LA MIRADA DE KEN LOACH

Juan Carlos García Domene

No todo en el cine es violencia gratuita, espectáculo banal o producto superficial de usar y tirar. Y lo que es más importante, no todo sale de la factoría Hollywood. Buscando y buscando con calma encontramos algunas excepciones que nos reconcilian con el medio y nos recuerdan que no todo es cine de consumo rápido. También existe un cine más allá de la evasión. Así sucede con la obra de Kennet Loach, un director británico que tiene más reconocimiento en España que en su país. Él mira la realidad radicalmente y ofrece una interpretación propia de los años 90. No es fácil hacer buen cine y que sirva a la vez de denuncia política, de conciencia social y de comunicación de ideas. Creo que este director lo ha conseguido. Sus películas recuerdan el neorrealismo italiano, pero van más allá. Su cámara se vuelve sobre nosotros para mostrar nuestra realidad más cercana. A veces resulta estremecedor ver tan de cerca los problemas tan próximos. En la crisis del estado del bienestar que estamos viviendo en la Nueva Europa se han transformado las condiciones de vida de la clase obrera a pesar de los contextos de abundancia y de alto desarrollo. Surge hoy una nueva generación de obreros que se convierten en perdedores y excluidos. En las películas de Ken Loach encontramos a todos los actores de esa crisis: parados de largo ciclo, mujeres a quienes no permiten emanciparse, emigrantes con papeles y sin ellos, ideologías caducas y la vez llenas de sentido, partidos en crisis, sindicatos aburguesados y tantos otros excluidos con rostro diverso. Su filmografía mira a las víctimas de la crisis a partir de historias sacadas de la vida real.

Ante este cine radical, digerible y comprensible por las más jóvenes generaciones, no cabe objeción alguna. Fílmicamente es impecable porque su producción es muy cuidada en su trágico impresionismo y en su estructura narrativa. Resulta muy actual su forma de decir porque proviene del medio televisivo y eso le da agilidad y le hace veraz aunque no caiga en la lágrima fácil. Cuenta tragedias que están dirigidas más allá del corazón porque convocan a la reflexión y el pensamiento. Mucha gente no soporta este cine porque no quiere complicarse la vida y porque no quiere ver y menos aún pensar la realidad. A muchos simplemente no les da la gana y a otros tantos -cada vez son más- porque no son ya capaces de hacerlo. Tendríamos que pensar muy a fondo esta vuelta al cine que dicen que ha hecho mucha gente joven los últimos años. ¿Por qué consumen las pelis como quien desea escapar de la realidad manteniendo vicariamente experiencias prohibidas o imposibles? ¿Por qué no usan el medio como exploración de otros mundos posibles y como salida para la realidad más cercana?

Los temas del cine de Loach son siempre dramáticos, pero no exentos de toques de humor. No es el genial humor británico -sutil, estudiado y ajeno al mundo mediterráneo- sino el humor de la propia vida del que no tiene nada que perder. Se reviven situaciones que divierten a través de una técnica perfecta y que hacen pensar más allá de la pura diversión. A su vez, es importante leer su cine desde la tradición dramática que recrea los mitos en lo cotidiano. Esta virtud, algo posmoderna, le hace muy comprensible hoy. No es un discurso intemporal, genérico y por ello irreal; sus personajes son vecinos nuestros. Sus películas parecen documentales, son didácticas a veces en exceso, pero ¿no es la acción de mostrar una forma de enseñar y no es el ejercicio de ver una forma de aprender? Su filmografía está marcada ideológicamente. Sin pudor. No se oculta que es un cine radical, de izquierda social más que de izquierda política. No viene mal que alguien se atreva a explicitar un mensaje político cuando todo el mundo cuenta -implícitamente- su propia visión política aunque quiera pasar inadvertida. No vendría mal desmantelar el apolítico mensaje de las comedias juveniles norteamericanas, o del supuestamente descomprometido cine de la factoría Disney o de Spielbrerg o de los premios Oscar, o César, o Goya, o de festivales de renombre como Cannes o Venecia. Todo el mundo cuando hace cine -o cuando actúa a diario- lo hace con significación política. Lo que sucede es que muchos autores no quieren hablar de política porque están muy a gusto en el mundo que viven. Todo les parece bien, o al menos no tan mal, porque han renunciado a la utopía y ya rozan sus sueños burgueses. Ken Loach, con maestría, hace ver que los pobres, aun cuando pobres, no son ángeles y que una muy dura explotación que sufren los obreros es la causada por los propios obreros. Desvela que también los más pobres, los que no llegan a fin de mes e incluso roban para comer, se dejan seducir por el consumismo envolvente. Este director denuncia el sistema en su núcleo más duro y lo hace porque es ineficaz ensañándose en la denuncia de la política social británica. En todas sus películas, y en medio de la tragedia radical, siempre hay un espacio para el amor. Este director es un poeta, un poeta que exalta la dignidad del ser humano. Alguien que cree que el amor, la ternura y la familia son espacios donde el individuo machacado puede tocar fondo para volver a su espacio natural y a la superficie social.

