EL DESTINO DE LA FE CRISTIANA EN LA ERA WOJTYLA*

GIANCARLO ZIZOLA

ECLESALIA, 04/04/05.- Veintisiete años de pontificado representan en la historia de la cristiandad casi un record. Al margen de las representaciones hagiográficas de quien ha protagonizado algunas de las opciones más significativas tomadas por la Iglesia católica en su reciente historia, un análisis del largo mandato de Juan Pablo II arroja luz sobre los destinos de la fe en la sociedad secularizada y globalizada

I. Un largo pontificado a la luz de la historia

La desmesura del pontificado de Juan Pablo II en todos los aspectos no facilita un fácil discernimiento de la identidad del reinado y de su protagonista. El escenario en los últimos tiempos de la Iglesia, con la creciente invalidez del papa, que ha acentuado la sistemática actuación vicaria de la Curia y ha hecho más escasos los intentos de corrección del rumbo que en otras etapas, de forma profética y muy personal, propugnaba el papa.

Por eso, el tema clave que se presenta en toda su gravedad al hacer el balance es éste: el fracaso manifiesto del intento de restaurar el régimen de cristiandad, propugnado por el vértice eclesiástico con todos los medios disponibles y con formas actualizadas, quebrando desde sus bases el proyecto de la reforma espiritual del Concilio Vaticano II, con el fin de recuperar y de reafirmar, con modalidades nuevas, el rol temporal de la Iglesia en la sociedad globalizada.

No podemos saber en este momento hasta cuándo va a durar esta tendencia involutiva y hasta dónde puede llegar la contrarreforma. No obstante, se captan ya desde este momento motivos de perplejidad y de sufrimiento para muchos creyentes ante los nuevos esfuerzos de la Iglesia para reconquistar roles políticos, mientras se produce una congelación burocrática del régimen eclesiástico, se refuerza la naturaleza patológica del verticalismo y se reproduce un obstinado triunfalismo de las masas organizadas, sostenidas por el entusiasmo acrítico de los medios de comunicación.

La prioritaria estrategia de los viajes empieza a ser observada como algo que acaso no era lo que la Iglesia exigía de manera prioritaria, especialmente considerando una forma y una gestión que han transformado las visitas pastorales en una polvareda tan exuberante como excéntrica con respecto a la vida real de las comunidades cristianas, y por lo mismo tan efímero como el escalofrío que sigue al dopaje.

Por lo demás, los conflictos que no han dejado de calentar las relaciones entre la Iglesia y la sociedad en Italia y en España, en sedes públicas de la Unión Europea, en los mismos Estados Unidos, con las actitudes electoralistas adoptadas por los obispos católicos, han sacado a la luz una vez más, sólo que de manera más dramática, la cuestión planteada a la Iglesia de Pablo VI por Pier Paolo Pasolini: es decir, el tema de una vuelta, nunca contrastado con seriedad, a los instrumentos de poder, que una vez más parecen significativos y decisivos, para reconquistar el espacio público perdido por el catolicismo en la sociedad secular, cual si un nuevo brazo secular pudiese garantizar la misión de la Iglesia en el reino de las conciencias, y ayudarle a reaccionar frente el exilio de la religión en la dimensión folclórica e intimista decretado por la insostenible laicidad de la historia. Como si la intimidad espiritual, forjada sobre el tema de la theologia crucis, hubiese caído en tal desestima que apenas se la considerase una variante secundaria de la importancia conquistada por la religio societatis con leyes beneficiarias, estilos concordatarios, coberturas financieras, roles éticos, intercambios con los poderes fuertes de turno.

Perfiles de un pontificado

Merece la pena pasar revista, bajo esta luz y sin pretensión alguna de ser exhaustivo, sólo como hipótesis de trabajo y a grandes rasgos, el complejo desarrollo del pontificado iniciado el 16 de octubre de 1978. No olvidamos que se trató de un cónclave condicionado por la contraofensiva del ala conservadora que lleva a la elección del primer papa eslavo y primero no italiano después de 1522. Personalidad compleja, intuitiva y visionaria, con el peso de la experiencia del régimen nazi y luego del comunista en Polonia, el elegido atribuye a la elección del doble nombre de Juan y Pablo el sentido de un seguimiento de los papas reformadores de la Iglesia romana en el siglo XX, Juan XXIII y Pablo VI. En la encíclica programática Redemptor hominis (1979) asegura que la senda del Concilio Vaticano II, en el que tomó parte en una posición moderada, han de ser “la que trataremos de seguir”.

