Benedicto XVI en Auschwitz

José A. Zamora

Iglesia Viva nº 227, julio-septiembre 2006, p. 127-132

            La visita al campo de exterminio de Auschwitz era una exigencia ineludible para un Papa alemán en un viaje pastoral a Polonia, pero en este caso también ha respondido a un deseo de Benedicto XVI. A nadie se le oculta que esa visita suponía un reto enorme. ¿Cómo conjugar la representación de todos los católicos con su pertenencia al pueblo del que procedía la inmensa mayoría de los autores del genocidio? ¿Cómo conjugar la fe en el Dios que actúa en la historia con la experiencia hecha por tantos de su ausencia o su silencio en medio del abismo de dolor y muerte de los campos de exterminio? ¿Cómo reconocer la responsabilidad y la implicación de los católicos en el horror, sin minimizar la singularidad del nacionalsocialismo o responsabilizar a la Iglesia en su conjunto? ¿Cómo respetar el significado de ese lugar para la comunidad judía (el 91% de las víctimas en Auschwtiz) sin negar lo que el Papa es, un cristiano, ni olvidar a los cristianos que fueron aniquilados allí? ¿Cómo encontrar palabras capaces de recoger todos estos matices?

            ¿Consiguió Benedicto XVI responder a estos retos? Muchas voces autorizadas opinan que no lo hizo. Y estas son las razones:

            1. Benedicto XVI se presenta como hijo del pueblo alemán, pero lejos de reconocer la corresponsabilidad de dicho pueblo en el genocidio, en su discurso lo convierte en un mero “instrumento de la destrucción y la dominación”, sobre el que una “banda de criminales alcanzó poder con promesas engañosas, con promesas de grandeza, de restauración del honor de la nación y su significación, con la promesa de bienestar y también con terror e intimidación”. Estas palabras parecen, al menos a primera vista, exculpatorias. Insinúan que el pueblo alemán fue la primera víctima de régimen nazi, que lo sedujo primero con promesas engañosas, para luego abusar de él sometiéndolo a sus fines perversos. Pero, ¿responde esto a la realidad histórica?

            Es verdad que los nacionalsocialistas, una vez alcanzado el poder, pusieron en marcha un régimen totalitario basado en el terror y la intimidación, la propaganda y la imposición de su línea ideológica. Pero también es cierto que ese régimen no se habría sostenido sin la adhesión entusiasta de las masas, que celebraban como propias la victorias de Hitler y lo aclamaban como caudillo; que sin la cooperación de miles de alemanes no habría sido posible organizar la persecución de los judíos y llevar a cabo su exterminio (Goldhagen); que hubo una inmensa mayoría que miró para otro lado cuando el terror y la persecución se cebaba con los opositores o los “otros” (judíos, gitanos, enfermos psíquicos, etc.). La poesía del pastor Martin Niemöller, atribuida erróneamente a Brecht, lo expresa certeramente: “Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”.

            Ciertamente no existe una culpa criminal colectiva, como subrayó K. Jaspers tras la guerra, pero él mismo afirmaba que el comportamiento que conlleva responsabilidad se fundamenta en estructuras políticas generales que poseen, por así decirlo, un carácter moral, porque determinan la moral de los individuos. Se ha escrito mucho sobre las condiciones que hicieron posible el exterminio y sus vínculos con las formas de ejercicio de la autoridad social y sus legitimaciones, con las debilidades de una cultura que no socializaba en formas emancipadas de pensamiento y comportamiento, con el antijudaísmo y el antisemitismo tan extendido entre amplias capas de la población, etc. Quizás no sea misión de un Papa tomar parte en el debate entre historiadores, filósofos o teólogos en torno a la Shoah, pero no parece razonable contentarse con hablar de seducción y engaño. O al menos, como en el timo de la estampita, habría que señalar que el engaño no sería posible sin unas predisposiciones e intereses que sirven de anzuelo al timador. Y respecto a ellos sí cabe hablar de responsabilidad.

