Carta a Ignacio Ellacuría
Nuestra Iglesia. Recordar, resistir y caminar.

Jon Sobrino
31-10-2008

Querido Ellacu: Varias veces me he preguntado qué Iglesia nos han dejado ustedes y cómo andamos hoy.
Posiblemente me ciegue el cariño, pero creo que aquella Iglesia, la de Monseñor Romero, era una Iglesia salvadoreña, popular, de pobres y mártires.
Y era una Iglesia cristiana, pueblo de Dios, recuerdo vivo de Jesús y portadora de su Espíritu. Historia y trascendencia caminaban de la mano.

Rahner había hablado de “invierno eclesial”, pero, con limitaciones y fallos ciertamente, entre nosotros florecía una Iglesia pujante. “Ustedes, una Iglesia tan viva”, decía Monseñor Romero. La recuerdo con agradecimiento y con la convicción de que nos puede seguir ayudando.

Sobre esto quiero hablarte, Ellacu. Y también comentaré tres principios teológicos sobre los que solíamos platicar. Hoy todavía me parecen importantes.

Los avatares de nuestra Iglesia hoy

Nuestra Iglesia es compleja, Ellacu, y hay opiniones distintas sobre qué es lo que va bien y qué lo que va mal. Dicen que es un tema “sensible”, pero me parece importante abordarlo. Con buena voluntad, por supuesto, y ojalá también con lucidez. En cualquier caso, si cometemos errores, otros los podrán subsanar.

En primer lugar, lo positivo. Las raíces de la Iglesia que ustedes nos dejaron no se han secado y siguen produciendo frutos, no escasos y muy meritorios, muchas veces admirables. Hay comunidades comprometidas y entregadas, verdaderamente cristianas. Defienden a los pobres, trabajan con maras y enfermos de sida, apoyan a inmigrantes y a víctimas de la opresión, luchan para que el medio ambiente sea humano, denuncian la minería explotadora, y cada vez más trabajan seriamente por la juventud.

Celebran liturgias con creatividad salvadoreña, no importada, y practican devociones populares romerizadas: se sigue cantando “los manteles largos y el conqué” de Rutilio. Estudian teología, también la de la liberación, y se familiarizan con la Biblia. Y para comprender las cosas de Dios también usan la cabeza, lo que es muy importante en una cultura mediática y manipuladora, que no invita a pensar. Y así quedan también más protegidos contra la avalancha de fundamentalismos que abundan. Creo, Ellacu, que viven en la Iglesia con madurez.

En las comunidades sigue habiendo acompañantes, muchas veces de gran calidad. Hay religiosas, mujeres que saben bien del cuido de lo humano. No les mueve la búsqueda del poder, sino el servicio. Se entregan sin pedir nada para sí. Sin ellas la Iglesia se desmoronaría.

En circunstancias muy distintas a las de ustedes, ciertamente, hay celosos pastores. Recuerdan la entrega del Padre Rafael Palacios y la bondad y sencillez de Frei Cosme Spezotto. Estos días ha salido en televisión el Padre Rogelio Ponceele, a quien conociste y apreciaste.

Acompañó a los campesinos en Morazán durante la guerra, y veinte años después todavía sigue con ellos. Lo hace como sacerdote, e insiste en ello, no para defenderse de inquisidores, sino porque piensa que lo mejor que puede hacer por la gente es mantenerles en la fe. Lo repite con frecuencia: “La fe en Dios da felicidad a esta gente. Yo también lo he experimentado. Con Dios soy más plenamente humano”.

De estas cosas tú también hablaste en el prólogo a la edición italiana del libro sobre Rogelio Ponceele Vida y muerte en Morazán. Con poco viento a favor, pero con tenacidad salvadoreña, recuerdan, resisten y caminan.

Y hay fe en comunidades escondidas de gente pobre, alejados de todo tipo de poder, civil o eclesiástico. Hace poco un amigo me decía con la solemnidad propia del cariño: lo que salva a nuestra Iglesia es la fe de los pobres. Así es, Ellacu. Misteriosamente, nos llevan en su fe. Y para evitar malos entendidos, aunque sea en dos palabras quiero insistir en que esos pobres y esa Iglesia de pobres reza. Espera y cree en Dios.