No se tarda en comprender que las cuestiones vinculadas con la reforma interna, campo de batalla del Concilio, no campean en la visión del nuevo papa y que la línea de la “mediación”, intentada por los conciliares, queda sustituida por la del desafío radical a la “razón” moderna, a partir del modelo de espiritualidad católica inspirada por la mística de San Juan de la Cruz y por la piedad mariana de la Contrarreforma polaca.

Coadyuvado por el cardenal alemán Joseph Ratzinger, ex teólogo del ala progresista, que ya ha teorizado en Munich de Baviera la necesidad de una relectura del Concilio en clave de restauración, Juan Pablo II se planteó una revisión personal de la herencia conciliar. Para defenderla no duda en declarar en 1988 cismática la secta tradicionalista del obispo Marcel Lefebvre, sin dejar de buscar sucesivamente su retorno a cualquier precio, incluso el de la restauración de la liturgia preconciliar. Por su parte deja al sistema curial, oprimido por una serie de pontificados desfavorables, la oportunidad de una recuperación a fondo en muchos terrenos. La cuestión que interesa más que ninguna otra a Wojtyla es el destino del mensaje cristiano en la modernidad secularizada. Su objetivo es romper el asedio conjunto –el causado en primer lugar por el ateísmo comunista, pero también el que directamente provoca al ateísmo de mercado– situando a la Iglesia en el centro del debate político, como guardiana y dispensadora de salvación, también civil y antropológica, para las sociedades en crisis de valores.

El tema se plantea en seguida, en el curso de la ceremonia de inauguración del reinado: “¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo”. La llamada imprime una dirección eclesial basada en la recuperación de un vigoroso dinamismo misionero, del que el papado se trueca en fuerza de arrastre con una forma de gobierno viajero de tipo carismático que lo llevará a aterrizar en las plazas de más de 190 países.

“La nueva evangelización” y “el tercer milenio” son los temas fundamentales sobre los que el pontificado encauza su tentativa de desempolvar los motivos clásicos de la cristiandad sobre la base de una identidad eclesial claramente esculpida, formulada en un magisterio de amplio espectro, en un relanzamiento de la figura papal, en una consolidación de la estructura jerárquica y del rol hegemónico del clero sobre el “pueblo de Dios”, y a través de un decidido testimonio de los creyentes frente a las derivas de la crisis moderna.

Para ello recurre abundantemente a la contribución de los movimientos, entre otros, del Opus Dei (a cuyo fundador Escrivá de Balaguer lleva a la gloria de los altares en tiempo récord), de Comunión y Liberación, de los Neocatecumenales y de los Legionarios de Cristo, como él capaces de articular maximalismo espiritual, conservadurismo doctrinal, activismo, sentido del poder y capacidad de penetración en la modernidad instrumental y financiera. El objetivo es el típico de la cultura católica intransigente y coincide con lo que alimenta el nacionalcatolicismo polaco: una nueva apologética social, esta vez a escala global, para proyectar el mensaje cristiano en los puntos críticos de la modernidad, reaccionar contra el arrinconamiento del hecho religioso al foro interno, y afirmar, por el contrario, la dimensión pública de la fe cristiana.

Por medio de los viajes, la figura papal se transforma en una institución civil universal. Se expanden los instrumentos políticos de la Santa Sede, que lleva de 89 a 179 los Estados acreditados, refuerza el estatuto del propio observador ante las Naciones Unidas, multiplica los modus vivendi y los concordatos.

Su primer viaje a Polonia, en 1979, atrae a tantas masas alrededor de su altar que descarga sobre el régimen comunista un golpe mortal. Nace, en los astilleros de Danzig Solidarnosc, que iza como fuerzas aliadas los iconos de la Virgen de Czestochowa y del papa. Por primera vez en un siglo XX de guerras y genocidios, de Auschwitz e de Hiroshima, tienen lugar cambios de largo alcance sobre la línea de confluencia de tres grandes corrientes históricas dulces: el movimiento de los derechos civiles, la no violencia y las fuerzas de la religión. Este umbral queda ensangrentado el 13 de mayo de 1981 cuando, en el curso de una audiencia pública en la plaza de San Pedro, el Papa recibe un balazo salido del revólver de Alí Agca, un joven terrorista de los “Lobos grises” evadido en circunstancias dudosas de una cárcel turca de máxima seguridad, cuyos mandatarios permanecen en la sombra.