            Benedicto XVI parece no favorecer los reconocimientos públicos de culpa de su predecesor Juan Pablo II y así se lo hizo saber a los obispos polacos congregados en la catedral de Varsovia para darle la bienvenida: “Hay que evitar la altanería de convertirse arrogantemente en juez de generaciones pasadas que han vivido en otros tiempos y bajo otras circunstancias”. Ciertamente, de reconocimientos de culpa en el pasado que no responden a una asunción de responsabilidades presentes en relación a continuidades estructurales y morales de la injusticia condenada, cabe sospechar que se trata de formas sofisticadas de maquillaje moral de quien las proclaman. Sin embargo, reconocer responsabilidades no significa colocarse en el lugar del juez, que desde una cómoda atalaya juzga a generaciones pasadas sin asumir riesgos ni enfrentarse a las mismas condiciones de existencia objeto de juicio, al menos siempre que se haga reconociendo las propias insuficiencias y errores en el presente y comprometiéndose con la transformación actual de las condiciones persistentes de existencia de lo que se rechaza. Esto hubiera exigido una palabra clara frente al antisemitismo de ayer y de hoy, fuera y dentro de la iglesia. Sobre esto volveré más adelante.

            2. Benedicto XVI tiene claro que los gobernantes nazis “pretendían pisotear al pueblo judío en su totalidad, hacerlo desaparecer del mapa de la humanidad”, pero lo que buscaban en última instancia, según él, era eliminar al mismo Dios que se había revelado a ese pueblo en el Sinaí, para colocarse en su lugar, para ejercer un poder sin limitaciones sobre los seres humanos. Es más, y esto resulta enormemente sorprendente, con ello se buscaba atacar a la fe cristiana, cuyas raíces se encuentran en el pueblo de la alianza. No resulta forzado leer, como han hecho muchos, una cierta forma de expropiar al pueblo judío su carácter de víctima del terror nazi y convertir al cristianismo en el objetivo final del mismo.

            Esta traslación de los objetivos destructores se enfrenta a enormes contradicciones. Resulta contradictoria con los esfuerzos sostenidos por la doctrina vaticana destinados a rebatir toda motivación religiosa en los planes y la ejecución del exterminio por los nacionalsocialistas, cuya ideología es tildada de secularista, neopagana y anticristiana. La distinción entre antijudaismo (odio a los judíos por motivos religiosos) y antisemitismo (por motivos raciales), no carente de cierta objetividad, pero defendida para exonerar a la iglesia de una responsabilidad directa en el genocidio judío, llevada a sus últimas consecuencias, impide atribuir objetivos religiosos explícitos al mismo. Los judíos fueron perseguidos y aniquilados por ser judíos, fueran creyentes o no.

            Por el contrario, sólo los cristianos, proporcionalmente pocos, que lucharon contra régimen nazi sufrieron persecución y fueron aniquilados, no por ser cristianos, sino por ser opositores, aunque para ellos dicha oposición fuera una exigencia de fe (Bonheoffer). Hilter pretendía una subordinación total de las iglesias cristianas a su proyecto nacionalsocialista y, sobre todo, debilitar su capacidad de influjo y socavar sus instituciones con poder de socialización y concienciación. La estructura jerárquica de la iglesia católica, con una instancia última de poder fuera de Alemania, constituía un objetivo a combatir, cierto. Pero no hubo un plan para acabar con el cristianismo ni nada que se le parezca. En cambio, el pueblo judío fue señalado como objetivo de exterminio de modo incondicional y prioritario. Ver una continuidad entre ambas persecuciones sólo es posible movilizando una teología de la historia que ha perdido toda legitimidad precisamente a causa de Auschwitz. Más bien habría que reflexionar sobre el peso que dicha teológica de la historia ha tenido en la distancia mental y afectiva de los cristianos frente a los que Juan Pablo II llamó “hermanos mayores”, distancia sin la que el genocidio no habría podido ser perpetrado.

            Para un cristiano convencido de que la gloria del Dios es que el hombre viva (Ireneo) no resulta difícil descubrir en todo ataque destructor contra el hombre un ataque contra el mismo Dios, y esto más allá de la intención consciente del autor del ataque. En este sentido tiene razón Benedicto XVI cuando ve el en terror nazi un atentado no sólo contra sus víctimas humanas, sino contra Dios mismo. Pero eso no legitima para ver en el ateísmo o en la cultura secular la fuente de todos los males, en la negación explícita de Dios la razón de la degeneración y la destrucción de los hombres, como si no hubiera individuos y organizaciones conscientemente ateas que no hayan trabajado en favor de los hombres, hasta entregar generosamente la vida por su liberación, así como formas de afirmación religiosa de Dios que a lo largo de la historia no hayan ido de la mano de prácticas de dominación y destrucción de los hombres.