Pero no todo es así. El cansancio que produjo un pasado muy duro y el “invierno eclesial”, que también nos llegó, hace que otros se encaminen por derroteros distintos. De ese peligro nos avisa Aparecida, y con palabras muy fuertes, por cierto. “Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad” (n. 12). Es importante analizar ese desgaste. Y si se hace con objetividad, sólo bienes puede producir. La realidad eclesial es distinta según lugares y diócesis, y no podemos analizarla en detalle. Nos fijaremos en las novedades que, en su conjunto, pienso que hay que tener en cuenta.

En estos años mucha gente se ha visto empujada a una religiosidad, más de devociones que de compromiso. En ella han buscado alivio para la dura carga que es su vida, así como muchos buscan escapar al norte -y sólo con gran respeto podemos cuestionar estas cosas los que tenemos la vida asegurada. Se apuntan a nuevos grupos y movimientos, evangélicos y pentecostales. Entre ellos surgen dirigentes de todo tipo, predicadores, pastores, cantantes, sanadores, pero, dicho con respeto, muchas veces dan la sensación de caminar como ovejas sin pastor. Faltan Romeros, Proaños, Gerardis.

Hay otros, gente más sofisticada, que entienden bien lo que se pretende con estas novedades: que no vuelva a prosperar Medellín ni la Iglesia de Monseñor. Y no pueden disimular su satisfacción: “ahora vamos bien”. En una reunión parroquial una señora empezó a hablar de Monseñor, pero un clérigo de cierto rango la detuvo: “hemos venido a celebrar la liturgia, no a hablar de Monseñor Romero”. A veces tienen que callarse, por ejemplo cuando el papa Benedicto XVI dijo en uno de sus viajes que “no hay problemas para canonizar a Monseñor Romero”.

El impacto de la Iglesia para generar conciencia colectiva en el país ha cambiado mucho. No resuenan con claridad palabras como las de los profetas de Israel, la de Jesús contra escribas, fariseos y sumos sacerdotes, y las denuncias a poderosos sin conciencia -como en las homilías de Monseñor. Tampoco se publican mensajes, cartas, sobre temas candentes, preparados en equipo, con consultas previas a las comunidades, todo lo cual solía generar sentido de “cuerpo”. No es que nada se diga, pero dada la magnitud de los problemas podríamos hacer más.

La religiosidad no ha desaparecido, al contrario: ha explotado en diversas direcciones. En conjunto predomina una religiosidad que podemos llamar de “lo que hace feliz”: sanaciones en provecho propio, deseo comprensible, pero peligroso si lleva a ignorar la exigencia del seguimiento; alabanzas innumerables, a veces bien elegidas, otras más en línea intimista; peregrinaciones, a veces a lugares lejanos, mezcla de devoción y turismo.

No quiero exagerar, Ellacu, pero siento que la religiosidad popular de antaño era más recia. Y ciertamente para ser Iglesia de Jesús había que pagar un alto precio: tensiones y discusiones internas, siempre dolorosas; conflictos externos con poderosos y opresores; insultos y persecuciones. Ahora no. Y algunos no disimulan el alivio: “ya pasó el chaparrón”.

Novedad importante es el uso de los medios de comunicación. Es evidente que pueden ser útiles para la evangelización, pero tal como funcionan da que pensar. Se puede caer en una especie de ex opere operato mal entendido: “cuantos más medios mejor”, “cuantas más horas de programación mejor”, sin preocuparse en demasía por el contenido y calidad del mensaje, ni de la organización y coordinación de las miles de horas de programación del total de emisoras de la Iglesia.

Retransmiten cosas buenas en sí mismas, y a veces bien logradas: eucaristías, algunas homilías y charlas de teología, pero se centran excesivamente en devociones, milagros, apariciones, leyendas esotéricas. Y aparece poco la realidad, noticias y comentarios sobre lo que ocurre en esta maltrecha creación de Dios, que es nuestro país, y sobre qué justicia hay que practicar para sanarla. Según la Evangelii Nuntiandi lo que da eficacia a la evangelización es el “testimonio”. Y eso, si se me perdona la obviedad, no lo suple ningún éxito mediático -ni académico, para que se nos entienda bien.

Ellacu, no quisiera ser injusto en cosas tan delicadas, pero no creo que es bueno silenciarlas. El problema de fondo parece ser querer sustituir una Iglesia “difícil”, la del seguimiento, la que trabajaba por unificar la lucha por la fe y por la justicia, por una Iglesia “fácil”, de liturgias y devociones, con obras de misericordia, pero sin mayores problemas por promover la justicia. Y así, crecer en número.

