LA INVASIÓN DE IRAK Y EL FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO ESTADOUNIDENSE

José A. Zamora

 

Frente a aquellos que se sorprendían de que ocurrieran ‘cosas semejantes’ (la barbarie nacional-socialista) en pleno siglo XX, Walter Benjamin apelaba a necesidad de abandonar la visión de la historia que daba fundamento a dicha sorpresa: «La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el "estado de excepción" en el que vivimos». En la invasión de Iraq se dan la mano un arrogante unilateralismo estadounidense y un desprecio de la legalidad internacional que no debería causar sorpresa a nadie.

El "unilateralismo" de EEUU en política internacional después de la caída del muro de Berlín se ha hecho patente en la última década: boicot a la conferencia de Naciones Unidas sobre limitación de armas ligeras -con un saldo de quinientos mil muertos al año atribuible a dichas armas-, denuncia del tratado de prohibición de armas biológicas, negativa a firmar la prohibición de ensayos nucleares, negativa a firmar el protocolo de Kioto sobre control de emisiones contaminantes, porque perjudica la economía estadounidense, rechazo del tratado que prohíbe la fabricación y uso de minas antipersona, negativa a ratificar el tratado de creación del Tribunal Penal Internacional, no ratificación del Convenio de Biodiversidad, .... y un largo etcétera. La intervención en Kosovo al margen de la ONU quizás haya sido un primer paso en la progresiva deriva unilateralista por lo que respecta también a las intervenciones armadas. El mundo ha de ser gobernado y lo mejor es que lo haga EEUU, que debe concentrar en sí toda la capacidad disuasoria.

Al menos desde septiembre de 2002 la opinión pública mundial también conoce la nueva Concepción Militar Estratégica del gobierno de Bush que incluye la posibilidad de lanzar "guerras preventivas" por parte de EEUU contra aquellos Estados que sean considerados un peligro para su seguridad (incluyendo el uso del arma nuclear) y que pretende asegurar su hegemonía militar frente a cualquier poder que la cuestione o le haga sombra. Se ha hablado sin tapujos desde el Pentágono de estrategias de intoxicación informativa, de autorización a la CIA para matar. Se intenta por medio de acuerdos bilaterales blindar las fuerzas de intervención estadounidense frente a posibles denuncias ante el Tribunal Penal Internacional, etc. Se buscan acuerdos en las instituciones internacionales (y su "legalidad") como respaldo a las propias decisiones y en caso de ausencia de respaldo se ejecutan las decisiones sin él.

Más allá de las razones que el gobierno de EEUU esgrime para la invasión de Iraq (vinculaciones con el terrorismo internacional, amenaza de armas de destrucción masiva en poder de Sadam Hussein, etc.) y que presentan una debilidad manifiesta, tanto por lo que respecta a su comprobación como a la hora de justificar una guerra, ¿explicaría la supuesta "verdadera" intención de control estratégico de los recursos energéticos y de una zona altamente explosiva desde el punto de vista geopolítico dicha invasión? Si hay razones para pensar que se trata, al menos en la intención de sus ejecutores, de un primer episodio en una serie de posibles intervenciones, tendríamos que insertar esta invasión en un horizonte más amplio del conflicto entre los centros de poder occidental y las periferias en el que están en juego los intereses del capital transnacional financiero ubicado fundamentalmente en Wall Street y Londres. Frente a dichos intereses, otros países occidentales y los sectores del capital productivo parecen preferir formas más "blandas" de control, más respetuosas con las convenciones e instituciones internacionales. Probablemente la invasión de Iraq, el triunfo de los "halcones" dentro del entorno de la Casa Blanca, sea un golpe de fuerza del capital financiero transnacional, que desde marzo de 2000 ha visto como se desinflaba la burbuja especulativa.

Para servir a estos propósitos el modelo de relaciones internacionales barajado por los asesores cercanos al presidente Bush es el que tradicionalmente se ha denominado como "imperio", basado en la acumulación de la hegemonía militar, cultural, financiera, tecnológica y productiva. Lo acorde con la forma de actuar del "imperio", evidentemente, no es la legalidad internacional y el multilateralismo, sino más bien una especie de mandato divino, que ha designado al pueblo estadounidense para una misión salvífica sólo realizable con una total libertad de acción sin sometimiento a la norma jurídica. Más que de legalidad, los imperios necesitan de contraposiciones absolutas en términos de "amigo-enemigo", de "ejes del Bien" contra "ejes del Mal", de épicas y héroes, de "misiones históricas", etc. Es aquí donde adquiere relevancia política el carácter religioso del patriotismo estadounidense, el liderazgo religioso del presidente Bush y sus conexiones con el fundamentalismo cristiano, sobre todo evangélico.