            “Porque ya no se reconocía la santidad de Dios, se pisoteó también la santidad de la vida humana”, había dicho Benedicto XVI casi un año antes en su visita a la sinagoga de Colonia. Esta afirmación ha sido puesta al servicio de un nuevo confesionalismo antilaicista, que no tiene empacho en establecer un vínculo entre sociedad moderna laica y holocausto, ver en éste exclusivamente una consecuencia de la negación de Dios y ocultar que la sociedad en la que ocurrió el genocidio era mayoritariamente cristiana y antisemita. Perece como si los cristianos hubiesen estado a salvo, gracias a sus convicciones religiosas, de todo nacionalismo excluyente, de todo racismo o de todo antijudaísmo, males todos procedentes de un laicismo negador de Dios. Pero nada más lejos de la realidad. El mismo Hitler coqueteaba con referentes religiosos y gustaba de referirse a la Providencia para dar legitimidad a su “misión”. Una forma vaga de apelar a los sentimientos religiosos de los hombres, adoctrinados durante siglos para interpretar el curso fáctico de la historia como guiado por el Dios providente que “escribe derecho con renglones torcidos” e instruidos para someterse a la “autoridad” política como representate del poder divino.

            3. Benedicto XVI no ha dicho nada en Auschwitz de la responsabilidad de la iglesia católica en el genocidio. El silencio que sobreviene a quien entra en el recinto del campo de exterminio lo convierte el Papa en una “petición pública de perdón y reconciliación”. Pero, ¿perdón, por qué? Sobre eso no hay una sola palabra en el discurso. Y esto sorprende tanto más, cuanto que Benedicto XVI no desaprovecha la ocasión para hacer una crítica velada al terrorismo islamista, a las burlas sobre la fe de los creyentes en la prensa e incluso al comunismo. ¿No tiene nada que reconocer la iglesia católica en relación al genocidio?

            En una meditación publicada en el Osservatore Romano el 29 de diciembre de 2000, el entonces cardenal Ratzinger reconocía que en la historia de la cristiandad han tenido lugar “comportamientos antijudíos, que han producido actos lamentables de violencia”. Y aunque “la última experiencia horrible de la Shoah se produjo en nombre de una ideología anticristiana,... no se puede negar que la oposición en cierto sentido insuficiente de parte cristiana a esas crueldades tiene una explicación en la herencia antijudía que se encontraba en el alma de no pocos cristianos”. Quizás no sea suficiente este reconocimiento, ¿pero ni siquiera esto en Auschwitz?

            Las cuestiones más controvertidas en torno a la iglesia y la Shoah afectan a la firma del concordato con el nuevo régimen de Hitler en julio de 1933, a la relación entre el antijudaísmo católico y el antisemitismo nazi, al papel de muchos de los obispos alemanes durante el período nazi, al silencio de Pio XII sobre el holocausto judío, a la colaboración de clero y obispos en algunos países “amigos” de Alemania con la persecución de los judíos y su traslado a los campos de exterminio, así como en la organización de la tristemente célebre “ruta de las ratas” para ayudar a criminales nazis a escapar de la justicia facilitando la huida a América Latina.

            Entre todas estas cuestiones, la más importante sin duda es la relación entre el antijudaísmo cristiano y el antisemitismo político, porque va más allá de la responsabilidad de unas autoridades eclesiásticas y afecta al conjunto del pueblo cristiano. Resulta ser la cuestión de más hondo calado, porque en ella se revelan de modo más evidente las deficiencias de la socialización religiosa cristiana, la responsabilidad culpable de determinadas concepciones teológicas muy influyentes desde los primeros siglos del cristianismo, la debilidad de los valores evangélicos en los sujetos creyentes, etc. Puede resultar consolador, pero es falso pensar que la persecución y exterminio de los judíos refleja la traición y el abandono de las raíces cristianas de Europa, como si esas raíces nada tuvieran que ver con el antisemitismo. El propio Hitler decía inspirarse en esa tradición antijudía cristiana y prestar con su forma de abordar la “cuestión judía” el mayor de los servicios a la cristiandad. En su magna obra sobre la destrucción de los judíos europeos, Raul Hilberg ha podido establecer correspondencias claras entre la normativa promulgada por el régimen nazi y las principales normas adoptadas por la legislación canónica de la iglesia a lo largo de los siglos. No se trata de borrar las diferencias entre hostilidad antijudía y odio criminal antisemita, pero tampoco de olvidar que éste no es explicable sin aquel.