Tampoco en esta Iglesia ser cristiano es tarea fácil, evidentemente. Cumplir los mandamientos siempre es tarea ardua. No quiero, pues, ser simplista. Pero también es verdad que hoy la Iglesia no nos confronta con las locuras, por decirlo de alguna manera, de Mons. Romero. Mencionemos sólo una, que tú también solías recordar en momentos solemnes, y perdónesenos si, al recordarla, pareciera que hemos perdido el juicio: “Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo”.

No es verosímil que estas cosas ocurran ahora, pero es importante recordar estas palabras de Monseñor porque ilustran aquellas otras de Jesús, que, ésas sí, no pueden ser ignoradas: “Quien quiera ganar su vida, la perderá. Pero el que la pierda por el evangelio, la ganará”.

Después de lo dicho es comprensible que algunos se alegren de que ya pasó aquella Iglesia. Otros añaden además -aunque no de forma tan burda- lo que el gran inquisidor le dijo a Cristo: “Vete, Señor, no vuelvas”. Otros, con cierta lógica, pero interesadamente, sentencian: “las cosas han cambiado”, aunque de acuerdo a esa lógica, lo mismo debieran decir del evangelio de Marcos -y de Jesús de Nazaret.

Sí tienen razón los que nos llaman la atención sobre las novedades que debemos tener en cuenta. Entre otras, la evangelización y misión, tal como nos lo pide Aparecida; tomar en serio a la mujer en la Iglesia; repensar las relaciones con otras iglesias y religiones, con evangélicos y pentecostales; la ecología; cada vez más, la juventud? Pero tampoco esas novedades hacen que la Iglesia de Monseñor sea ya superflua. Lo que hay que hacer, como tú decías, es “actualizar sus virtualidades”, poner a producir la “virtud” -fuerza, energía- de aquella Iglesia para afrontar lo nuevo y actualizar lo perenne: orar, celebrar la eucaristía, vivir con fe, esperanza y caridad. Creo que entre nosotros todavía no ha aparecido nada mejor que aquella Iglesia de Monseñor, para ser el principio y fundamento sobre los que construir la Iglesia de hoy.

Así veo los avatares en que estamos, Ellacu. Lo que he dicho, lo más positivo y lo más negativo, no tiene por qué darse siempre en estado químicamente puro. A veces, se mezclan. Pero lo importante es “caminar” como Dios manda. Y para ello quiero recordar ahora algunos “principios” sobre los que solíamos platicar. Entonces nos parecieron fundamentales para elaborar una teología de la Iglesia, y pienso que todavía lo son. Me voy concentrar en tres.

1. La centralidad del reino de Dios

Es el cambio copernicano que nos tocó vivir. En el centro está el reino de Dios. Yo había escrito que “Jesús no se predicó a sí mismo, ni siquiera sólo a Dios, sino el reino de Dios”. Tú le diste vueltas a la idea, y en un congreso sobre las tres religiones abrahámicas te salió una formulación redonda: “Lo mismo que Jesús vino a anunciar y realizar, esto es, el reino de Dios, es lo que debe constituirse en el objeto unificador de toda la teología cristiana... La mayor realización posible del reino de Dios en la historia es lo que deben proseguir los verdaderos seguidores de Jesús”. Para Jesús, ese reinado de Dios es “un mundo en el que reine la paz con justicia y la solidaridad universal”, como repite nuestro amigo Xavier Alegre. Veamos algunas implicaciones de ese cambio fundamental para el ser y hacer de la Iglesia.

Desde el reino la Iglesia sabe qué es lo último. Esto es, dicho lapidariamente, “Dios” y “los pobres”. El reino pertenece únicamente a los pobres”, escribía J. Jeremias. Y en un lenguaje equivalente, “la gloria de Dios es que el pobre viva”, decía Monseñor. Desde su contrario, Casaldáliga lo ha formulado con absoluta claridad: “todo es relativo menos Dios y el hambre”. La consecuencia es que la Iglesia debe estar al servicio del reino de Dios y del Dios del reino, superando la recurrente tentación de ponerse ella en el centro.

Debe sintonizar con el Dios del reino, con su misericordia: “hagamos redención”, en palabras de san Ignacio en la meditación de la encarnación, y con su indignación: “¡ay de los que venden al pobre por una par de sandalias!”. Debe enfrentar y denunciar la idolatría, pero no como tautología estéril: no hay que absolutizar nada creado, cuya denuncia no molesta a nadie, sino como lo que es: dar culto a ídolos, realidades históricas existentes, que dan muerte y, por necesidad, exigen víctimas para subsistir. Bien lo dijo Monseñor, con tu ayuda, en la cuarta carta pastoral.