De hecho, la caída del muro de Berlín y el desarrollo de una Europa que “tiene que respirar por sus dos pulmones”, el de Oriente y el de Occidente, se inscriben no sólo en el proceso histórico de las relaciones políticas y estratégicas de fuerza (gracias a los euromisiles), tecnológicas y económicas (fracaso del estatalismo imperial-proteccionista soviético, suceso expansivo del modelo capitalista), sino también como resultado de inspiraciones, anticipaciones e impulsos del papado, desde los tiempos de la Ostpolitik de Pablo VI. El acento del papa polaco se centra en atacar frontalmente a aquellos regímenes más bien que en fomentar procesos de mediación, tan queridos para el cardenal Casaroli, que tendrá que ceder pronto el cargo de secretario de Estado al ex nuncio en el Chile de Pinochet, Angelo Sodano, cuando el muro de Berlín acaba de convertirse en escombros. El cambio se nota muy bien en la gestión vaticana de la crisis polaca, especialmente cuando el papa interviene con una carta personal a Breznev para disuadirlo de la represión de Polonia. Un desafío victorioso: el papel de las fuerzas espirituales en el cambio político queda reconocido abiertamente por el líder de la última URSS, Gorbachov, en el curso de su visita al Vaticano que, el 1 de diciembre de 1989, concluye la guerra religiosa más áspera del siglo XX.

El vuelco de la Unión Soviética determina un reajuste político de las relaciones de la Iglesia con la sociedad. En América Latina el papa se comprometió personalmente en la liquidación del empeño político del clero y de los religiosos, incluso investidos de funciones públicas, forzando la renuncia de los curas-ministros del gobierno sandinista en Nicaragua y aislando al clero social progresista del Salvador y de Brasil. También en México el clima se hace más favorable para las mediaciones de la Iglesia en el conflicto de Chiapas y el papa, que recibe a Fidel Castro en el Vaticano en 1996, concluye la normalización esperada por una y otra partes con la visita a Cuba en enero de 1998, en el curso de la cual declara su hostilidad al embargo americano que amenaza a la sociedad cubana en sus derechos a la vida.

El empeño para transformar la religión en una fuerza a servicio de la paz y de la justicia, sin por ello comprometerla en la política de partido o bajo una bandera ideológica, acompaña a todo el pontificado. El vértice simbólico de este programa es la cumbre de representantes de la grandes religiones mundiales reunidos en Asís junto al papa el 27 de octubre de 1986 con motivo de la Jornada de oración de las religiones por paz. La Santa Sede asume con éxito la mediación entre Argentina y Chile enfrentadas por el Canal de Beagle y trata de evitar el enfrentamiento entre Gran Bretaña y Argentina por las Malvinas. Misiones pontificias comparecen en los principales focos de tensión: Líbano, Irán, Irlanda del Norte, ex Yugoslavia. En Chile igual que en Argentina y en Filipinas, la Iglesia destaca como un factor positivo en la transición democrática, por más que las concesiones vaticanas al régimen de Pinochet trastocan la línea crítica de la Iglesia del cardenal Silva Henríquez (en el septiembre negro del golpe militar de 1973).

Pero la línea pontificia obre el tema de la paz y de la “violencia de los oprimidos” no se mantiene firme y coherente, sino co un una marcha sustancialmente oscilante. En los últimos tiempos de la guerra fría bajo la presidencia de Reagan, el papa, en una carta para la sesión de la ONU sobre el desarme en 1982, declara “moralmente aceptable” la disuasión nuclear, retornando la posición preconciliar de la “guerra justa”, de modo que no se obstaculiza la instalación de los euromisiles orientados contra la URSS. En ocasión de una reunión en la cumbre celebrada en el Vaticano, el episcopado católico de EE UU tiene que someterse a la humillación de limpiar una carta pastoral propia de las críticas a la política rearmista de la Casa Blanca y tragar con el juicio de “inmoral” infligido a la disuasión atómica.

