Familia amenazada

Inmaculada Calderón Gutiérrez
Mujeres y Teología de Sevilla

 

Siempre me ha llamado la atención la parcialidad, por no llamar hipocresía, de ciertos sectores sociales cuando abordan el asunto tan traído y llevado de la familia. Como mujer, compañera y madre de dos criaturas que tengo que salir todos los días a desempeñar mi jornada laboral, compartir mi cuota de trabajo doméstico, atender las necesidades educativas y afectivas de mi hijo y mi hija, amen de estar implicada en asociaciones y colectivos eclesiales y ciudadanos, no puede menos que sorprenderme que ciertas personas que esto ni lo huelen intenten hablar, pontificar y decidir qué es y qué no es ético y conveniente para esta realidad social dinámica y siempre en cambio que llamamos familia.

El próximo sábado una serie de grupos aglutinados en torno a un foro, alentados por el partido más conservador y jaleados y bendecidos por casi la totalidad de la jerarquía eclesiástica del país van a toma la calle en Madrid, según dicen, para defender a la familia. Y, quede claro ante todo, que no dudo de la buena fe de muchas de las personas que allí se congreguen ni les niego, por supuesto, el legítimo derecho a expresar su opinión. Estamos en una democracia y cada cual es libre de formarse sus criterios y expresarlos, siempre dentro de la tolerancia y el respeto a la pluralidad. Por todo ello, quiero en unas breves líneas expresar mi opinión sobre este asunto, basándome tanto en mi experiencia personal de fe y vida como en mis estudios de teología y mi formación continuada en esta materia.

Como punto de partida diré que coincido con los convocantes de la manifestación del día 18 en la convicción de que en muchos casos las familias, esos grupos primarios de relación y afecto que tan necesarios son para el crecimiento y desarrollo personal de sus miembros, están severamente amenazadas. En lo que sin embargo discrepo es en las causas de esa amenaza, que no están, desde luego en que un gobierno, que por otra parte ha de legislar para todo el mundo y no sólo teniendo en cuenta la ética particular de un determinado grupo, conceda a las parejas del mismo sexo el derecho civil de dar cobertura legal y social a sus uniones, sino en las condiciones sociales en que se desenvuelve la vida de muchísimas familias abocadas a la precariedad por el paro, la inestabilidad laboral, la economía sumergida, el precio abusivo y escandaloso de la vivienda, la falta de expectativas de los jóvenes... Y no digamos ya esa terrible lacra de la violencia de género, auténtico terrorismo doméstico que tantas vidas de mujeres se cobra y que condena a muchas otras a vivir junto con sus hijos en un hogar que no merece tal nombre sino el de infierno, ¿será alguna vez el pueblo de Dios convocado por sus pastores para manifestarse en contra de estas amenazas? ¿Pondrá alguna diócesis autobuses?

Por otra parte, una de las cosas que alega el Foro de la Familia es el miedo a la desintegración del modelo de familia. Desde luego si al modelo que se refieren es al patriarcal, ojalá y que explote mañana, bastante daño ha causado a lo largo de la historia a quienes en él eran dependientes del pater familias, mujeres y niños. Modelo que de ninguna manera se puede bautizar y llamar cristiano, ¿cómo casar un modelo jerárquico y opresor con el mensaje de Jesús de Nazaret que precisamente se enfrenta a él fundando una comunidad de iguales («estos son mi madre y mis hermanos») y cuyo celibato hay que entenderlo en clave profética como denuncia de ese tipo de relación y renuncia a continuarlo? Más que modelo tendríamos que hablar de valores que fundamenten la relación familiar y estos, hablando desde el Evangelio, no pueden ser otros que el amor, la igualdad, el respeto mutuo y la solidaridad efectiva y apertura al mundo. Vivida desde esta perspectiva, la relación conyugal puede ser hetero u homosexual, pues el único requisito son dos personas adultas dispuestas a realizar un proyecto común de familia desde la madurez del amor, y desde ese amor ser fecundos, fecundidad que se ha de ver libre de todos los tintes biologicistas, pues tiene múltiples formas de expresión, de las cuales la parentalidad biológica es sólo una de ellas, ¿o acaso no se llama plenamente matrimonio a la unión de un varón en las puertas de la ancianidad y una mujer postmenopáusica?

Mucho se podría hablar de este tema, y mucho se ha hablado ya de uno y otro lado, desde la perspectiva bíblica y teológica. Necesitaría otro artículo para ello. Apuntaré, en todo caso, que no se puede hacer una lectura fundamentalista de los textos sagrados, que lo que en realidad condenan son pecados tan graves como los atentados contra la hospitalidad, la violación o la pederastia, y no las relaciones libres entre dos personas adultas del mismo sexo. Y, por último, sólo cabe decir que, en este como en otros asuntos, la teología, en tanto que disciplina humana, ha de estar siempre abierta a las aportaciones de la ciencia y las diversas áreas del saber si no quiere convertirse en una entelequia que nada tenga que decir a hombres y mujeres del siglo XXI.

Con serenidad, con gozo y alegría acojo, pues, estas reformas del gobierno, y nunca desde luego me he sentido amenazada por ellas. Y espero, como signo del Reino, el día en que todas las parejas, sean como sean, nos demos la mano con todas las personas de buena voluntad para luchar juntas contra esas lacras que sí amenazan de verdad a nuestras familias.

Junio 2005