Ellacu, en asunto tan grave como lo es combatir la idolatría, más allá de proclamaciones éticas, hay déficit. Y la razón es que enfrentarse con los ídolos lleva al conflicto, lo que se rehuye comprensiblemente. Y para hacerlo con buena conciencia se ideologiza una falsa paz, estar a bien con todos, incluso, a veces, con quienes promueven el antirreino.

El reino impulsa a la Iglesia a la historia. En ella debe encarnarse para propiciar gracia: verdad, compasión, firmeza, liberación, y para erradicar pecado: mentira, injusticia, opresión, superando la tentación de espiritualismos y de abandono de lo histórico. Lo debe hacer con solidaridad, haciendo suyos los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de todos, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. Y lo debe hacer con seriedad. Sin tomar en serio el reino, el pecado se trivializa y la salvación se vuelve etérea.

Y algo verdaderamente central es que con el reino de Dios se recupera a Jesús de Nazaret, tarea siempre necesaria, pues no hay que dar por descontado que siempre lo recordamos en la Iglesia. Cuando se olvida el reino se produce el olvido de Jesús. Con el cuidado y respeto con que hay que hablar de estas cosas, entonces parece que vivimos en una vorágine de “cristos”, “niños dios”, “divina misericordia”; de un Cristo, Kyrios omnipotente, pantocrator; o de una abstracción conceptual: “una persona divina que subsiste en dos naturalezas”. Para ello puede haber legítimo lugar en la teología y en la piedad. Pero en la vida real, tras todo ello puede -y suele- desaparecer Jesús de Nazaret. Es tarea de siempre trabajar para que reaparezca aquel “Jesús histórico” que nos tocó enseñar, Ellacu, y que hoy nos lo vuelve a ofrecer como precioso regalo el libro de Pagola.

En segundo lugar, en relación y al servicio del reino se entiende mejor quién es Jesús de Nazaret, y qué debe hacer la Iglesia en su seguimiento: pasar haciendo el bien, anunciar buenas noticias a los pobres y devolver dignidad a los despreciados; confortar a débiles y curar a enfermos; decir siempre verdad, la que viene de Dios, para consolar a oprimidos y apostrofar a opresores; hablar con autoridad sin dogmatismo, enseñar con claridad sin adoctrinamiento, exigir con radicalidad sin sometimiento; resistir hasta el final, con altibajos de miedo y esperanza. Y de Jesús de Nazaret cada vez me impacta cómo respetaba y valoraba la libertad y la razón de los seres humanos.

Por último, con Jesús la Iglesia puede entender mejor la realidad y el destino de los pueblos crucificados. Apresado de noche y a traición, acusado falsamente, insultado, torturado y abandonado, murió en una cruz no por error ni por causalidad -y no hay que olvidar la inmensa fineza que tuvo de despedirse de sus amigos con una cena. Todo ello por introducirse, libremente, en el conflicto fundamental de la historia: a favor de los oprimidos y en contra de los opresores.

Ellacu, hoy no se habla mucho de ese Jesús de la cruz, ni de los conflictos históricos que siguen llevando a la cruz a innumerables seres humanos. Ni siquiera Aparecida, con tantas cosas bien dichas -la necesidad de “recomenzar desde Cristo” para que la Iglesia siga el proceder de Jesús, dice bellamente en el n. 41- y con sinceros impulsos para actuar como Jesús, se pregunta por qué le mataron. Tú sí lo hiciste en un escrito fundamental: “Por qué muere Jesús y por qué le matan”. Te preguntaste por las dos cosas. La primera, por fidelidad al misterio de Dios, presente, silente y acogedor en la cruz. Y la segunda, para no ser ciegos ante la crueldad de este mundo. Nadie en la Iglesia debiera olvidarlo, ni rehuír el conflicto.

2. Iglesia “maternal” antes que “magisterial”

Te lo oí cuando comentabas la Mater et magistra de Juan XXIII. Por aquel entonces era una manera de defender la ortopraxis ante ortodoxias intemperantes, incluso de darle prioridad. Pero tu reflexión iba más allá. Se refería a lo que la Iglesia es por esencia. Es, ante todo, madre, partera de vida. Lo suyo es generar, visible y palpablemente, bondad, amor, misericordia, fraternidad, justicia, reconciliación, solidaridad. Es propiciar estructuras que, por su naturaleza, den vida a las mayorías, y enfrentarse con las que la impiden o anulan. Hoy insistimos en el “cuido”, que es cosa tan maternal, también de la naturaleza. Y en la ternura.

