UNA OSCURA POSIBILIDAD

Oscar Nudler
(Universidad Nacional de Comahue, Argentina)

 

Todo el mundo está de acuerdo en que estamos asistiendo en estos días no simplemente a una guerra local, lanzada por la mayor potencia militar del planeta y sus aliados contra un pequeño y empobrecido país, sino a un acontecimiento de consecuencias mucho más vastas y peligrosas. Algunas de esas consecuencias ya están a la vista, entre ellas el duro golpe, tal vez mortal, que han sufrido las instituciones que, si bien imperfectas, han provisto a partir del fin de la 2da Guerra Mundial un marco de legalidad para las relaciones entre estados a nivel mundial. Pero las consecuencias de esta guerra exceden largamente el quiebre, ya de por sí grave, de la legalidad internacional. En un nivel ético, y no puramente jurídico de análisis, esta guerra implica a mi juicio un ataque directo a los valores que subyacen a la democracia como forma de vida. Esto suena paradójico en vista de que quienes han lanzado o apoyan la guerra proclaman con énfasis que lo hacen precisamente en defensa de la democracia y la libertad, evidentemente pisoteadas por la dictadura de Sadam Hussein. Sin embargo, comienzan por violar uno de los principios de la democracia, magistralmente ilustrado por Sócrates en el Critón, que es el respeto a las reglas que rigen la vida en común, en este caso las reglas de la comunidad internacional, aun cuando circunstancialmente alguna decisión o falta de decisión dentro de ese marco pueda no gustar o considerarse perjudicial. Pero además violan un principio ético básico, formulado de distintos modos dentro de grandes filosofías, como por ejemplo la kantiana, y que está ligado en forma indisoluble con la dignidad de la persona, algo que es consubstancial con la forma democrática de vida, a saber, el principio de que el fin no puede separarse de los medios que se utilizan para lograrlo. Así, la guerra de agresión, como lo es la llamada guerra preventiva, no puede ser un medio adecuado para la promoción de los valores democráticos ya que, al intentar imponer una determinada opción por la fuerza, y en contra de la legalidad, constituye de hecho una negación de los mismos. Por otra parte, es difícil compaginar la utilización de métodos bélicos que infringen un enorme daño a una población con la promoción de los valores de la democracia en esa misma población. Si la intención del gobierno de Estados Unidos es seguir propagando de este modo la democracia y la libertad, mucho me temo que el resultado de tal política no puede ser otro que un cercenamiento de la democracia en todo el mundo, incluidos los propios Estados Unidos. La única forma de restablecer la coherencia entre medios y fines es pues la resistencia contra tal curso de acción.

He notado que para muchos colegas y amigos, especialmente europeos y también americanos, constituye una dolorosa sorpresa que este accionar ilegal y, como digo, antidemocrático, esté siendo liderado por los Estados Unidos, una nación ligada históricamente en su nacimiento con la defensa de la libertad y que durante el siglo XX contribuyó decisivamente a librar al mundo del totalitarismo. A nosotros, en América Latina, no nos sorprende tanto ya que hay una larga y triste historia de intervenciones directas, apoyo a dictaduras militares e imposición de políticas económicas que significan duros sufrimientos para nuestros pueblos. Sin embargo, esta política de poder en relación con áreas del mundo más débiles o menos desarrolladas no ha sido por supuesto privativa de Estados Unidos sino que ha caracterizado a todas las potencias, aún las más democráticas, desde la antigua Atenas en adelante. En este sentido, si la guerra de Irak estuviera, como diversos analistas sostienen, sólo motivada por el petróleo, sería lamentable aunque, en el fondo, sería más de lo mismo. Pero la guerra de Irak es una prueba de que hoy está empezando a ocurrir en Estados Unidos un fenómeno nuevo para ese país, aunque en alguna medida comparable con lo ocurrido en Europa en la primera mitad del siglo XX. El fenómeno consiste en que un grupo fundamentalista, dispuesto a lograr sus objetivos a cualquier costo, logra apoderarse del aparato de un estado democrático, y no un estado marginal sino una potencia económica, cultural y militar de primer orden, como lo es hoy Estados Unidos y lo fue Alemania. Hay por cierto grandes diferencias entre la ideología del grupo actualmente en el poder en los Estados Unidos y el grupo que estuvo en el poder en Alemania durante el período nazi, y no es en absoluto mi pretensión ignorarlas.. Pero permítanme mencionar un rasgo que caracterizó al Estado nazi que tiene, a mi juicio, un parecido de familia con lo que hoy estamos viendo en Estados Unidos. Ese estado estaba impregnado de una concepción del mundo que incluía una fuerte adhesión a una racionalidad tecnológico-instrumental enteramente divorciada de una racionalidad sustantiva, una racionalidad de fines. Esta última fue sustituida por mitos primitivos como los de la pureza racial y una división maniquea entre el bien y el mal, mitos totalmente inmunes a la crítica racional. Lo sucedido es de sobra conocido: el Estado nazi logró construir una formidable maquinaria militar, económica y de propaganda que puso al servicio de la realización de sus mitos. Consecuencia natural de ello fue el recurso a formas de violencia inéditas basadas en el empleo sistemático de tecnología moderna. Creo que, si bien no debe forzarse la comparación, cierta similitud con lo que hoy está sucediendo es en mi opinión bastante clara.

Es común leer que Kafka, a través de sus historias, anticipó la emergencia de los regímenes totalitarios del siglo XX al describirnos un poder absoluto y arbitrario que persigue y condena a individuos que son considerados culpables de crímenes cuya naturaleza desconocen. Pero la posibilidad de un poder que recurre a una fuerza pura, no fundada en argumentos o pruebas independientes, en suma, divorciado de la razón, es una posibilidad siempre presente en cualquier nación, aún en aquellas con una gran tradición democrática. Nosotros, no sólo como ciudadanos sino también qua filósofos, debemos mantenernos vigilantes y contribuir a impedir la concreción de esa oscura posibilidad.