El acuerdo entre Wojtyla y Reagan se presentará como un “pacto de unidad de acción” al objeto de abatir “el imperio del mal” soviético (Berstein). De hecho, en 1984 la Santa Sede entabla relaciones diplomáticas con EE UU y el mismo año publica la condenad e la Teología de la Liberación y de los regímenes socialistas, factor clave en el reequilibrio a derecha de la Iglesia latinoamericana. Sucesivamente, la conducta del papa muestra una mayor independencia de los intereses estratégicos americanos. Él se opone con fuerza a la guerra del Golfo de 1991, presentándola como “aventura sin retorno” y “derrota de la humanidad” y declarando que “las exigencias de la humanidad reclaman hoy caminar de manera decidida hacia la proscripción absoluta de la guerra y cultivar la paz como bien supremo, al cual deben subordinarse todos los programas y todas las estrategias”.

Pero el Vaticano encuentra dificultades para disipar las dudas según las cuales su política habría contraído un aparte de responsabilidad en la disolución de la Federación Yugoslava, que se produce inmediatamente tras favorece tras el reconocimiento, sorprendentemente rápido, de Eslovenia y de Croacia por parte de la Santa Sede en 1991. En su inminencia, el cardenal Casaroli no consigue disimular su disgusto: “Es una catástrofe”. Sobre la guerra de la NATO a Serbia en 1992, la Santa Sede adopta la fórmula ambigua, sugerida por Sodano, de la “injerencia humanitaria” para declararla moralmente lícita: una política que recalienta los prejuicios antipapales de los serbios ortodoxos y que debilita la eficacia política de la nueva cumbre interreligiosa convocada por el papa en Asís para la paz en Bosnia (a la cual, aun habiendo sido invitados, no acuden los ortodoxos).

Tampoco la política pontificia en el frente ruso queda inmune de errores. Aplicando la “teología del paréntesis”, como si nada tuviese que aprender del despojo sufrido con el comunismo, la Santa Sede se apresura a abrir su primera línea diplomática tanto en Rusia como en las repúblicas de la nueva Federación Rusa, a tratar beneficios públicos para sus actividades y a instituir diócesis católicas en Rusia, en el mismo Moscú y en otras naciones tradicionalmente ortodoxas, sin siquiera preocuparse de advertir a las autoridades de la Iglesia “hermana” y hasta incluso aprovechándose de su debilidad tras la larga mortificación soviética. Se percibe sin el menor equívoco que el ecumenismo ha decaído a favor de una política autorreferencial en la conducta política y en las propias opciones doctrinales de la Santa Sede. Al mismo tiempo, grupos de activistas católicos de los movimientos integristas, al amparo de fuertes medios económicos y organizativos, invaden los territorios ortodoxos en busca de conversiones. La duda de que Roma vuelva al modelo anexionista y restaure el uniatismo como puente con el mundo ortodoxo hace precipitar las relaciones entre el papado y la Iglesia rusa en la más grave crisis del siglo.

La oposición pontificia vuelve a emerger con fuerza contra la “guerra preventiva” desencadenada por EEUU en 2003. El papa no se limita a campañas de oración y de ayuno por la paz. Frente al terrorismo, tras el golpe infligido el 11 de septiembre de 2001, él recomienda en vano a los líderes occidentales una línea basada en la justicia y el perdón, asumido como instrumento político y no sólo como un deber ascético. Además, él envía misiones cardenalicias a Washington y a Bagdad para evitar la guerra y si obtiene de Sadam Husein suficientes garantías de abrir el arbitraje de la ONU, y evitar el conflicto armado, nada puede hacer para lograr que el presidente Bush desista del plan preestablecido de la invasión. En todo caso, el papal o critica públicamente en le audiencia en el Vaticano el 4 de junio de 2004, recordándole que su “no” a la guerra ha sido siempre “inequívoco”.

*La versión original de este texto se publicó en Il Mulino, nº 417, 2005 (www.mulino.it/ilmulino). La traducción es de José González-Balado. El artículo constituye un resumen del libro del autor “La otra cara de Wojtyla. (Más información en www.atrio.org).

Fin de la primera parte