POR UN NUEVO ORDEN
INTERNACIONAL

Comisión Permanente HOAC

 Madrid, 27 de septiembre de 2001

 

La Comisión Permanente de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), desde nuestra condición de movimiento eclesial y buscando mirar la realidad a la luz de la fe cristiana, queremos ofrecer nuestra reflexión ante la atroz masacre de miles de personas producida por el ataque terrorista contra las ciudades de Nueva York y Washington el pasado 11 de septiembre.

Queremos hacerlo, además de por el mismo horror que nos produce comprobar la maldad, el odio y la sinrazón que se han ido acumulando en nuestro mundo, porque entendemos que de los hechos ocurridos necesitamos extraer enseñanzas muy importantes. Creemos que lo ocurrido nos habla elocuentemente de la necesidad de replantearnos muchas cosas para poder colaborar a hacer de nuestro mundo un lugar más habitable y humano.

En nuestra reflexión nos situamos preferentemente en el contexto europeo en que nos movemos y pensamos especialmente en qué tipo de principios, actitudes y prácticas podríamos impulsar los ciudadanos y ciudadanas para que nuestros gobiernos modifiquen en lo necesario su forma de actuar.

Desde nuestro punto de vista hay dos cosas que admiten muy poca o ninguna discusión:

1º.- Un asesinato masivo de personas como el cometido el pasado 11 de septiembre nunca y en ninguna circunstancia puede tener justificación alguna. El valor sagrado de la vida, de toda vida humana, merece un absoluto respeto, y no existe ninguna causa ni circunstancia que pueda justificar ni hacer razonable atentar contra ella.

2º.- En nuestro mundo existen poderosas organizaciones internacionales (igual que existen redes internacionales de delincuencia económica, de tráfico de drogas, de tráfico de personas...) frente a las que es necesario que los gobiernos y los organismos internacionales articulen medidas eficaces para su persecución y puesta a disposición de la justicia para defender y proteger el derecho de las personas a la vida. La lucha contra el terrorismo internacional es una necesidad social muy importante.

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Ahora bien, creemos que aislar y separar esta necesidad de otras cosas que ocurren en nuestro mundo es ponerse una venda en los ojos que nos hará errar completamente el camino. El atentado del pasado día 11, y las reacciones que ha provocado, ponen de manifiesto, una vez más, la necesidad de replantearnos los principios y las bases sobre las que hemos construido nuestro mundo. La necesidad de tomarnos en serio la construcción de un nuevo orden internacional.

Si lo que deseamos es buscar caminos para un mundo donde sea posible la paz y la convivencia, hay dos pilares fundamentales que necesitamos afirmar: la búsqueda de la verdad y de la justicia. Creemos que una lucha contra el terrorismo que olvide estas dos cosas está abocada al fracaso.

Habremos de comenzar por reconocer que nuestro mundo, al menos en parte, está construido sobre algunas enormes mentiras e injusticias que hacen un gran daño a las personas y a los pueblos. Entre ellas:

- La creencia ilusoria de que la paz y la seguridad se construyen a través de las armas y el ejercicio de la violencia. Nuestro mundo está dominado por una dinámica de "seguridad armada" que es completamente engañosa. No es verdad que teniendo más armas tendremos más seguridad. Bien al contrario: en nuestro mundo las armas son un enorme negocio (del que se benefician fundamentalmente los países ricos, que fabrican el 80% de todas las armas que circulan por el mundo) que alimenta los conflictos y reproduce una espiral de violencia de la que no sabemos salir, además de consumir ingentes recursos que son necesarios para afrontar necesidades humanas básicas y que así utilizados contribuirían, sin duda, muchísimo más a la seguridad en el mundo.

- La existencia en nuestro mundo de conflictos armados que se han ido enquistando y envenenan la convivencia entre las personas y entre los pueblos, alimentando el odio y el enfrentamiento.

En no pocos de estos conflictos ha existido y existe o bien la pasividad de las potencias occidentales, que fácilmente miran a otra parte cuando les conviene, ya sea por intereses económicos o de otro tipo, o bien un intervencionismo militar cuando conviene a sus intereses económicos o estratégicos.... Habremos de reconocer la enorme responsabilidad de los países más ricos y poderosos en la no resolución de esos conflictos y su frecuente doble moral a la hora de afrontarlos.