            ¿Existen nexos profundos entre la tradición de la iglesia católica y antisemitismo moderno? No cabe duda de que el pensamiento moderno antisemita se alimenta de estereotipos formados en el seno del antijudaísmo religioso (inclinación idolátrica, sensualidad y carnalidad, servilismo, usura, deicidio, etc.). A partir del siglo XII la población judía europea se vio expuesta a medidas de reclusión, discriminación legal, repetidos estallidos de violencia, expulsiones, etc. que marcaron su destino en el entorno cristiano de manera trágica. Estas prácticas motivadas religiosamente forman el trasfondo social y cultural del antisemitismo moderno.

            El rechazo de los cambios políticos de la modernidad por parte de la iglesia católica no hace sino reforzar las ideas y actitudes antijudías desde la añoranza de la unidad político-religiosa del Antiguo Régimen. En este clima se fragua la idea de la conspiración anticristiana dirigida por los judíos (De Maistre), de la que tanto partido sacaría el régimen nazi. Los movimientos populares y los partidos políticos de inspiración católica convertirían el antisemitismo en un rasgo distintivo. El catolicismo se sentía asediado y veía en le judaísmo la mano oculta de una trama política de mil cabezas destinada a dominar el mundo. Un botón de muestra de L’Osservatore Cattolico de 1885: “El judío domina las Logias, es decir la Masonería, y ésta inspira y conduce el liberalismo revolucionario, y la revolución domina los tronos, los parlamentos, el periodismo, las familias, todo. Éstas son, desgraciadamente, las consecuencias que vienen una tras otra”. En la segunda mitad del siglo XIX domina la escena política católica una claro antisemitismo, lo que impide a la hora de juzgar el papel de la iglesia católica en el genocidio limitarse a señalar el peso secular del antijudaísmo. Y los católicos antisemitas se sentían claramente respaldados por la jerarquía y el clero.

            El comienzo de la persecución nazi a los judíos pilla al mundo católico a contrapié. Su fundamental sintonía con bastantes de los elementos ideológicos antisemitas, por mucho que no se compartiesen las acciones de los nacionalsocialistas y que el antisemitismo católico hubiese perdido bastante de su virulencia, explica la debilidad de la oposición católica al exterminio. Esto hizo que en Alemania y Centroeuropa prevaleciera la estrategia de autodefensa y de abandono de los judíos a su suerte, con las importantes excepciones a esta regla tanto entre seglares como entre religiosos, sacerdotes y obispos. Aunque cada vez emergiesen con más claridad voces de condena del racismo anticristiano, esto no significó una revisión de la propia tradición y su imbricación con el antisemitismo. Quizás esta tarea esté en buena medida todavía pendiente más allá del ámbito de la investigación académica.

            No es posible iluminar aquí las otras cuestiones señaladas más arriba. Simplemente recordar un texto más atrevido y claro que las palabras de Benedicto XVI en relación al genocidio judío y la iglesia. Me refiero a la Resolución del Sínodo General de las Diócesis Alemanas de 1975 Nuestra esperanza. En muchos sentidos dicho documento sigue siendo un referente lucido y esperanzador.

Somos el país cuya historia política reciente está entenebrecida por el intento de exterminar sistemáticamente al pueblo judío. Y en ese tiempo del nacionalsocialismo, a pesar del comportamiento ejemplar de personas individuales y grupos, fuimos ciertamente, mirado de modo general, una comunidad eclesial que siguió viviendo de espaldas al destino de ese pueblo judío perseguido, que fijó demasiado su mirada en la amenaza de las propias instituciones y que calló ante los crímenes cometidos contra los judíos y el judaísmo. Muchos se hicieron culpables por puro miedo a perder la vida. Nos abruma de modo especialmente grave el que cristianos hayan colaborado en esa persecución. La honestidad práctica de nuestra voluntad de recordar depende también del reconocimiento de esta culpa y de la disposición a aprender de esta historia de pecado de nuestro país y también de nuestra iglesia: estando alerta frente a todas las tendencias a restringir los derechos humanos y a abusar del poder político y ofreciendo nuestra disposición a ayudar a cuantos son perseguidos hoy por motivos racistas o ideológicos; pero, ante todo, asumiendo responsabilidades especiales en la relación tan lastrada entre la iglesia universal y el pueblo judío y su religión.”

            Lo que pudo decir la Conferencia Episcopal Alemana en 1975, podría haberlo dicho Benedicto XVI en Auschwitz treinta y un años más tarde.