Aunque el orden político en los EEUU tiene su referente fundamental en una revolución que consagraba la estricta separación de Estado e Iglesia, sin embargo, la colonización de Norteamérica estuvo guiada en sus comienzos por la intención religiosa de crear en el Nuevo Mundo un "reino sagrado" imposible de construir en Europa. Intentando escapar a la intolerancia religiosa de las propias comunidades eclesiales, que lejos de ser eliminada con la separación de las confesiones quedaba consagrada por él, aunque dirigida contra los propios disidentes, los primeros inmigrantes buscaron un nuevo comienzo que no estuviese lastrado por la pretensión totalizadora de las grandes formaciones eclesiales europeas. La estructura social y religiosa se apoyó así en las pequeñas agrupaciones eclesiales de carácter congregacionista o presbiteriano organizadas democráticamente. Este modelo descentralizado, que mostró una gran efectividad en la expansión colonizadora, se mantendría como estructura básica en la que se integrarían las siguientes oleadas de inmigrantes quizás ya no inspirados por motivaciones estrictamente religiosas.

Con estos presupuestos resulta comprensible que la separación de Estado e Iglesia no condujera a una lenta pero progresiva marginación de la religión de la esfera pública, como fue el caso francés, sino que se convirtiera en la condición de posibilidad para el desarrollo de un pluralismo de comunidades religiosas, al principio cristianas, que representaba al mismo tiempo la base del conjunto de la sociedad. Este florecer religioso en un marco moderno de separación Iglesia-Estado es lo que convierte a los EEUU en una excepción tan masiva de la teoría sociológica de la secularización que hace incluso dudar de su validez.

Ciertamente, esta coexistencia pacífica de una pluralidad de comunidades reconocidas básicamente como iguales presuponía una restricción de las pretensiones de validez de las convicciones diferenciadas al ámbito del propio grupo y la renuncia a la posibilidad de dirimir por medio de un discurso racional compartido las diferencias. El pluralismo no sería pues, en este caso, un antídoto contra el fundamentalismo, sino más bien su presupuesto. Las convicciones religiosas no tienen nada que temer de un cuestionamiento crítico siempre que se acepte de modo general que su validez depende de plausibilidades compartidas por la comunidad particular y queda restringida a los límites de la misma.

Pese a la constante del pluralismo religioso, el sistema político americano no se ha organizado en torno a partidos con adscripción confesional, sino que la esfera pública quedó informada muy pronto por un evangelismo transdenominacional que incorporaba elementos no exentos de tensión de las principales corrientes cristianas (calvinismo puritano, tradición baptista, presbiteranismo y metodismo) y que puede ser considerado como la verdadera religión civil de EE.UU hasta finales del siglo XIX. Es lo que Alexis de Tocqueville captara tan agudamente en los comienzos llamando a la religión en Estados Unidos «su primera institución política». Es verdad que su control hegemónico sobre el discurso público, las instituciones educativas y los movimientos sociales habría de sufrir importantes recortes con los procesos de industrialización y urbanización modernos, pero durante mucho tiempo la ética protestante seguiría siendo la moral pública que definía el estilo de vida estadounidense, sin que la ampliación del espectro religioso con la incorporación de católicos, judíos, etc. desplazase de la esfera pública a dicha ética.

Pese a asumir y ratificar el carácter ineluctable tanto de la separación entre el ámbito secular y el religioso, como del pluralismo en este último, o quizás por esa misma razón, el ciudadano estadounidense guiado por fuertes motivos religiosos, parece haber encontrado cumplimiento a sus irreprimibles anhelos de unidad en una especie de sublimación religiosa de los representantes supremos y de los símbolos de la nación, que bien pudiera considerarse un rasgo distintivo de la cultura política de EEUU. Incluso aquellos europeos que mantienen un fuerte sentimiento religioso observan con asombro con qué facilidad dichos representantes, aun tratándose de ocasiones estrictamente seculares, son capaces de poner en sus labios una oración o una mención de Dios. Para referirse a estos aspectos religiosos de la cultura política Robert N. Bellah reactualizó en los años sesenta el concepto de "religión civil".

Entre lo más sobresaliente de esta "religión civil" está sin duda la mencionada apelación a Dios en los símbolos y discursos que representan al Estado. Desde el conocido In God we trust impreso en cada billete de dólar hasta la "santidad de la bandera", que lleva a sentirse "bajo Dios" cuando se jura la misma. Tanto la mayoría de los ciudadanos como sus representantes parecen compartir un consenso supraconfesional que hace preceder la soberanía de Dios a la del pueblo. Es su voluntad, de cuya mano, como dijera el presidente Kennedy en su discurso inaugural en 1961, hemos recibido los derechos humanos, la que nos ha responsabilizado de su cumplimiento en la tierra. De aquí nace la convicción de ser una "nación escogida" e investida de una "misión universal", que no sería sostenible sin la creencia en la superioridad del american way of life y en la bondad intrínseca del ciudadano estadounidense. El carácter épico de esta identidad se ha visto reforzado por la posición imperial hegemónica de EEUU, la confrontación con la Unión Soviética durante la guerra fría y las constantes guerras imperiales de las últimas décadas, desde Vietnam a la misma invasión de Iraq.