Especialmente graves en este sentido, por ejemplo, son el abandono en que se tiene a millones de refugiados, la criminal política de bloqueo practicada de hecho contra el pueblo iraquí y que ha provocado una gran mortandad de inocentes, o la permisividad occidental, cuando no su complicidad, especialmente de Estados Unidos, respecto al gobierno de Israel en su política contra el pueblo palestino, incumpliendo y burlando toda la legalidad internacional y todas las resoluciones de la ONU.

No querer reconocer la influencia de esta forma de afrontar los conflictos en el odio, la desesperación y el fanatismo que se han ido acumulando en el mundo es vivir instalados en la mentira.

- En nuestro mundo se ha extendido, de diversas formas y por diferentes causas, un fanatismo que lleva a actuar con todo desprecio de la dignidad del otro. Pero es un grave error pensar que este fanatismo es sólo propio de los otros y no de nosotros "los civilizados". No queremos comparar nada ni minimizar en absoluto la enormidad del crimen cometido. Pero sí queremos llamar la atención sobre un hecho: el fanatismo no es exclusivo de quienes han cometido el atentado del pasado 11 de septiembre. Si no reconocemos esto será difícil encontrar caminos hacia la paz y la seguridad.

En el fanatismo existe, entre otras cosas, un fuerte componente maniqueo que deforma radicalmente la realidad: nosotros somos los buenos y los otros los malos; como somos los buenos estamos legitimados para acabar con los malos. Así se convierte fácilmente al otro en un enemigo, en un objeto. Corremos el peligro de instalarnos en esta destructiva dinámica de buenos y malos, de amigos y enemigos. Ciertamente el integrismo islámico tiene mucho de esta mentalidad maniquea, pero la hegemonía estadounidense y la mentalidad que la acompaña también. En su nombre, cuando ha convenido, se ha matado a miles de personas. Pretender que el mal está sólo en los otros es una manera de no querer resolver los problemas.

La realidad es que la cultura occidental, que tiene valores muy positivos, está muy contaminada por principios propios de la forma capitalista de vida que son destructivos para el ser humano.

- Quienes no quieren ni oír hablar de esto último (de lo que representa una forma de organización social como la capitalista) no entienden que el empobrecimiento de cientos de millones de personas tenga algo que ver con el terrorismo. A nosotros nos parece que sí tiene que ver. Sin pretender establecer correlaciones simplistas, nos parece evidente que en un mundo tan rico y desigual como el nuestro, la marginación y la pobreza extrema son un caldo de cultivo ideal para los fanáticos y sus planteamientos. Desigualdades e injusticias que, dicho sea de paso, con la globalización del capitalismo puro y duro no hacen sino aumentar.

Si queremos un mundo más seguro y habitable, éste del empobrecimiento y la injusticia social y económica es el problema más radical que hemos de afrontar. Y no sólo porque convenga a la seguridad, sino porque en sí mismo constituye una barbarie que atenta contra la dignidad de las personas. Sin pretender ofrecer unos datos exhaustivos, deberíamos recordar: en nuestro mundo hay más de 1.300 millones de personas que viven en extrema pobreza; 850 millones de personas sufren desnutrición crónica; 1.000 millones de personas están sin empleo o subempleados; casi la mitad de la población mundial sólo puede trabajar en condiciones irregulares, sin derechos; millones de niños son explotados para fabricar productos baratos; cada año mueren más de un millón de trabajadores por accidentes laborales provocados por sus malas condiciones de trabajo...; y las 356 personas más ricas del mundo tienen más bienes que los de la renta anual total del 40% de la humanidad.

¿De verdad creemos que un mundo así puede ser seguro? ¿De verdad creemos que con esa injusticia es posible la paz? ¿De verdad creemos que una minoría con un modo de vida basado en el consumismo y la acumulación de bienes puede encerrarse en una burbuja? ¿De verdad creemos que un mundo así tiene futuro? ¿Es extraño que algunos caigan en la desesperación y se sumen al fanatismo? ¿No es ésta una enorme violencia que mata a millones de personas?