Sugiero desde aquí una mirada a la realidad con los ojos de Loach. La prueba de que una película es buen cine o de que una música es de calidad es su resistencia a las reposiciones. Todas sus películas ganan en su segunda o tercera proyección. No tengamos miedo a estudiar una película: resulta fácil conseguir algunas críticas independientes, grabarla, comprarla o alquilar el vídeo y verla entresacando sus temas más profundos, repasando escenas o diálogos o formas de narrar la vida. Es otra forma de ver cine. Quizá la única sensata.

No vendría mal sentarse con un grupo de amigos para ver Lloviendo piedras (1993) ¿Por qué no meterse durante hora y media en la piel de un parado de más de cuarenta años? ¿Por qué no pensar lo caro que puede resultar un "traje de comunión" o cualquier necesidad innecesaria? También es muy recomendable Laydibird, laydibird (1994) En esta película se puede descubrir la fuerza femenina y la rebeldía que puede llevar consigo la maternidad. Con ella se aprende que el sistema de protección social, igual que el jurídico o el académico comete fallos que destrozan la vida de la gente y que son irreparables. Ken Loach proyectó su mirada radical sobre la Guerra de España en Tierra y Libertad (1995) ¿Es verdad que han muerto las ideologías y que no hay salida para la revolución? ¿Es éste, el nuestro, el mejor de los mundos posibles? ¿Recibirán las nuevas generaciones el testigo de la memoria utópica? Su particular visión de la Guerra de 1936 nos recuerda que aquél episodio nacional no está cerrado del todo. Con La canción de Carla (1996) este director recapituló muchos de sus temas clásicos. ¿Qué queda hoy de la revolución sandinista? ¿Cómo revivir la fuerza revolucionaria en las clases populares de los países más desarrollados? ¿Está maduro nuestro mundo para un cambio social y económico en profundidad o sólo queda un pensamiento y un camino únicos? En 1998 se estrenó Mi nombre es Joe. Volvió a poner este director sobre la mesa la realidad del desempleo, del alcoholismo y del tráfico de drogas. Junto a estos submundos la esperanza, el amor y la capacidad de lucha. Para los excluidos, el único y el útlimo patrimonio es la dignidad. En la última edición de la Seminci de Valladolid -que tan bien trata y tanto ha hecho por el cine de Loach- se estrenó Pan y Rosas (1999). Su primera película realizada en Estados Unidos que nos permite contemplar con su particular mirada a los emigrantes hispanos. Son limpiadores en un rascacielos de Los Angeles. No tienen vacaciones ni servicio médico y su sueldo les es retenido durante meses hasta legalizar su situación. Ellos están a merced de los empresarios hasta que consiguen demostrar que, unidos, no serán vencidos.

Creemos que es posible mirar la realidad con otros ojos y también confiamos en que el cine será una herramienta poderosa para hacer este imprescindible ejercicio. Nuestro deseo es educar la mirada para leer críticamente la realidad y a este empeño contribuyen las películas del irreductible Ken Loach.