LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DEL EXTRAÑO: ETNIFICACIÓN DE LOS CONFLICTOS SOCIALES

José A. Zamora

(Foro I. Ellacuría)

 

La extrañeza no es la propiedad natural de una persona o grupo, tampoco una relación objetiva entre personas o grupos, sino una definición de la relación sustentada en una atribución que podía haber sido distinta. Esto es así incluso cuando se adopta como criterio de dicha atribución determinados rasgos diferenciales como la religión, la cultura, la etnia, etc. Existen diferencias que en determinados momentos no tienen gran significado social ni determinan las relaciones de personas y grupos y que en nuevas situaciones se convierten en líneas divisorias mortales entre el “nosotros” y los “extraños”. La colocación de la etiqueta de “extraño” por más que se trata de una atribución, de una construcción social más o menos artificial, puede tener consecuencias muy reales para los que son tipificados de esa manera. Entre los seres humanos, los grupos, las etnias, las culturas y las religiones siempre hay diferencias, pero también rasgos compartidos, semejanzas. La construcción del extraño supone la selección de algunas de esas diferencias como base para la autoidentificación de un sistema de acción, de modo que las semejanzas con los “extraños” se vuelven irrelevantes y esto de manera socialmente vinculante, lo que lleva, como ocurre hoy con la inmigración, a la creación de fobotipos [1]

Los conceptos que en un determinado momento aparecen en los discursos públicos o en los medios de comunicación sirven para la definición de un “nosotros” frente a los “otros” y para la separación y demarcación de ambos grupos, en definitiva para la segregación del “extraño” al servicio de la certeza de lo propio. Los que participan en la construcción de estos conceptos no son muchas veces conscientes de que se trata de “definiciones” y no de diferencias casi “naturales”. Dentro del “nosotros” se presupone una homogeneidad ficticia y se espera conformidad con la misma. Sin embargo, los criterios a la hora de trazar la línea de separación pueden cambiar y cambian de hecho. Seres humanos y grupos se vuelven extraños en un sentido radical por medio de una extrañeza construida, atribuida e institucionalizada que conduce a una percepción dramatizada y generalizada de las diferencias con consecuencias fatales. Esto hace que en la cotidianidad los otros sujetos sean percibidos reductoramente como portadores de rasgos culturales étnicos o religiosos estereotipados.

En la actualidad, bajo las condiciones que establecen los cambios económicos, políticos e ideológicos acelerados, estamos asistiendo tanto en las ciencias sociales como en los medios de comunicación a una creciente etnificación, culturalización y religiosización de los conflictos sociales. Etnia, cultura y religión se han convertido en categorías dominantes tanto en el discurso científico como en el discurso mediático. Se ha impuesto un nuevo culturalismo, es decir, una percepción étnico-religiosa de la vida cotidiana, de las relaciones sociales y de los conflictos internacionales. Si en el orden internacional la tesis de Huntington sobre el “choque de civilizaciones” ha servido para recomponer el esquema “amigo-enemigo” tras el final de la guerra fría, la tesis de Giovanni Sartori [2] sobre pluralismo, multiculturalismo y extranjería, junto a la versión más periodística a cargo de Mikel Azurmendi [3] en el ámbito español, han venido a ofrecer un marco interpretativo de los supuestos conflictos culturales y políticos entre la población de los países receptores de inmigración y aquellos grupos de inmigrantes que presentan características étnicas, culturales y religiosas divergentes de las de la mayoría de dicha población. El grave error de ciertos planteamientos culturalistas es querer culpar al multiculturalismo de la desintegración que viven nuestras sociedades. En vez de atender al papel que juegan las diferencias étnicas y culturales en los mecanismos de estratificación socioeconómica y en la perpetuación de la desigualdad, se estigmatiza la diferencia cultural o religiosa como amenaza del orden democrático.