También forma parte de este consenso que Bellah denomina "religión civil" la convicción de que si el gobierno no apoya a la religión, no es posible mantener la moralidad. Las "virtudes políticas" en la perspectiva estadounidense, la capacidad de sacrificio, el sentido comunitario, la misericordia, la igualdad, la participación activa, etc. descansan en una praxis y un aprendizaje entregados entre otras instituciones a las iglesias y sectas estadounidenses, de las que se espera un compromiso con el fundamento moral que sostiene el Estado. La religión se convierte en un factor político de primer orden por dos razones. La primera, por suministrar el soporte de naturalidad y plausibilidad a la sublimación religiosa de la nación y su misión universal, a la atribución de un aura espiritual que envuelve al presidente convertido en sumo sacerdote de la misma, al maniqueísmo políticamente rentable del "con nosotros o contra nosotros", "Dios está de nuestra parte", etc. La segunda, por ser el ámbito en que se entrenan los hábitos litúrgicos y rituales recreados en los ceremoniales políticos que refuerzan la identificación con el Estado.

No es necesario hacer una crítica a fondo del carácter ideológico del concepto de "religión civil" cuando es usado afirmativamente, dado que resulta suficientemente patente. Lo único que he pretendido al recogerlo aquí es acercar al contexto estadounidense en tantas cosas diferente del europeo. Ahora bien, si es esa forma peculiar de "religión civil" y sus vínculos con el plural universo religioso en EEUU lo que nos permite comprender el uso público de un determinado discurso político-religioso en el horizonte del conflicto desencadenado por los atentados a las Torres Gemelas del 11 de septiembre, la guerra de Afganistán y la invasión de Iraq, no cabe duda que fue la crisis de esa "religión civil", al menos en cierta medida, lo que explica la entrada en la escena política estadounidense del fundamentalismo religioso a finales de los años setenta, crisis de la que el propio Bellah se hace eco en su obra The Broken Covenant. Pero el fundamentalismo no escapa a las servidumbres políticas de la "religión civil", sino que las profundiza.

El año 1979 el predicador televisivo Jerry Falwell funda el movimiento de la "Mayoría Moral" en EE.UU. con la pretensión de movilizar y organizar políticamente a los aproximadamente sesenta millones de estadounidenses que se denominaban a sí mismos "cristianos renacidos". Todavía se puede recordar el papel que jugó esta movilización en la victoria electoral de Ronald Reagan un año después o incluso la campaña de Pat Robertson, otro influyente predicador de la "iglesia electrónica", para ser candidato republicano después de Reagan. George W. Bush, que se considera a sí mismo un "renacido" (liberado de las garras del alcohol por el pastor televisivo Billy Graham), ha conseguido lo que no consiguiera ni siquiera R. Reagan, convertirse en líder de facto del movimiento político-religioso fundamentalista.

Las pretensiones políticas de este movimiento no suponen un cuestionamiento de la estricta separación iglesia/estado, que es la condición de posibilidad de la autonomía del fundamentalismo cristiano. En realidad, al interior del EEUU, la relación entre política y religión se limita a utilizar las posibilidades de participación política que ofrece la constitución liberal del Estado para ganar terreno y conseguir más influjo sobre la sociedad civil. Se trata en definitiva de adoptar un muy moderno planteamiento de competencia de mercado, que reconoce implícitamente la situación de pluralismo cosmovisional, para establecer un ‘Estado fundamentalista’ con sus redes de colegios, editoriales, cadenas televisivas, círculos bíblicos, etc. dentro del Estado secular, lo que debería permitir una ampliación del poder y el influjo de su propuesta religiosa, cultural y política.

Dicha propuesta es fácilmente caracterizable: revitalización de las tradiciones presuntamente premodernas frente a una disolución de las mismas a causa de los procesos emancipatorios modernos y del influjo de concepciones seculares y ateas de la vida (feminismo, aborto, comunismo, liberalidad moral, etc.), defensa de una imagen cerrada del mundo inmune frente cambios y transformaciones que generan inseguridad y desconcierto, confrontación maniquea de los poderes de la luz contra Satán y los poderes de las tinieblas que amenazan con destruir los fundamentos de la vida social y religiosa, redescubrimiento y revitalización de las raíces religiosas de la propia nación identificadas como puras y dadas por Dios, mientras los poderes del mal son colocados fuera del propio ámbito nacional o religioso, conciencia de una misión universal de salvación del mundo, etc.

Como puede apreciarse, los rasgos de la propuesta fundamentalista pueden muy bien encajar en lo que más arriba describíamos con ayuda de Bellah como "religión civil" estadounidense. Pero tan importante como esto es apreciar la virtualidad de dichos rasgos para plausibilizar y legitimar la política belicista del gobierno estadounidense.