En la actualidad hay que hacer una advertencia: que, por ser madre, la Iglesia no infantilice a sus hijos, no piense por ellos, no los sobreproteja y decida por ellos, de modo que nunca lleguen a ser adultos en la Iglesia. Ambos peligros son claros en muchas pastorales y liturgias, pero se toleran, pues cualquier cosa parece ser buena con tal de no recaer en comunidades de base y teologías de liberación.

Y hay que hacer también una petición, con delicadeza. Es bueno, como lo hizo el concilio, poner en relación a la Iglesia con María de Nazaret, la madre de Jesús. Pero con cuidado. Bueno es presentar a María con los apóstoles en el cenáculo después de la resurrección, pero hay que empezar desde el principio y volver al reino de Dios. A su disponibilidad ante Dios en la anunciación va unida una esperanza: que Dios ponga patas arriba a nuestro mundo, ensalce a los humildes y derribe a los poderosos -que los multimillonarios pasen hambre alguna vez, para ver si eso los conmueve y los convierte. Es este reino de Dios lo que, como María, debe anhelar -y construir- la Iglesia Y también debe mantener centralmente la fidelidad de María hasta el final: madre al pie de la cruz. Es la imagen de dónde debe estar hoy la Iglesia y qué debe hacer ante un pueblo crucificado. “Were you there when they crucified my Lord?”, cantaban los negros esclavos del norte

Historizar así a María de Nazaret es el mejor antídoto contra el peligro recurrente de desencarnarla con un exceso de apariciones y devociones, a veces más allá de toda razón. Entonces ya no es la mujer y madre María, la de Nazaret y la del Gólgota, lugar de la calavera, a pocas leguas de Jerusalén. Y entonces María de Nazaret, al igual que su hijo Jesús, desaparece.

La Iglesia también es maestra. ¿Cómo no lo ibas a valorar tú, Ellacu, convencido de la importancia del saber y de comunicar saber? Pero de nuevo, una advertencia: que la Iglesia no haga de la ortodoxia lo central ni la use como forma de indoctrinar. Y lo que es más peligroso, que no se considere dueña de la verdad. Cuando eso ocurre, la Iglesia queda definida, una vez más, desde el poder. Si por el contrario es maestra mystagógica, no impositivamente, y enseñando con el ejemplo, no sólo de palabra, entonces también genera vida en cuanto maestra.

3. La Iglesia de los pobres

Ellacu, hablaste de la Iglesia de los pobres con creatividad y originalidad, sin reducir la novedad de Medellín a “la opción por los pobres”. La verdadera Iglesia “es” una Iglesia de los pobres, no sólo “para” ellos. Lo proclamó Juan XXIII, e indagaste lo que de ella había quedado en el concilio. No mucho, la verdad. Sí insistió en ello el cardenal Lercaro con clarividencia y pasión. Y de Monseñor Himmer, obispo de Tournai, citabas esta frase lapidaria: primus locus in Ecclesia pauperibus reservandus est, hay que reservar a los pobres el primer puesto en la Iglesia.

Y teorizaste qué es esa Iglesia. Es una Iglesia “en la que los pobres son su principal sujeto y su principio de estructuración interna”. Con esto no se opera una “reducción”, pero sí una “concreción” de todo lo eclesial desde los pobres. Escribiste que en su misión ad extra, la Iglesia se dedica a ellos y, sobre todo, da la vida por ellos, reflexión ésta última nada habitual en otros lares. Y ad intra insististe en que está basada sobre la realidad, es decir, sobre los pobres. Y de ahí proviene otra formulación tuya lapidaria: “lo más importante de las comunidades eclesiales de base es que son de base”. Es decir, son comunidades de pobres.

Y esa Iglesia es la más verdadera, si se me permite hablar así, por una razón teologal, a lo que tampoco se le suele dar la importancia debida. Escribiste: “la unión de Dios con los hombres, tal como se da en Jesucristo, es históricamente una unión de un Dios vaciado en su versión primaria al mundo de los pobres”. Hay que explicarlo bien, pero creo que quieres decir que la Iglesia será verdadera presencia de Dios, si está hecha de lo que Dios ha elegido para hacerse Él presente entre nosotros. Con nada se puede diluir la centralidad de la “Iglesia de los pobres”.

