopoderoso no da nada. Cada día se arrellana en su butaca sobre el control de todos los intercambios políticos, jurídicos, económicos y morales, bajo la misma lógica del amigo y del enemigo. Beneplácito con sus amigos actuales y cicatería o soberbia con sus enemigos presentes. Los métodos del Soberano para ahogar a su enemigo van del embargo, a las intervenciones encubiertas, pasando por la superioridad tecnológica, el control de los precios de todos los intercambios y las mismas ayudas humanitarias,... Lo más importante es observar que las valoraciones morales que se expresan a lo largo de la Tierra y los intercambios económicos tan desiguales que se efectúan entre los pueblos se supeditan a una lucha política entre los amigos del Soberano y su enemigo o enemigos. Nada ni nadie escapa a una lucha política que el Soberano determina sobre quien y cuando recae. Por supuesto, Estados Unidos delimitará qué es estrictamente económico, qué es únicamente valorativo, cuando estamos en paz, cuando comenzamos una guerra. Es el dueño del lenguaje. Pero no creo estar sólo al creer que siempre estamos en estado de guerra. Aunque, sin duda, pasemos ahora por el momento más excepcional vivido en, al menos, cincuenta años. Y en toda la Tierra. ¡¡Ah de quien crea que cabe un momento de concordia futura o que piense que antes la hubo!! No se trata de ser apocalíptico. Tampoco, milenarista. Hemos llegado, malamente, al 2003. Habrá que estar atento a qué nos depara el Soberano en las próximas décadas, si somos longevos –pues ésa es otra-, y si la soberanía implacable cambia de manos. Puede abrirse una "riña tumultuaria" que nos pille porque "pasábamos por ahí". Puede que del tumulto en lucha nadie sepa, hoy, quien emergerá Soberano. La soberanía como posibilidad de declarar la guerra puede cambiar de manos pero no cabe que desaparezca.

No quiero ser pesimista o "aguafiestas". Pero hemos arribado a un punto de desarrollo de la Historia en que muchos vivimos de insuflar aliento y ánimos a los que suponemos desorientados o cabizbajos. Unos y otros nos necesitamos. Vivimos en el beneficio de encontrar algún auditorio. Les decimos que las normas nos dan seguridad, que existen valores que nos orientan, que hay creaciones bellas en las que nos recreamos, que el razonamiento puede ofrecer argumentos para convencer ciertamente,.... ¿No será mejor revelar, a todas luces, la omnipotencia del Soberano que muestra repugnancia ante lo feo, que detalla qué significan las normas en su literalidad, que, en definitiva, siempre lleva razón? En todo caso, creo que animar y dar aliento es, siempre, mucho mejor que aclamar, vocear y aplaudir los caprichos del Soberano.

Hay una gran distancia entre las oligarquías políticas y el pueblo. En este alejamiento se entienden las oligarquías de todo el mundo. También hay caciques locales. De esta lejanía -la dualización del mundo- surgen las guerras. Pero, también, bajo esta dramática brecha pueden comprenderse los pueblos. Y pueblo somos todos los que vivimos bajo un estado de guerra real o virtual. Por fortuna, los "pensadores" nos mezclamos con el pueblo y palpitamos con el júbilo revolucionario de los "menos preparados". El pueblo tiene un instinto inexplicable, no necesita que le digan qué ha de hacer: está harto de humillaciones diarias; no aguanta más a sus jefes; pasa miserias amorosas; no alcanza a reunirse con sus amigos pues se eterniza en la M-30, la M-40 y el Suburbano; no llega a final de mes; vive la familia como una guerra de guerrillas; la televisión le aburre y de ésta, mejor, no hablamos; siente que las bombas siempre recaen sobre la población civil palmariamente y que los soldados tampoco dejan de ser personas; se siente más capaz que sus gobernantes, y no le falta razón; ve en la televisión una miseria que sufren pueblos lejanos y que, también, le resulta vecina o familiar en la tienda del barrio en que se fía; rememora los bombardeos sobre Madrid o sobre Guernica en los de Irak; recuerda las humillaciones constantes venidas de los vencedores ("castizos" y angloparlantes) sobre los republicanos; trenza las pocas generaciones que separan a unos comportamientos autoritarios de otros; advierte que las guerras de ayer y de hoy se ganan bajo la superioridad armamentística y no sobre el valor; comprende que no hay "bombas inteligentes",... Hay una memoria política de las luchas. La solidaridad del pueblo surge de sobrepasar el límite de lo tolerable.

Formamos parte de un proceso histórico que nos arrastra y en el que todos ocupamos un papel. Nadie escapa a un tapete histórico sobre el que somos responsables de habernos mantenido o de cambiar nuestra jugada (¡qué nadie se arrogue el monopolio de la "responsabilidad"!). Luego vienen las explicaciones acerca de qué hicimos y qué cargos o imputaciones nos corresponden ¿Cuando empezó la guerra? ¡¡Por fin, la Guerra!! Ahora, en este momento de la historia, sabemos, ruda y atrozmente, quién es el Soberano de los pequeños soberanos. Quiénes son sus amigos y quién su enemigo más débil. No es poco. Que no nos confundan los postulantes de la "globalización" con que no existe un centro político. Quede claro.