La estrategia argumentativa de G. Sartori consiste en colocar a los inmigrantes, sobre todo musulmanes, fuera del espacio de pluralismo y tolerancia que supuestamente caracteriza a las sociedades democráticas. Según él, la historia política y cultural del occidente moderno ha supuesto un recorrido desde la intolerancia a la afirmación positiva de la diversidad, pasando por la tolerancia y el respeto del disenso, con el efecto final de un frágil equilibro entre la afirmación de la diversidad y el disenso y la búsqueda de la paz intercultural. Es esta paz la que se ve ahora amenazada por los “abiertos y agresivos enemigos culturales”, por aquellos que presuntamente atacan el pluralismo con su resistencia a la integración en el marco del pluralismo democrático y que deben ser vistos por ello como “contraciudadanos”.

El discurso multiculturalista lo que hace, según Sartori, es enmascarar esta incompatibilidad entre sociedades democráticas y pluralistas, por un lado, y la aceptación tolerante de los “enemigos culturales”, por otro, porque propugna una abstención valorativa frente a las diferencias culturales y una no intervención reguladora del Estado que a la larga destruye las bases del pluralismo y la democracia. La conclusión es obvia: es necesario limitar los flujos migratorios hacia Europa, especialmente de aquellos grupos que, según él, mayor amenaza representan: los pertenecientes a culturas vinculadas con la fe islámica. Estos merecen incluso el calificativo de “inintegrables”.

Sartori caricaturiza el multiculturalismo convirtiéndolo en sinónimo de fundamentalismo culturalista, afirmación dogmática de la inconmensurabilidad de las culturas, defensa del segregacionismo, el relativismo y el aislacionismo, etc. En el punto de mira de estas andanadas de más que dudoso rigor teórico están los “ingenuos” defensores de las minorías inmigrantes, que de ese modo pueden ser calificados como enemigos de la democracia, aunque pueda decirse en su descargo que lo son probablemente de modo inconsciente. El panfleto seudo académico de Sartori ha sido ideado para ofrecer munición a los sectores políticos europeos más reactivos frente al fenómeno migratorio.

Resulta necesario precisar frente al discurso anti-multiculturalista de Sartori dónde se encuentran las dificultades de integración social y cultural de los inmigrantes. Desde su punto de vista, estas provienen de la tendencia a la etnización fideísta de los inmigrantes musulmanes y el respaldo que ésta recibe del multiculturalismo teórico o político más o menos bien intencionado. Dicha tendencia pondría en peligro las posibilidades de laicización de su vida y el reconocimiento del marco jurídico-político occidental como espacio común para la convivencia entre todos los ciudadanos. Pero aunque fuera un hecho la existencia de dicha tendencia en ciertos sectores de la población inmigrante, resulta más que sospechoso que ésta no se ponga en relación con las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales de la integración ofrecida por los países receptores, ¿o quizás habría que hablar mejor de la falta de integración? ¿No es necesario desentrañar cuánto hay de defensa de la propia dignidad en las afirmaciones de la identidad cultural o religiosa frente a una sociedad que niega a los inmigrantes la consideración de ciudadanos y los segrega socialmente para hacerlos más vulnerables y explotarlos más a fondo?

Cuando todos los estudiosos del fenómeno migratorio señalan a la etnoestratificación del mercado de trabajo —de la que se derivan una serie de discriminaciones inaceptables para un Estado social de derecho—, a las condiciones legales de acceso a nuestros países —que producen una insoportable e inhumana vulnerabilidad y precariedad jurídica y existencial—, a la segregación y el aislamiento en zonas urbanas degradadas o fuera de los espacios normales de convivencia —que impiden el trato cotidiano, el conocimiento mutuo y el desmonte de los prejuicios—, etc. como las verdaderas causas de la no integración, el discurso antimulticulturalista crea la figura del “inintegrable cultural” para buscar en las víctimas de la segregación la causa de la misma [4] . Ya no resulta necesario discutir sobre los límites y las condiciones que las leyes de extranjería establecen para el acceso a la residencia y al trabajo, sobre las condiciones reales que se imponen a los inmigrantes regularizados o no en el mercado laboral, sobre las oportunidades que se les ofrecen de educación y vivienda, sobre las actitudes y los comportamiento xenófobos contrarios a nuestro ordenamiento constitucional y a la cultura democrática, etc., no, el debate se centra ahora en la amenaza para la cohesión social que supuestamente constituyen los “culturalmente inintegrables”.