Sobre esa Iglesia escribiste ya en 1979, y a ella volviste en tu último escrito de 1989. Así termina el texto: “la lglesia de los pobres se constituye en el nuevo cielo, que se necesita para superar la civilización de la riqueza y construir la civilización de la pobreza, nueva tierra, en la que habite, como en un hogar acogedor y no degradado el hombre nuevo”. Iglesia de los pobres y civilización de la pobreza fueron tu utopía, que formulaste desde la fe y desde la historia. Ellacu, ambas cosas han quedado olvidadas, y es urgente volver a ellas. Pero ahora, aunque sea muy brevemente, quiero mencionar dos noticias de pobres y ricos que nos abruman.

Nos acaban de decir que hoy 923 millones de seres humanos pasan hambre y desnutrición en todo el mundo. Son 75 millones más que el año pasado, pese a que el mundo es más rico que nunca y que las cosechas de 2007 han batido records. Detrás del incremento de pobres está la subida del precio de los alimentos entre 2007 y 2008, el 52% en promedio. Algunos productos básicos, como el arroz, sufrieron un incremento de más del 200%. Y a esta tragedia se junta lo que José Saramago llama “crimen (financiero) contra la humanidad: el cataclismo financiero, producto de egoísmo, y con impunidad total. Lo pagan los pobres. Ante esto bueno es enseñar la doctrina social de la Iglesia, pero no basta. Se necesita una profecía estruendosa. La Iglesia de los pobres debe hacer ambas cosas. Y sobre todo puede hacer la segunda.

Y una última cosa. Jesús nos dijo que el reino de Dios es de los que son como los niños, y que no hay que seguir el ejemplo de los que gobiernan este mundo, los grandes. También en la Iglesia hay que ser pequeños y servidores, pero sigue siendo un problema mayor. Dicho con sencillez a la Iglesia le cuesta dejar de estar arriba y suele aferrarse a su dimensión jerárquica.

Es lo que dicen nuestros amigos jesuitas de Cristianisme i Justícia, en Barcelona. Acaban de publicar un cuaderno sobre cómo está la Iglesia, y recordando a Rosmini, mencionan “las nuevas 'cinco llagas' de la Iglesia”. La primera, la principal, es no ser Iglesia de los pobres y olvidarse de ellos, pero también mencionan el exceso de jerarquía, de poder institucional y de centralismo romano. Y hacen notar que, ante las críticas, la Iglesia reacciona a la defensiva, “sin parar ni un minuto a preguntarse si habrá hecho algo mal”. Esto es un serio problema eclesial. Hace difícil la solidaridad al interior de la Iglesia: ser “pueblo de Dios”, todos con la misma dignidad.

Entre nosotros, también hay problemas ambientales en la Iglesia. Menciono uno que me parece importante: creo que hay excesiva prudencia y menguada libertad, como si el pueblo de Dios tuviera miedo de dejar oír su palabra. Las reuniones de gente de Iglesia no se parecen a las de antes, con diálogo, discusiones y decisiones de poner en práctica, como cuerpo, lo decidido. Evidentemente, aquí sí hay que decir que eran otros tiempos: qué hacer tras el asesinato de Rutilio y el del Chino Navarro. Tampoco se puede esperar que haya semanas de pastoral que se parezcan a las de los setenta. Pero sí que haya algo de parresía, como la de Pablo.

Nuestros hermanos de Barcelona, al terminar sus reflexiones dicen que “hubiese sido más cómodo y menos peligroso cerrar los ojos y dedicarnos a una vida más tranquila”, pero han preferido hablar, con respeto, con ánimo de diálogo, sin pretender tener toda la verdad. Y terminan “testificando abiertamente nuestro amor a la Iglesia”. Nos sumamos a todo ello, pues esto sólo puede ayudar. Por cierto, el libro de Rosmini, de 1832, fue puesto en el índice. Ahora está en marcha el proceso de beatificación de su autor. Una buena señal.

Ellacu, esto es lo que quería contarte. En medio de venturas, la gracia mayor de mártires y pobres con esperanza, y de desventuras, nuestra pequeñez y nuestros pecados, recordamos, resistimos y caminamos. Y mi deseo es que los “principios” que he recordado: el reino, la maternalidad y la Iglesia de los pobres, nos ayuden a mantener -o retomar- el rumbo salvadoreño y romeriano del caminar de la Iglesia.

31 de octubre de 2008