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Por todo esto creemos que la respuesta para combatir el terrorismo internacional y caminar hacia un mundo más pacífico y seguro no es la de emprender una guerra. Esa dinámica de violencia no hará sino generar más violencia. En nuestra opinión, caminar hacia la paz y la seguridad pasa por buscar sinceramente la verdad y la justicia, lo cual implica apostar decididamente por una cultura del diálogo, la cooperación y la solidaridad, que pasa por emprender líneas de actuación internacional que busquen ir construyendo un nuevo orden internacional:

1º.- Articular una intensa cooperación internacional para perseguir a los grupos terroristas, y mecanismos que permitan el ejercicio de una justicia penal internacional en defensa de los derechos humanos.

2º.- Iniciar un activa política de desarme progresivo, de total transparencia y control democrático de la fabricación y comercio de armas, así como de los gastos militares, con una revisión a fondo del actual concepto de seguridad para caminar hacia otro modelo de seguridad basado en el diálogo, la cooperación y el desarrollo de los pueblos.

3º.- Revisar en profundidad la forma en que se están afrontando los conflictos internacionales, arbitrando mecanismos efectivos de presión internacional para que todos los gobiernos, sin excepción, entiendan con claridad la necesidad del respeto a los derechos humanos y a los derechos de los pueblos, acabando con la doble moral de afrontar los conflictos según convenga a los intereses comerciales y estratégicos de los países ricos.

4º.- Arbitrar medios para un profundo diálogo intercultural, desde el respeto y la valoración de la diversidad, el reconocimiento de los valores propios y de los otros, así como de lo negativo que existe en todas las culturas. Porque sólo así podremos hacer frente a la uniformidad y crecer en respeto a la dignidad de las personas. Este diálogo requiere un gran esfuerzo educativo para fomentar prácticamente el respeto a la diversidad, a la dignidad humana y a la unidad de toda la familia humana.

5º.- Poner en marcha, como prioridad mundial, políticas reales de lucha contra el empobrecimiento y los mecanismos que lo provocan. Políticas que abarquen aspectos tan diversos como: los programas de cooperación internacional para la erradicación de la pobreza extrema; la revisión en profundidad del funcionamiento del comercio internacional para hacerlo más justo y equitativo y no monopolizado por los agentes económicos más poderosos; la condonación de la deuda externa injustamente generada y la revisión de los mecanismos de las finanzas internacionales; el control efectivo de las operaciones especulativas y de los movimientos financieros internacionales; la articulación de medidas efectivas y vinculantes jurídicamente para el respeto de los derechos laborales y sociales de todas las personas; la revisión en profundidad de los modos de vida y consumo de los países ricos; la modificación radical de las políticas de inmigración de los países desarrollados; etc.

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Creemos que una respuesta de este tipo y amplitud es necesaria en la situación que vivimos, para que, como ha pedido el Papa Juan Pablo II, "no prevalezca la espiral del odio y la violencia" y se busque "la justicia y no la venganza".

Por último, queremos expresar nuestra tristeza por tanta muerte injusta y por la ligereza con que se utiliza el nombre de Dios en vano, pretendiendo justificar en su nombre cosas injustificables. Esta manipulación constituye una burla a Dios y a la humanidad. Estamos convencidos de que en ninguna de las grandes tradiciones religiosas (ya sea la judía, la cristiana, la musulmana...) puede invocarse a Dios sin el respeto y la promoción (y no sólo un respeto pasivo) de la dignidad humana y de los derechos de cada persona. Dicho también en palabras de Juan Pablo II, el reconocimiento de Dios está profundamente unido al "respeto a la vida y a la seguridad de cada persona, hecha a imagen y semejanza del Creador".

Desde la fe de la Iglesia queremos subrayar, con el Concilio Vaticano II, que no hay otra forma de abrirse a Dios que acogiendo su voluntad de que seamos una sola familia humana: "Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos. Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios (...) el amor de Dios y del prójimo es el primero y mayor mandamiento. La Sagrada Escritura nos enseña que el amor de Dios no puede separarse del amor del prójimo (...) El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás" (Gaudium et spes, 24).