Esta es la razón de que Sartori desplace la cuestión del otorgamiento de la ciudadanía plena a los residentes extranjeros en Europa del centro de la discusión. Si el obstáculo está en la diferencia cultural, el objetivo no puede ser otro que buscar la asimilación sin concesión de los derechos de plena ciudadanía, aunque, según se dice, lo que se pretende es asimilar a los valores éticos, jurídicos y políticos de la democracia. El aprendizaje de la lengua, la privatización de las opciones religiosas, la iniciación a los usos democráticos del Estado de derecho, etc. son las fórmulas de la integración, según Sartori. Pero, ¿cómo integrar en unos valores y procedimientos que nuestras sociedades supuestamente democráticas conculcan abusivamente con relación a los inmigrantes? ¿Cómo hablar de libertad e igualdad, de dignidad inalienable de la persona, de equidad de trato, etc. a los que se ven día a día sometidos a discriminaciones y exclusiones en razón exclusivamente de su origen? El problema no son las diferencias culturales, ni siquiera la intolerancia que pueda haber tanto en un lado como en otro, sino la ausencia de un espacio de igualdad y libertad en el que trabajar por el entendimiento y contra el racismo, el suyo y el nuestro.

Toda identidad cultural es una construcción social, abierta y relacional. Para todos los individuos se hace necesaria la mediación simbólica de la pertenencia grupal, pero no existen pertenencias exclusivas y únicas, todas son múltiples y no absolutas. Para escapar a la trampa que suponen tanto el esencialismo cultural como el cosmopolitismo desencarnado, es necesario reforzar la reflexividad de las identidades culturales que las proteja de simplificaciones y reducciones excluyentes. Es necesario hacer valer que todos los seres humanos tenemos una identidad compleja [5] y que ningún grupo o comunidad puede negar el derecho a la “desobediencia cultural” [6] . También es necesario dotar de reflexividad a los mecanismos por los que se construyen las identidades colectivas y el papel del extraño y diferente, o de su estereotipo, en la construcción del “nosotros”.

No conviene olvidar tampoco en la hora presente el papel que los procesos de globalización económica y de debilitamiento del poder de los individuos singulares frente a estructuras sociales cada vez más complejas y prepotentes, más sustraídas a su influjo, tienen en el sentimiento de inseguridad identitaria, en la tentación de explicaciones simplificadoras a los problemas sociales y en las respuestas reactivas y xenófobas ante el “otro”. ¿Cuántas veces a los largo de la historia de Europa hemos vivido esta alianza perversa entre procesos de debilitamiento identitario y estereotipización, inferiorización, segregación del otro identificable como diferente? ¿Cuántas veces la paranoia autovictimizadora del agresor ha sido la antesala de la aniquilación de las víctimas convertidas en chivos expiatorios de supuestos problemas económicos, sociales o culturales?

Por todo esto, las cuestiones relativas a la relación intercultural no pueden plantearse desvinculadas de las cuestiones que afectan a los derechos de los inmigrantes y a su integración efectiva. Si esta vinculación se ignora o se oculta, sólo estaremos contribuyendo a la estigmatización, la estereotipización y al aumento de su vulnerabilidad. Hay que evitar a toda costa el círculo vicioso de la segregación social y la exigencia de asimilación cultural. Pues si el problema se define en estos términos, la sociedad receptora estará planteando unas exigencias, que, no sólo son cuestionables en sí mismas, sino que además son irrealizables bajos las condiciones establecidas. Por ello, es necesario identificar la etnoestratificación del mercado laboral, la segregación residencial y social y la exclusión de la comunidad política como los verdaderos obstáculos del diálogo intercultural, antes que señalar a las diferencias culturales o religiosas como lo que imposibilita el encuentro.

El primer paso para responder adecuadamente al reto de la convivencia intercultural no puede ser otro que el de la plena igualdad jurídica. Evidentemente no es una condición suficiente, pero se trata de un reconocimiento básico sin el que resulta imposible un diálogo en pie de igualdad. La ley de extranjería actual es pues un obstáculo para la integración y no su supuesta condición de posibilidad, como proclama machaconamente el gobierno. Los hechos son suficientemente elocuentes al respecto. En el marco que ella establece el encuentro entre culturas se produce bajo asimetrías que convierten las diferencias en fuente y coartada de desigualdades y exclusión, más que un enriquecimiento mutuo. Hoy se abre una oportunidad inigualable en el horizonte de la integración europea. Frente a una ciudadanía de las nacionalidades, cabría plantearse una ciudadanía europea para todos los residentes que comprendiera los mismos derechos y libertades para inmigrantes y residentes nacionales [7] .

El segundo paso tiene que ver con la educación intercultural. Pero ésta no puede estar basada en un folclorismo superficial ni en una idealización acrítica del otro. Si algo merece la pena recuperar de la tradición cultural de occidente en relación con el diálogo intercultural quizás sean las diferentes narraciones y discursos coincidentes en la afirmación de la dignidad inalienable de todo ser humano [8] . Reconocida ésta, las singularidades culturales no son un impedimento para la afirmación del otro en su diferencia, pero tampoco se incurre en una sacralización ingenua de la misma, como si en toda cultura no existiesen contradicciones y tendencias encontradas entre la defensa del individuo singular y su sometimiento o explotación. Desde ahí es posible combatir los estereotipos y los prejuicios acerca de los inmigrantes y crear el clima en el que estos perciban que la llamada a participar en la construcción de nuestras sociedades democráticas es más que pura retórica.

Sólo sobre esta doble base de la igualdad jurídica y de la educación intercultural es posible hacer realidad un reconocimiento social que acepte sin miedos ni recelos los rasgos culturales o religiosos diferenciadores de los colectivos de inmigrantes y promueva al mismo tiempo los derechos humanos individuales de los miembros de dichos colectivos. Se trata del reconocimiento que refuerza la resistencia frente a todo tipo de discriminación en el acceso al trabajo, la vivienda u otros servicios, frente a condiciones de trabajo y retribuciones salariales desiguales, frente a todo tipo de exclusión o desventaja en la participación en los bienes económicos, sociales, culturales, etc. producidos por la sociedad. Sólo cuando se dan estas condiciones existe garantía de que los debates sobre las diferencias culturales no son coartadas para la injusticia o la discriminación.


 


[1] J. de Lucas: «Algunas propuestas para comenzar a hablar en serio de política de inmigración», en: J. de Lucas y F. Torres (eds.): Inmigrantes: ¿cómo los tenemos? Algunos desafíos y (malas) respuestas. Madrid: Talasa 2002, 25.

[2] G. Sartori: La sociedad multiétnica. Extranjeros e islámicos. Apéndice actualizado. Madrid. Taurus 2002.

[3] M. Azurmendi: «Inmigrar para vivir en democracia», en: El País, 22-1-2002; M. Azurmendi: «Democracia y cultura», en: El País, 23-2-2002.

[4] I. Álverez: «La construcción del inintegrable cultural», en: J. de Lucas y F. Torres (eds.): Op. cit. 2002, 169-195.

[5] A. Maalouf: Identidades asesinas. Madrid: Alianza 1999.

[6] R. Fornet-Betancourt: «Supuestos filosóficos del diálogo intercultural», en: http://www.polylog.org/them/1.1/fcs2-es.htm 2002.

[7] J. de Lucas: «Ciudadanía y Unión Europea intercultural», en: Anthropos nº 191 (2001), 93-116.

[8] A. Finkielkraut: La humanidad perdida. Ensayo sobre el siglo XX. Barcelona: Anagrama 1998.